Capítulo #3: Como caídas del Olimpo
Fecha de publicación: 12 de agosto del 2016
La vista era maravillosa, golpeaba vigorizantemente sus rostros, meciendo sus ropas. El sol brillaba radiante, la brisa salina inundaba sus pulmones. Todo a su alrededor se sentía magníficamente esplendoroso. Habían dejado atrás ese agónico andar y la pesadez tortuosa que los invadía. Y es que el objetivo de su marcha ya había cambiado completamente. Todo por allí era muy bonito si se le miraba desde otra perspectiva.
Apenas y llegaron a un acuerdo, trazaron su propia meta –y dejando atrás la que Sage les había dado– emprendieron marcha al centro de la ciudad. Pero ya no como vagantes almas en pena, sino como forasteros acaudalados, viajantes por placer. Simples turistas.
Cargaban solamente con sus cajas de pandora, bien recubiertas en sus mismas capas, y una cartera de cuero con los documentos que traían desde el Santuario; planos, datos, nombres, lugares… pura basura.
Manigoldo propuso asentarse en alguna posada decente de la ciudad, una donde pudieran descansar debidamente y poner en resguardo sus pertenencias para después ir y buscar el ¡oh tan ansiado entretenimiento!
Kardia lo considero, no era una mala idea en lo absoluto, pero estaba tan ansioso por comenzar a darle uso a el contenido de su atesorado saquito que declinó la idea, asegundando que no sería necesario, ya que después de que consiguieran el antro más lujoso de la ciudad, muy difícilmente saldrían de allí en lo que le restara de semana, y no le agradaba la idea de dejar su armadura tan lejos de él por tanto tiempo.
Curiosamente, también era cierto lo que decía en escorpión, un caballero jamás debería alejarse mucho ni por demasiado tiempo de su armadura, y menos aún en una misión, pero era mejor eso o cavarla en la tierra antes que entra con ella en un burdel.
"Las armaduras nunca deben estar cerca de las mujeres, menos aun si estas son cortesanas, y mucho menos aun si a lo que van es a emborracharse."
Ambos casi al mismo tiempo recordaron las sabias y contundentes palabras del Patriarca Sage. Cuando eran más jóvenes solía reunirlos para que entrenaran juntos y en esas oportunidades siempre aprovechaba de darles alguna lección trascendental. Consejos de los que en su mayoría Marigoldo ya estaba harto, pues lo zarandeaba con ellos todo el tiempo.
Escucharon las palabras de Sage retumbar en sus cabezas, cierto. Pero ya no eran unos niñatos que no sabían ni cómo dominar su cosmos. Eran perfectamente capaces de cuidar sus armaduras junto con su integridad, viajaban por el mundo para combatir a poderosos enemigos y estaban entrenados para defender el Santuario de Athena a muerte si era necesario, las palabras amedrentadoras del viejo ya no tenían utilidad, eso solo servía en aquel entonces cuando les decía esas cosas para mantenerlos bajo control, y evitar que se escaparan de juerga.
Así que como los dos eran exactamente de la misma calaña, llegaron rápidamente a la conclusión de que no sería necesaria ninguna posada y se encaminaron a recorrer la ciudad hasta que anocheciera, cosa para lo que no faltaba mucho.
Y ahora que ya no había ninguna otra voz de la conciencia que los llamara a reflexionar, deberían juntos afrontar las consecuencias de sus actos.
Llegaron a lo que parecía ser el centro de comercio de la ciudad. Como caballeros de Athena que eran, se les enseña que en cada misión fuera del Santuario o lejos de Grecia, deben mantener un bajo perfil, ser discretos y estar alejados de los lugares concurridos, pues en caso de presentarse algún enfrentamiento debían procurar que gente inocente no se viera involucrada.
Pero en vista de que la única amenaza que ellos enfrentaban era el aburrimiento, decidieron que entretenerse con las baratijas del centro y curiosear un poco entre los tumultos de gente mientras buscaban algo que cenar estaría bien.
Como era de esperarse, atrajeron rápidamente las miradas, no es como si en una ciudad como Dubrovnik no hubieran forasteros, ni gente de rasgos o vestimentas extravagante, los lugareños debían estar acostumbrados a ver cantidad de personas distinta día a día, pero es que hombres de su porte, con semejante físico e innegable encanto –modestia aparte– no eran simplemente de ver y no mirar.
Lo sabían y lo ignoraban, aunque realmente no les molestara. Eso solía traer consigo la desatada amabilidad de las personas del pueblo, especialmente los vendedores, que insistían en obsequiarles cantidad de sus productos, comida, bebida, ropa, artilugios, baratijas incluso que según su utilidad evaluaban para aceptar encantadoramente o declinar con mucha educación ¡JA! Era divertido hacerse pasar por caballero de vez en cuando, la gente los consideraba como de la alta sociedad mezclándose con la plebe, pero ellos ni más plebeyos podían ser, solo que se lo guardarían, se lo guardarían hasta dar con el sitio indicado donde dejar salir todo el irreverente descontrol que llevaban semanas acumulando.
El sol, comenzaba a ocultarse, el cielo ya se teñía en las tonalidades carmesí cuando, con las manos llenas de obsequios y comida gratis cortesía de los lambiscones lugareños, decidieron tomar asiento en una parte moderadamente despejada de la plaza. Lo más cercano que tenían era, de frente una perfumería y al otro lado, cruzando la plaza, algunos locales que parecía sastrerías o tintorerías por los maniquí en exhibición tras los ventanales.
Estaban cansados pero satisfechos de que su paseo por la ciudad hubiera sido tan de provecho, tenían las manos llenas de fruta que se fueron comiendo sin descanso por el camino. Y bollos... ricos, dulces y blandos bollos espolvoreados en azúcar pulverizada y rellenos con la gloria que tanto les negaban en el Santuario ¡chocolate! Era realmente injusto que una maravilla tan exquisita como aquella la disfrutaran apenas solo unos cuantos.
Deberían intentar convencer a Sasha, como su Diosa, en recompensar sus arduos esfuerzos por protegerla, con el máximo honor, el más digno manjar para los Dioses: chocolate.
Una sonrisa traviesa se escapó de los labios al escorpión de solo imaginar la carita de confusión que le pondría la chiquilla al no comprender del todo su petición y la reprimenda que seguramente le soltaría el viejo, nada más verlo aprovechándose de ella por su posición. Porque si algo sabía Kardia, es que para envidia de todos –especialmente para la de mamá Sisyphus– ÉL era el caballero favorito de la joven Diosa.
Que fácil le resultaba a la mocosa quererlo, al igual que Dégel… No terminaba de entender qué era lo que le veían. Ha de ser su fabuloso encanto de seguro. Perdido en sus ocurrentes pensamientos se encogió de hombros y siguió comiendo de su recién obtenido botín.
–¿Qué se te hace tan divertido bicho? –le pregunto el canceriano, que llevaba ya un rato observando las muecas que esbozaba mientras comía, vaya idiota, casi que pensaba en voz alta.
–Todo, ¿o es que tu no estas contento con los inesperados resultados de nuestro paseo por esta mugrosa ciudad?
–¿Inesperado? –no había sido inesperado en absoluto, oportuno tal vez, pero no inesperado. Si algo les ofrecía su posición de Caballero (además de las armaduras, claro esta) era poseer los más altos niveles de cosmos y una gallardía que la gente común y corriente encontraba resplandeciente a sus ojos. Era como un imán natural a la buena voluntad de la pobre gente que los veía como la ayuda que necesitan ¿Por qué? Ni puta idea, tal vez fuera simplemente su ignorancia y marginalidad, o eso era lo que pensaba él. Pero lo cierto es que a ellos les caía estupendamente bien– Ni fue inesperado ni la ciudad es mugrosa, está bastante decente de hecho.
–Bueno si, no está mal. –se limitó a comentar el escorpión, demasiado concentrado en sacarle las semillas a esa extraña fruta que le obsequiaron, estaba deliciosa, jugosa, suave y dulce, sobre todo dulce, pero tenía semillas hasta en las semillas y si continuaba tragándoselas terminaría asfixiándose.
–No seas ignorante maldito bicho, debes cortarla en dos y extraerlas desde el centro sino quieres terminar con el culo tapado.
–¿Lo dices por experiencia? –rebatió divertido al imaginarse a su compañero muriéndose por las ganas de cagar sin conseguir hacerlo. Carcajadas escandalosas se le escaparon ante la imagen de semejante escena.
–Cosas peores te han pasado a ti –masculló malhumorado entre dientes–, así que cállate y usa esa uña inútil que tienes para abrir la mía también.
–Como ordene, Mi Lady. –su cosmos comenzó arremolinarse en su mano derecha, invocando a su aguja escarlata que brilló tan reluciente como siempre.
–Bonita manicura. –comentó el cangrejo con una sonrisa burlona.
–Cierra el culo, idiota –le contestó educadamente para disponerse con su muy larga y filosa uña a cortar la fruta–. Toma, para que no digas luego que no soy un buen compañero.
–Eres el mejor, pero no se lo digo a nadie para no poner celoso al abominable hombre de las nieves. –la forma en la que eligió referirse a Dégel, si bien le resultó de lo más graciosa y original, no lo inmuto ni un poquito. No pensaba compartir su broma. Puede que su IceMan no estuviera presente, pero esas confianzudas maneras de hablarle solo se las permitía para ÉL, nadie más. Así que ignoró olímpicamente el comentario y condujo la atención del de cáncer hacia otro lado.
–¿O más bien para no terminar con una rosa demoníaca clavada en el culo?
–¡Oh, escorpión! Tan joven e ingenuo, además de idiota –exclamó con exagerado dramatismos el italiano, el muchacho le devolvió una mirada extrañada, por un momento creyó que recitaba algún verso de Shakespeare–. Crees que todo el mundo vive en una burbuja de extrema felicidad como tú, ¡eres un tonto! ¿Qué no ves que Albafica me detesta?
–¡¿Estas de broma?! No puedes estar hablando en serio –por supuesto que no, solo buscaba verle la cara de idiota que él otro podría encontrar fácilmente en un espejo, seguro–. Albafica ve por tus ojos, eres al único que tolera en su radio de muerte absoluta.
–Que no, te digo, si me le paso encima es para intentar hacerle un poco más feliz, ya sabes, se me da bien eso, pero él no me soporta.
–Que te digo que si, es Dégel quien no me tolera. Solo me soporta por respeto al Patriarca, nada más.
–Bueno, y es que si no está él para enfriar tu culo ¿quién más lo hará? –soltó muy tranquilamente el de cáncer, a lo que el guardián de la octava casa le devolvió una mirada más afilada que un puñal.
–¿Qué? No me mires así bicho de mierda. Que estés malito del corazón y dependas constantemente de otros para mantenerte vivo no te hace más débil –el peliazul le pareció presentir un tono irónico en la voz del italiano, pero lo dejaría estar. O no sería únicamente con la mirada que lo atravesaría–. Tu idiotez no tiene nada que ver con el corazón inútil ese que tienes.
–¿Sabes qué? No la cagues más, así que mejor cierra la boca antes de que te la cosa con mi aguja escarlata.
–Sereno moreno. Ya sabía que eras sensible de corazón pero no de sentimientos. –El protector del octavo templo ya comenzaba a hartarse de los chistes malos del maldito crustáceo, así que levantándose de su posición se disponía a desacomodarle la mandíbula cuando una silueta en movimiento atrapó su atención.
Manigoldo lo noto enseguida, así que giró la cabeza hacia la misma dirección que su compañero, y efectivamente su punto focal quedó retenido en la misma imagen que el otro contemplaba… las ninfas habían escapada de los bosques, las musas se estaban cayendo del olimpo, o las nereidas estaban saliendo de los océanos de Poseidón. Cualquiera que fuera el origen de semejante belleza no podía ser otro más que divino. Las estrellas se estaban cayendo del cielo… eso debía ser.
Ya sabían que había mujeres de distintos tipos de bellezas, unas más exóticas que otras según las tierras extrajeras a las que correspondiesen, pero no algo así. Dubrovnik era una ciudad grande, sí, pero no creían que hermosuras de ese talle anduvieran por las calles. Tal vez confinadas a las imperiales torres de los palacios en la alta sociedad, lejos de mezclarse con la plebe.
Pero no, allí estaban, andando por las calles de la plazoleta en completa naturalidad las mujeres más hermosas que jamás ninguno de los dos había llegado a conocer, las criaturas más bellas y exuberantes que habían visto jamás… justo lo que necesitaban.
Eran tres preciosas damas, esbeltas, esplendidas y de apariencia refinada. Tal y como ocurrió con ellos mismo, atrapaban las miradas de los civiles, que las admiraban maravillados y les ofrecías obsequios por donde pasaban, a lo que ellas asistían educadamente con esplendidas sonrisas. Sonrisas radiantes, esplendorosas y tan distintivas en su tipo, que una vez trazadas en aquellos labios, a ellos les resulto imposible no reconocer ni a millas de distancia.
Ambos caballeros se miraron compartiendo miradas cómplices rebosantes de picardía, se comprendieron de inmediato sin mediar una sola palabra, no hacía falta. Debían seguirle la pista a esas hermosas mujeres, sus instintos se lo decían, y no les resulto forzoso seguirles el paso pues al parecer las damas se dirigían a la perfumería que tenían enfrente.
Mientras pasaban por la cera cercana a donde ellos se encontraban sentados, las bellas damas notaron enseguida las intensas miradas que ambos, cáncer y escorpio, les dirigían sin ningún tipo de discreción y que ellas, correspondieron enseguida sin resultar indiferentes al escrutinio desvergonzado de los apuestos caballeros. Se miraron entre si y compartieron sonrisillas cómplices con deslumbrante coqueteo, vaya… al parecer les gustaba ser admiradas. Y no parecían tener intensiones de ocultarlo.
Incluso una alta belleza de color canela tostada, la más alta entre las mujeres, y que tenía aires de ser quien lideraba aquel encantador aquelarre, de apariencia más madura pero jovial, les dedico un guiño juguetón antes de internarse en el establecimiento.
–¿Viste eso amigo mío? –dijo el escorpión nada más y las chicas desapareciera de su vista– Mi encanto ya surgió efecto. Tenemos la noche resuelta –y quizá el resto de la semana si la cosa era tan buena como se pintaba al horizonte.
–¿Tu encanto? –preguntó Manigoldo con una mueca de incredulidad– Si cuadramos el fin de semana con esas musas no va a ser por nada más que mi inigualable carisma, pequeño saltamontes.
–Claro, y el guiño de invitación a invitarlas, no tiene nada que ver.
Y aparte, estaba el hecho de lo cortesanas en potencia que parecían esas mujeres, eso sí, de la mejor clase. Solo una cortesana de altura podía coquetear con semejante descaro en la calle a plena luz del sol y lucir tan magníficamente hermosa.
Ese solía ser el inconveniente nada pequeño con las mujerzuelas callejeras, no eran precisamente apetecible, si bien unas cuantas botellas de alcohol bien mezcladas en el sistema sanguíneo ayudaban a tolerar lo que fuera. En el Santuario se aprendía que, superadas las duras pruebas, las autorecompensas –más allá del conocimiento propia, claro está– debían estar acorde a la superación de tal o cual titánica labor, ya sea después de obtener la armadura, o darse un lujo luego de alguna misión que lo valiese. Estas autorecompensas solían ser mujeres, y estas mujeres eran las Hetairas, cortesanas de la mayor clase, nada de furcias ni rameras baratas.
Esta noble y honorable tradición que, aunque se aprendía sola, pasaba sin falto de generación a generación entre los aprendices.
"Las mujeres no están para compartir la vida con un Caballero de Athena, pero si te vas a enredar con alguna, que esta se encuentre a la altura."
"Ante todo el honor de la armadura", era un principio que compartían ambos caballeros como regla personal. Y que, al menos creían, mantenían muy claro.
–Deberíamos ir por ellas –se precipitó el escorpiano luego de lo que pareció ser una fase de "demasiada meditación", o al menos demasiada para su gusto, a lo que su compañero le retuvo del brazo.
–Sereno moreno, –soltó el arconte de la cuarta casa con tranquilidad– ellas no nos miraron con indiferencia precisamente, desde aquí puedo oler las feromonas que desprendieron al vernos. Eso y que olieron una buena presa. Mujeres tan bellas no estarían juntas sin ninguna razón. Pertenecen a alguna casa de placer y nos aseguraremos de que sea la mejor en la cual invirtamos ese pesado saquito que traes aquí y en la que valga la pena pudrirnos en vida los días que nos queden de libertad. Mira que al fin esta porquería de misión pinta para bien, para nuestro bien. Así que hagámonos de rogar y dejemos que lleguen a nosotros, tampoco podemos ladrarle nuestras miserias. Hay que cuidar los bines e invertirlos con sabiduría.
Manigoldo reteniéndole, diciendo que esperase y planteándolo una interesante y bien pensada jugada en un asunto que no fuera el combate… y él pensando demasiado en las enseñanzas del Santuario –en las cuales Sage no tenía nada que ver– ¿solo a él le parecía eso raro? O era el efecto del dinero lo que ya estaba obrando de manera negativa en su cabeza ¿era aquella la llamada avaricia por la cual hombre de naciones enteras perdían la cordura?
Esperaba que no. Quizá y solo tanto tiempo libre para pensar, o más bien demasiado, sin verdaderas peleas –ni sexo– le afectaba el buen funcionamiento a su cerebro. Después de todo, lo que Manigoldo planteaba, extraña y conciensudumente, era muy verdadero. Pero como no le daría la razón en voz alta, solo guardo silencio y se quedó a su lado con aire estoico esperando la salida de sus nuevos y apetecibles objetivos.
Pero la espera resulto volverse más larga de lo que habían planeado, claro, basándose solo en sus ansias de clavarles el diente de una buena vez, pues no sabían quiénes eran, a que entraron a aquella –sí, corroboraba leyendo el cartel sobre la puerta– perfumería, ni cuanto tardarían. Creyeron que no les tomaría mucho, pero el sol ya había abandonado su labor de iluminar el cielo hacía horas.
–Quizá ahora si deberíamos ir por ellas. –nuevamente ese sentimiento agónico de espera le estaba aguijoneando el pecho al muchacho de la octava constelación.
–Olvídalo, ante todo la dignidad.
Pero justo cuando el escorpiano se disponía a quejarse abiertamente, escucho el dulce sonido de una campanilla.
Rápidamente dirigieron la mirada hasta el origen del cual provenía el encantador sonido y, efectivamente, era la señal de que la puerta en aquel comercio se abría, dejando pasar a través de ella los verdaderos luceros de aquella noche.
Ni bien cruzaban el umbral aquellas esplendidas damiselas cuando los buscaron con la mirada, pera encontrarlos tal y donde los habían dejado. Complacidas con su hallazgo, los recompensaron con maravillosas sonrisas de brillantes dientes blancos y perfectos.
La misma morena alta que les giñase un ojo anteriormente, fue la primera en comandar el paso hacia su dirección sin un ápice de vacilación.
–Pero miren nada más que apuestos caballeros, ¿esperaron demasiado? –dijo con descaro mientras que con una mano batía su cabellera por sobre el hombro. Eran sus ojos vivarachos y su altivo aspecto lo que la identificaba claramente como la líder de aquel encantador aquelarre.
–Estoy segura de que no tardamos tanto –se escuchó la voz de una muy linda morenita de cabellos café muy claros y alborotados, se paró junto a la alta con las manos en puño sobre las cadera mientras que descansaba su peso en una pierna en una pose coqueta–, solo fueron unas cuantas horas.
Vaya pedazo de descaradas.
–Si sabían que estábamos esperándolas, pudieron haber sido más consideradas en darse prisa. –refunfuño el escorpión.
Una de las chicas sonrió mostrando los dientes en una expresión de puro sarcasmo, pero antes de que tuviera tiempo de decir nada, la líder levantó una mano haciéndola callar, muy sutilmente claro.
–Lamentamos si se sintió grosero, somos acérrimas defensoras en priorizar siempre el trabajo, es nuestra fuente de ingresos y lo que más disfrutamos hacer, pero tenemos diligencias de las cuales ocuparnos. Espero y lo comprendan, ustedes forasteros.
Explicó en tomo amable y aparentemente sincero, dejando en claro sin ningún tapujo o temor a malinterpretaciones lo que ambos caballeros habían sospechado. Se habían topado con las mujeres indicadas.
–¿Comprender? –preguntó el canceriano– Son ustedes las que necesitan demostrarnos que comprenden lo que necesitan hombres como nosotros. –no se contuvo en lo absoluto en expresar sus intenciones.
–Hombres como ustedes –la morena alta saboreo la frase en su paladar, enjuagándola en un tono retorico, mezclado con un bonito y muy curioso acento– ...hombres como ustedes son nuestra especialidad, –su sonrisa sagaz daba fe de ello.
–Extranjeros guapos que van de paseo por la ciudad, con la pinta que tienen, no pueden ir juntos de la mano en una íntima aventura romántica –se escuchó picara la voz de la morena bajita, y a ellos esa idea pintada en sus mentes se les hizo de lo más ridícula–. El tedio lo traen pintado en la frente y nosotras tenemos justo lo que necesitan.
Tan seguras de sí mismas, eso les parecía excitante, pero se venderían como hombres difíciles, y no como borrachos muertos de hambre fáciles de convencer.
–Nos gustan las mujeres diligentes y con conciencia. –eran caballeros de la más alta orden.
–También predispuestas y serviciales. –merecían lo mejor de lo mejor.
–Y sobre todo de buen talle. –nunca nada menos que una Hetaira.
Las chicas parecían complacidas con lo que oían. Lo demostraban en sus sonrisas satisfechas y plenamente serviciales.
–Es una suerte que tengamos todas esas virtudes, y más, para ofrecerles.
Y fue así, tomándolos por los brazos a cada uno, los guiaron a su casa de placeres.
Hello… It's me.
Vengo a dejar esto y ahora me retiraré dando brinquitos de felicidad.
*Alhaja*
