Capítulo#4: El jardín de las flores
Fecha de publicación: 19 de diciembre de 2017
Al ser guiados del brazo por cortesanas, impresionantemente atractivas sí, pero cortesanas al fin, imaginaban ser llevados a la zona de las casas de placeres que, por regla, se consiguen en cada ciudad civilizada que se respete. Pero harta fue su sorpresa al dirigirse a una zona muchísimo más lejana del centro y toparse con una villa entera que imponía clase en toda la extensión de la palabra.
Amplias tierras, frondosos jardines, mucho color y luces de todas direcciones, era apenas lo que la vista alcanzaba ver como primeras impresiones de lo que no era un barrio bajo en lo absoluto. La facha de las mujeres que los escoltaban debía ser una pista de que estas pertenecían a una casa de muy alta clase. La prueba ante sus ojos.
Una amplia verja que delimitaba la entrada, se abrió rápidamente desde dentro por dos muchachas de buena pinta que saltaron a abrazar a las mujeres que los acompañaban.
–A ver, déjense de tonterías y actúen con mayor formalidad frente a los invitados. –las muchachas ante el regaño, se mostraron un poco más reservadas.
–Vayan y díganle a Floraida que tenemos invitados. –susurró la morena lideresa al oído de una de las chicas, extremadamente idénticas entre sí, a lo que esta asistió y rápidamente se fue corriendo sujeta a la mano de la otra en dirección a la mansión que tenían delante.
–Eso le dará tiempo a recibirlos como se debe.
Ellos encantados con la atención, se encontraban excitados ante el preámbulo de lo que vendría, solo confiaban en que lo que portaban fuera suficiente y no se vieran en la necesidad de empeñar sus armaduras.
La hermosa morena cabecilla, que aún no se había presentado, y no es como si importase, se mantuvo caminando hacia el frente, instándolos a seguirla.
–Nuestra especialidad radica en brindarle servicio hospitalario a los forasteros de buen gusto y acaudalados hacendados que estén dispuestos a pagarlo, así que, por favor, siéntanse como en casa.
–Si me quisiera sentir como en casa, no estaría aquí. –Manigoldo le dio un codazo al de escorpión para que se amarrara en lengua los comentarios estúpidos, no podían mostrar las costuras tan pronto.
–Entiendo, así que quieren algo diferente a lo habitual. No habrá problema con ello, podrán elegir el servicio que más le convenga a cada uno.
Con que servicio personalizado eh, eso estaba bien, después de todo hablaban de sexo, en una cama no cabían más de dos… a menos que…
–¡Dahlia! –se oyó un llamado a lo lejos, mirando al frente, a lo lejos, ante la imponente fachada de la mansión, se encontraba alguien sacudiendo vigorosamente un brazo en el aire – ¡Dahlia, aquí! –gritaba animada una pequeña… ¿niña?
¿Qué mierda hacia una niña en un lugar así? Definitivamente eso era lo último que esperaban conseguir, y menos en la entrada.
–¡Hoya! ¡Te dije que venían con compañía! Apártate –la reprendió una de las chicas que abrió la verja nada más llegaron. Aun se encontraban bastante alejados de la entrada, si fueron capaces de escuchar la reprimiendo que entre dientes apretados le monto aquella muchacha fue debido a la agudeza de sus sentidos. Ambos se miraron entre sí con una ceja enarcada.
Las chicas que venían con ellos simplemente mantuvieron sus miradas fijas al frente sin ocultar pequeñas sonrisas.
Al llegar fueron recibidos con las puertas abiertas
Después de toparse con aquella fachada ya no sabían que esperar una vez entraran, pero definitivamente era mejor de lo que pudieran imaginar.
–Sean bienvenidos forasteros. –y fueron esas las palabras más dulces que oyeron ambos muchachos en mucho, pero que mucho tiempo. Fueron recibidos por una comitiva conformada por las mujeres más hermosas que habían visto nunca, y miren que habían visto mujeres bellas, ¿pero tantas juntas? Esto debía ser la entrada al paraíso.
En anteriores oportunidades, sus ojos ya fueron testigos de diversidad de sitios abarrotados de lujuria, perversión y desenfreno, unos más ruinosos y otros de la más barata mísera que ofrecía el ron y las putas de esquina. Pero esto era otro nivel, nada que ver con asqueroso burdeles de mala muerte ni con pretenciosas mansiones de la alta aristocracia europea. El salón de la inmensa mansión era un exquisito caldero de lujuria, estaban frente a la decoración mas incitante que habían presenciado en sus vidas.
Esto era lujuria de puro buen gusto.
Largas y vaporosas telas decoraban en caída las altas paredes en exquisitos colores, desde rojos vivos como la sangre con maravillosos encajes dorados a telones de negro terciopelo y azul lapislázuli. De los altos techos colgaban enredaderas y diversidad de adornos, desde curiosas lámparas chinas hasta candelabros de araña. Hermosas plantas decoraban el lugar desde la entrada hasta las escaleras que imaginaban, conducían a los dormitorios.
Había esculturas que representaban personajes mitológicos copulando en eróticas y, hay que decir, creativas posiciones.
Y las mujeres eran perfectas musas salidas del olimpo, todas tan bellísimas como diferentes entre sí, rasgos, colores de piel, acentos, vestimentas, incluso sus gestos, todos dotados de gracia divina. Si, aquello era una espectacular mezcla cultural… y una realmente interesante, incluso les recordaban a ellos mismos en el Santuario.
Era curioso como una muy hermosa y amarillenta mujer de ojos rasgados se inclinaba desde la cintura para recibirlos con una muy solemne bienvenida, mientras que otra morena de pestanas gruesas y con un curiosa puntito en la frente, entre ambos ojos, parecido al que llevaba Asmita, juntaba ambas manos frente a su rostro e inclino ligeramente la cabeza.
Otras bellezas se encontraban ocupadas en sus propios asuntos y a penas ellos entrar por la puerta se acercaron con inmensas sonrisas decorando sus bellísimos rostros, unas con sensualidad, otras con curiosidad, pero eso sí, sumamente asombradas. Ataviadas todas de prendas excitantemente sugerentes, exquisitas y flameantes.
En conjunto formaron una inmensa algarabía –típico de las mujeres– murmurando palabras en diversos idiomas de los que algunos entendían, algunos otros no, pero en general se resumía a que se encontraban muy entusiasmadas con la llegada de los nuevos visitantes
Mira esto amigo mío, nunca habían visto a hombres tan guapos como nosotros –escuchó el de escorpio la voz de su compañero vía cosmos.
Sobre todo, a un ejemplar griego como yo, de italianos muertos de hambre como tú ya estarás hastiadas.
Bastardo hijo de… –el canceriano ni siquiera llego a culminar su insultante frase vía cosmos. Las chicas haciendo espacio entre sí para ver de cerca a los forasteros, llegaron a su lado y lo tomaron de ambos brazos, apretujándolo fuertemente, como midiendo la musculatura de su cuerpo. Otras más osadas rosaron sus pechos en su espada y una más animada que, con una sensual sonrisa, se le acercó de frente y le coloco una coronilla de flores en la cabeza, murmurándole una frase que no llego a entender ni esforzándose en prestarle atención al idioma que había utilizado. La chica lo miro con una muy sutil sonrisa y antes de retirarse para hacerse un lado, tomo su rostro y depositó un suave beso en la comisura de sus masculinos labios.
Ooooh… aquello supo a gloria, y esperaba que solo fuera el comienzo.
El italiano se vio tentado a no dejarla alejarse, y cuando levanto su brazo para jalarla de la cintura y comérsela allí mismo, otra escurridiza muchacha se guindo de su costado y se abrazó a su pecho fuertemente, mientras exclamaba con alegría una frase que fue imposible descifrar ¿es que en esa mierda nadie hablaba en cristiano?
El escorpión no se vio privado del mismo trato entusiasta, el cual recibió complacido, dejando que las muchachas que se le acercaban descaradamente, midieron su fuerza masajeando sus musculosos brazos con asombro. Otras tantas se guindaban de su frondosa melena, acariciándola suavemente, asombradas de su longitud, una incluso se toma la libertad de tejerle hábilmente una adorable trencita. Las que se le acercaron por el frente se le guindaban del cuello y la que le rozaba los pechos en la espalda ya se estaba dando la tarea de quitarle el abrigo.
Seguramente había muerto de calor el algún árido desierto durante esa insufrible misión y ahora se hallaba en el paraíso, debía ser eso. Inmerso en las risas y dulces voces que lo rodeaban se encontraba dispuesto a entregarse al deleite que les ofrecían las manos de las hermosas criaturas que los rodeaban cuanto escucho el tintineo de una campana.
Ambos caballeros se quedaron muy quietos y las chicas que los rodeaban se apartaron velozmente, abriéndose paso entre ellas, muy firmes, como si de el llamado de un general se tratase.
–Chicas, por favor, guarden un poco la compostura –y así parecía haber sido. Todas asistieron e inclinaron sus cabezas en gesto de respeto y obediencia–. Así que ustedes son, forasteros, nuestros nuevos invitados.
Ambos se respingaron un poco, al percatarse de que quien sostenía la campanilla que recién había sonado, y ahora se dirigía a ellos, era una altísima mujer de frondosa cabellera plateada. De imponente presencia y una vibrante voz de elegante acento, habló en un perfecto inglés británico que, al instante, pareció ser el idioma que y todas comprendían.
Su rostro era bellísimo, como hasta ahora todas allí tal vez, pero su presencia en si resultaba deslumbrante, sus rasgos denotaban que los años habían pasado por ella, pero que incluso así, no se dejaba llevar. Esa aparente madurez y el tono de mando en su voz les recordó al instante al mismísimo Sage, ella debía ser la matriarca de aquel variopinto harem de semidiosas.
–Permítanme presentarme –sonrió con sutileza e inmediatamente después se inclinó ligeramente en una elegante reverencia– soy Floraida, bienvenidos a nuestra casa –aquella aterciopelada voz de fuerte timbre les resulto majestuosa–. Me disculpo por las insolentes actitudes de estas niñas, no suelen ser tan… revoltosas –se excusó con un leve gesto de la mano, una perfecta palma de largos dedeos bancos repletos de anillos de los que se enganchaban preciosas cadenas de oro que le rodeaban ambas muñecas.
–No hay de que disculpase –Kardia tomó aquella mano sin vacilación alguna y poso sus labios sobre el pálido dorso–, su hospitalidad no nos incomoda en lo absoluto.
–Que encantador escuchar eso –la madura mujer de inquietante mirada sonrió dulcemente al muchacho de azules cabellos desmarañados y deslizando sutilmente su mano de entre la de él, la condijo hacia su rostro para rozar tiernamente su mejilla derecha, acariciándola con el dorso hasta deslizar su dedo incide por la recta mandíbula, inmersa en inspeccionarlo con la mirada.
El muchacho se dejó hacer por la mirada de aquella exuberante mujer, nunca le habían gustado maduras, pero esto que tenía al frente, estaba fuera de cualquier canon que hubiera establecido anteriormente en su mente.
Con paso elegante, la mujer de blancuzca cabellera, deposito la campanilla en la palma extendida de una chica a su lado y se dirigió a la cercana dirección del caballero de cáncer, procedió con un silencioso e intenso escrutinio muy similar al de su compañero, pero con él tuvo el detalle de deslizar un pálido dedo por tu tabique, al parecer le resultaba llamativa su nariz. Sin disminuir su enigmática sonrisa, dio una vuelta a su alrededor y acaricio sutilmente sus cortos cabellos, midiendo su largo al parecer, y de una vez en su paso por aquella curiosa melena rebelde, acomodo algunos mechones en su sitio.
–Su aspecto, mis queridos muchachos, son de los más llamativos que he visto en años, por favor, permítanme hacérselos saber.
–¿Un cumplido?
–Precisamente.
–Son los hombres quienes deberías otorgar cumplido a las mujeres.
–Y los recibiremos, por ahora permítanme presentarnos, tengo entendido que Dhalia fue quien los trajo –la mujer se refería a la hermosa morena que los guió desde la salida de aquel comercial en la plaza de la ciudad, ambos asistieron afirmando, porque así había sido, no porque reconocieran el nombre de la chica que ni siquiera se había presentado
–Buen trabajo querida, definitivamente tienes buen ojo, tus invitados siempre son los de la mejor clase –entre la multitud de muchachas que los rodeaban, algunas se hicieron a un lado para dejar ver cómo, un poco retirada junto a la puerta, se encontraba la bellísima morena haciendo una respetuosa inclinación–. Permítanme explicarme caballeros, ahora que han sido acogidos en nuestra casa es momento de conocer lo que encontraran, nosotras ofrecemos servicios libres de cualquier inhibición, dispuestas a cumplir cualquier fantasía, a diferencia de cualquier otra casa de citas, nuestro objetivo es servir y dedicar nuestras habilidades a complacer cualquier exigencia. Es por ello que somos muy selectivas a la hora de escoger a nuestros…
–¿Clientes? –interrumpieron ambos a la vez en el mismo tono interrogante.
–Invitados… así preferimos llamarlos, somos muy selectivas con quien permitamos ingresar a nuestros dominios, verán, como mujeres nos encontramos en una frágil posición de vulnerabilidad ante cualquier fuerza de mayor poder, así que nos valemos de la protección y discreción de nuestros selectos invitados. Mantener el noble oficio de generaciones, alejadas de la mala vida de los suburbios y los impuestos de la corona, no es un trabajo fácil, por ello, alejadas, ofrecemos comodidad y así todos salimos ganando.
–Sin pago de impuestos ni competencias.
–Eso es lo que hay.
–¿Entonces es usted la madame de este… lugar? –preguntó el de escorpio mientras hacía círculos con su índice, envolviendo el lugar.
–No me gusta denominarme así, ese término esclavista dista mucho de mi labor aquí. –respondió la bella mujer con un ademán despectivo de la mano y un ceño ligeramente fruncido que marcaba una suave "v" en su frente, justo entre sus pobladas y muy definidas cejas.
–Pero es su líder. –insistía el muchacho poco convencido del aparente grado de autonomía que decía haber sido alcanzado por aquella colonia de mujeres.
–Alguien tiene que serlo ¿no? Sin líderes, ninguna sociedad prosperaría, aun así, me gusta verme más como a una madre que como una regente.
–La abeja reina de la colmena. –aseguró Manigoldo con una sardónica sonrisa en los labios
–Aquí no empatizamos con ninguna conducta del reinado, por si se trata de una indirecta, pero efectivamente es una forma de mirarlo.
–Nos halagan su confianza –Manigoldo se mantenía intrigado ante las palabras de aquella mujer–, pero me cuesta aceptarla cuando ni siquiera nos ha pedido nuestros nombres. –y apenas entonces Kardia cayó en cuenta de que era cierto.
–Por costumbre los caballeros se presentan por sí mismos, una vez terminada la mía esperaría la suya, pero de antemano les informo que no es necesario, aquí, nuestros invitados no se valen de títulos ni apellidos. Allá fuera hay más de un noble sin un solo penique en los bolsillos escudado en prendas ostentosas y un apellido ridículamente largo que a la final no posee ningún valor. Tenemos buen ojo para ello, aquí presente mi querida Dhalia y su aguda intuición es prueba de ello, sabemos que no son de por aquí, y que su estancia tampoco será duradera. A los forasteros les gusta aflorar sus secretas pasiones en el reflejo las copas de vino, estar lejos de casa brinda esa sensación de seguridad. No necesitamos conocer su procedencia, sino sus intenciones, a partir de allí trabaja brindamos nuestras atenciones.
–¿Y cuál es el precio de su hospitalidad?
–Deberían estimarlo, no abrían venido sin estar seguros de poder pagarlo.
Tenía razón, jamás se habían encaminado hasta allí con la firme intención de perderse en la borrachera y el berilio de la pasión sin estar seguros de que esas piezas de oro valdrían por ello y más.
–Tenemos esto –desde el interior de su saco, Kardia le extendió a la mujer el saquito con el preciado contenido que compraría el boleto de subida al barco de su disfrute por lo que restaba de las dos semanas.
La mujer lo tomo entre sus manos con una codiciosa sonrisa, al tirar suavemente de la cabuya que lo mantenía cerrado, sus ojos se iluminaron como dos luceros, en su expresión maravillada se reflejaba el brillo dorado de aquel pequeño tesoro. A Kardia le dio gracias identificarse con ella, pues seguramente, el al encontrarlo, había puesto la misma expresión solo de imaginar lo que podría hacer con el.
Mujeres… todas unas codiciosas.
Y eso que no han visto nuestras armaduras.
Con guasa, intercambiaron comentarios vía cosmos, saboreando ya de ante mano el final exitoso de lo que había sido aquella larga y tediosa misión.
–Muy valioso –el murmullo asombrado de la mujer parecía más un pensamiento al aire que una evaluación. Se encontraba atrapada en el análisis del brillo de las invaluables piezas doradas que brillaban desde la palma de su mano, aún dentro del saquito. Mirándola con atención notaron que inclusos sus palmas temblaban ligeramente, ella sabía que tenía un invaluable tesoro entre las manos, y a ellos eso les venía perfecto. No les interesaba en lo absoluto estimar el valor real de aquellas piezas, solo comprar algo de diversión.
–Entonces… ¿es suficiente? –la entonación que empleo Kardia mas que interrogativa era sardónica. Convencido de haberla dejado impresionada.
–Más que suficiente –con una sonrisa satisfecha, la mujer volvió a acordonar el saquito sin siquiera tocar ninguna pieza, seguramente apabullada por su brillo– No nos equivocamos en su elección. Reitero mi posición, son más que bienvenidos a nuestros dominios, ahora por favor, caballeros, permítanme mostrarles a las muchachas de la casa dispuestas a sus servicios.
Retomando la campanilla en sus manos y haciéndola sonar con su titilante y encantadora melodía, frente a ellos las, hasta ahora silenciosas muchachas, se revolvieron entusiastas retomando sus actitudes dicharacheras, habían esperado la señal para romper filas y con seguridad desfilaron frente a ellos derrochando sensualidad.
De la mano, los guiaron hasta el centro de la inmensa sala, donde una gran mesa dispuesta con alimentos se encontraba tendida; desde frutas frescas de brillantes colores hasta carnes, pescados y ensaladas, y que sabían ellos que más de comidas preparada y presentada en raras formas, eran parte del menú que no dudaron en engullir.
En sus manos fueron puestas copas de plata con relucientes incrustaciones de piedras preciosas y servidas hasta arriba de vino tinto. Las chicas ya libres de actuar a sus anchas y contesta de servir a semejantes ejemplares, los liberaron de sus abrigos y de los botones superiores de sus camisas. Les dieron espacio para que se acomodaran junto a ellas en mullidos cojines que se repartían en un tumulto, y allí les sirvieron directamente del banquete a ambos que ni cortos ni perezosos se detuvieron a dejar de devorar.
Tenían desatada una feroz hambre acumulada desde que iniciaran esa aburridita misión del averno Rindiendo las provisiones como unos malditos muertos de hambre, se les había acumulado un apetito voraz, no solo de comida ni bebida, sino también de diversión y lujuria. Era impresionante, incluso para ellos, y por más que dejaban en fondo blanco las copas que les fueron ofrecidas, no se detuvieron para dejarlas así, no señor, y así seria hasta que se fueran de aquel lugar.
La esbelta peliplata que se había presentado como Floraida, se les unió animadamente sin descuidar en ningún momento su paso elegante, y tomo asiento cómodamente en un lugar cercano a los entusiasmados muchachos. La llama de la fiesta estaba encendida y las hermosas chicas no se detuvieron de avivaron las brasas.
Sugerentes piezas musicales y con una envolvente sensualidad flotaba en el aire, ¿Quién la tocaba? Ni idea, no alcanzaron a recorrer con la vista los rincones más alejados de la inmensa habitación, estaban demasiado concentrados con lo que tenían en frente, procediendo a, tal y como se les sugirió, relajarse y disfrutar.
La exuberante melodía era lejana en sus mentes, pero con un poco de esfuerzo, podían reconocerla como típica de arabia, por ese tono vibrante y zigzagueante que les recordaba al deslizar de una serpiente. Muy pronto un maravilloso canto vocal se dejó oír, era bellísimo, una tonada exótica que ni de la garganta de experimentadas hetairas griegas de altísimo nivel habían oído nunca. Risas, bailes y encantadoras canciones, todas maravillosas piezas de arte ofrecidas por mujeres aquellas musas a los caballeros.
El arconte de escorpión, muy cómodo allí donde se encontraba semirecostado, estaba rodeado por al menos tres muchachas de sedosas manos escurridizas. A su izquierda, una pequeña rubia de pobladas cejas se dedicaba a acariciar juguetonamente su pecho, remojando de vez en cuando la punta de sus dedos en la copa que se ocupaba de llenaba a cada rato, y acariciando su piel expuesta hasta donde se lo permitían los botones, desde su manzana de adán, recorrido su tráquea y empozando algunas gotas en la hendidura del cuello, donde ofreció remplazo a sus dedos por la lengua que succionó juguetonamente aquellas gotas de licor, unas otras de sudor y algo de suave y bronceada piel griega. Siguió inmersa en su recorrido y, remojando nuevamente los dedos, pero esta vez de la boca de él mismo, recién repleta de licor, acarició sus clavículas para ampliar un poco más el área de piel expuesta hacia los hombros y conquistar territorio sobre la tostada piel de caramelo que tantas ganas tenia de comer.
A esto el escorpión no oponía ninguna resistencia, pero tampoco se dejaba ver perturbado, quería recordarse que "hacerse desear" debía ser un principio siempre presente, aunque el licor y el deseo nublara su conciencia.
A su derecha, una linda castaña de mirada dulce, se encontraba absorta en su perfil griego, delineando con sus aterciopelados dedos su mandíbula, su nariz, el lóbulo de su oreja, y al parecer interesada también estaba en su aroma, pues se hundía en su cuello para inhalarlo profundamente. Habilidosa, tenía que reconocer, no quería esperar descubrir el desenvolvimiento de sus manos en otras áreas de su cuerpo.
A su espalda una pelirroja de rizados cabellos se encontraba masajeando sus sienes y la raíz de sus cabellos hasta peinarlos hacia tras, desenredándolos con suavidad, tacto que agradecía inmensamente. No era algo que le confesaría a nadie, pero adoraba que trataran su cabello con gentileza, desde cariños hasta peinarlo, era consiente de cuan rebelde era su melena y la facilidad con la que se enmarañaba, por eso que alguien le brindara comprensión y ternura a su indómita cabellera espartana le resultaba simplemente maravilloso.
Una cuarta chica se le unió, traía apoyada a la cadera un cántaro con agua clara, y arrodillándose elegantemente frente a él, se dispuso a la tarea de retirarle las botas para dejarlo descalzo, lavarle los pies y propinarle un delicioso masaje. Satisfecho a mas no poder, se dejaba hacer. Las atenciones de esas hermosuras nada que lo iban a aburrir. Era injusto que ellos siendo caballeros dorados, legendarios por su alto rango, no contaran con tratos así en el Santuario.
Una quinta mujer se arrimó a su lado ofreciendo una bandeja con frutos para que eligiese el de su preferencia, pero él al verse con las manos ocupadas, la invitó con la mirada a que fuese ella quien diera a probar directamente en su boca. Obedeció sin chistar, con una sonrisa condescendiente tomó una reluciente manzana de la bandeja, antes de dirigirla a su boca, la limpio con la tela de su vestido, entre sus pechos, para así dejarla reluciente y ofrecerle un mordisco que el escorpión propino con gusto, sin quitar la vista en ningún momento de la mirada aguamarina de la hermosa rubia que le serbia. La elección de la fruta le pareció más que apropiada, más allá de considerar a las manzanas como su fruta preferida desde siempre, la fascinante leyenda de la manzana de la discordia que el Patriarca le contaba en sus años de formación, aún seguía fresca en su memoria. Era de sus leyendas favoritas.
El italiano no se encontraba en condiciones desiguales, rodeado por todos los francos de preciosuras que le propinaban sutiles caricias y adorables arrumacos, abría los brazos a más no poder para darle acojo a todas, hechizado por la infinita gracia que vestía a cada una de las que le servían.
A su lado, justito debajo de su bazo derecho, cobijaba a una morena de nariz muy recta que le había sacado la camisa del pantalón y ahora le acariciaba el abdomen desde el ombligo hasta la vena que se marcaban sobre su vientre y se perdía más allá de la bordura del pantalón para acababa en su viejo y entrañable amigo, ese que no había tenido ningún momento de quietud desde que cruzaron aquella puerta.
A su espalda unas prodigiosas manos de largos dedos y pulcras uñas esmaltadas le propinaban un relajante masaje en los hombros, aquello era como si de tocar un piano se tratase, la técnica era magistral y sentía que, de un momento a otro, la chica le sacaría música. Y si no, la escucharía resonar en su cabeza. Aquello era mágico, no había notado que tuviese los hombros tan tiesos hasta que aquel ángel obrara su milagro sobre el… era lo menos que merecía después de tantos días de mierda.
En su costado, la adorable pelirroja que rellenaba su copa cada dos por tres, lo miraba con algo de timidez, pero no una que se asemejará a la vergüenza, no, sino más bien a la indecisión de parecer no querer incomodarlo con tantas manos encima, por lo que evitaba rozarlo siquiera cada vez que se inclinaba para servirle vino. Toda una curiosidad.
Inmersos con estaban en el vino y las caricias, los acodes que componían la amena música de ambiente aumentaron progresivamente de intensidad. La iluminación de la sala, de por si casi en penumbra, se atenuó aún más, mientras que los candelabros que quedaban en encendidos sobre las escaleras concentraron la atención de ambos guerreros.
En lo alto de aquella escalinata de carmesí alfómbrame, divisaron las siluetas de al menos una decena de esbeltas damas, todas de pie y con la cabeza gacha en perfecta simetría, envestidas completamente de negro. Las mujeres se encontraban ataviadas en curioso trajes, todos diferentes. En cada prenda que vestían podían admirarse los diversos orígenes de sus nacionalidades debido a sus formas, cortes y detalles distintivos, la similitud que todas guardaban en común, además del color negro, era la sensualidad que las envolvía, cada prenda lucia pensada para exhibir sin recato sus atributos sin rozar siquiera la vulgaridad.
La música, que no dejaba de sonar en delirantes acordes, impulsó el ritmo que guiaría el inicio del espectáculo. Las chicas, hasta ahora quietas, levantaron lentamente y todas juntas sus rostros para revelar el seductor detalle que completaba el conjunto; todas llevaban mascara, desde caretas repletas de plumas y brillantes piedras de colores, a coloridas caretas de arlequín o lisas expresiones fantasmales pintadas a mano.
Al ritmo envolvente y pausado de la música, las chicas descendieron paso a paso los escalones, sincronizadas perfectamente en sus movimientos, casi como si marcharan, pero aquella era la marcha más sensual que habían presenciado ambos hombres en sus vidas. Sus caderas se sacudían pronunciadamente y sus hombros acompañaban el ritmo con encanto. Sus expresiones, ocultas tras las caretas, eran un misterio, pero sus labios, sin excepción, eran una línea completamente recta.
Absortos, no podían parar de mirar la puesta en escena, era maravilloso el cuadro que tenían pintado al frente.
–Aquí solo tenemos lo mejor de lo mejor –escucharon al fin la voz de la, ya por ellos denominada, matriarca Floraida alabando a sus chicas con orgullo– y frente a ustedes tienen para escoger.
Encantados ante la idea de hincarle el diente a cualquiera de esas preciosuras con solo señalarla, no pudieron dejar de notar con gracia un detalle que se les hacía muy similar a ellos en casa.
–Todas aquí son muy diferentes.
–No muy distan de ustedes, ¿cierto? –observó la perspicaz mujer– Ambos hablan un muy buen inglés, pero es notorio que ni de lejos es su lengua de origen, solo personas de alta estirpe pueden acceder a una educación tan bien labrada que les de acceso al dominio de otros idiomas, además, de mi oídio no se escapan sus acentos ni de mi ojo sus rasgos. Tú, querido mío –con el índice señaló a Kardia, para luego, con ese mismo dedo enrollar un mechón de su azulado cabello y hacerle un rulo–, eres de sangre griega, tan pura como la ateniense, y ardiente como la espartana. Y tú –se dirigió ahora a Manigoldo, quien con la copa en los labios le respondió con una sonrisa– eres un orgulloso italiano nacido bajo el sol de la Toscana.
–Sí que eres perspicaz –la elogio el italiano, más que sorprendido, complacido con su actitud digna de cualquier líder. Pocas personas le inspiraban algo de respeto y esta mujer se lo estaba ganando sin esfuerzo.
–Lo soy –contesto sin perder tiempo en modestias innecesarias–, por eso se que ambos viajan juntos y no desde ahora, podría asegurar que entre ustedes hay un estrecho lazo de hermandad. Eso me gusta, ese mismo lazo es el que nos ata aquí a todas, nos mantiene unidas y nos insta a protegernos las unas a las otras. Sin importar el origen ni la nacionalidad, los conflictos internos o externos de nuestros países o la raíz de nuestras costumbres, todas somos hermanas y juntas nos complementamos.
–Un principio digno de respetar, debo admitir. La mezcla que aquí lograron es sumamente interesante.
–Y maravillosa.
Ella sonrió complacida y sin contestar volvió la vista al frente, donde sus mejores chicas se luían haciendo su presentación ante los invitados. La música, indetenible en sus exuberantes acordes, fue acompañada por un coro de voces angelicales.
El ambiente, envuelto por el velo del misterio y la sensualidad, fue el escenario donde se desenvolvió el hechizo invocado por los rítmicos pasos de las mujeres que danzaban aquella extraña, pero atrayente danza. Donde los acompañantes de baile eran sus propias sombras, jugueteando desde las puntas de sus pies descalzos casi con vida propia. Cada movimiento era hipnótico, como una soja lanzada para atrapar sus conciencias sin dejar margen alguno a escapar.
Un sentimiento se paseaba por la estancia, entre las sombras, y bailaba con ellas al mismo frenético sonar de la música ¿era acaso la primitiva lujuria?, ¿el desenfreno?, ¿la pasión? No, era más que eso, descocido por los jóvenes caballeros, pero aun así, tan potente que no podían dejar de respirarlo.
Podrían haber pasado mil años y ellos no habrían dejado de mirar, no fue sino hasta llegado el clímax de la música, que agrupadas en un círculo, todas elevaron sus brazos en dirección al cielo para luego dejarse caer de rodillas en el suelo, consumidas por la esencia que las había poseído. La función había acabado y los caballeros dorados se encontraban demasiado absortos para siquiera reaccionar.
–Permítanme presentarles a sus candidatas –levantándose de su puesto, cercano a los embelesados invitados, la matrona Floraida avanzó con paso elegante hasta donde estaban las muchachas de rodillas con las respiraciones aun agitadas. Alertas ante el resonar de sus pasos, todas se pusieron de pie formando una fila. Ella se colocó al lado de la primera muchacha a su derecha y le quito la careta. Era la hermosa morena que los había guiado hasta allí.
–Dhalia, de mi sembradío, la mayor flor que ha florecido, poco puedo decirles de mi querida morena que en sus ojos no puedan ver ya. De sangre mestiza y corazón ardiente, es una flama llameante que ni la lluvia podría apagar, su ojo agudo capta con rapidez los gustos de los hombres y sus manos refuerzan su habilidad en complacer. –La careta cayó al suelo y los pasos de la matrona se oyeron resonar mientras caminaba hacia la siguiente que dio un paso al frente.
Una pelirroja de cabellera risada y muy, muy alborotada, su pecho aun subía y bajaba debido a la agitación del baile, vestía un ceñido corsé y un muy ligero armador cubría sus piernas. Guantes y medias negras enfundaban sus extremidades, pero no la cubrían en absoluto, cada pieza, de hecho, era de un ajuste sensual que se les antojaba sumamente provocativo a ambos hombres, desde el listón negro con un camafeo rodeando su cuello, hasta el liguero que abrazaba su muslo. Con brusquedad se quitó la cartera y sacudió su muy abundante melena, mientras algunos rulos rebeldes se le pegaban a la frente debido al sudor. Sus mejillas estaban salpicadas en adorables pecas, al igual que su pecho y sus hombros, ambos se preguntaron al mismo tiempo si también lo estarían en su espalda.
–Camelia, mi flor salvaje, es tan indómita como su melena, lo que atrapa entre sus piernas no lo suelta. En las artes amatorias su entrenamiento ha sido el de un guerreo para la batalla y en su campo de guerra siempre es quien se consagra con la victoria. –la rapaz pelirroja dejo caer la careta al suelo sin cuidado alguno mienta que con su mano derecha apartaba algunos de sus llameantes mechones, no antes de dirigirles una salvaje mirada a sus guapos espectadores.
Avanzando hacia la siguiente al frete, esta vez distinguieron una figura con unos graciosos moños redondos a cada lado de la cabeza, de ellos guindaban dos larguísimos mechones de cabello tan negro como el ébano y tan liso con el terciopelo. Una especie de kimono negro con detalles florales en blanco y rojo, ligero y ceñido con pronunciado escote y una pierna al aire, recubría el cuerpo de la esbelta mujer. Su cabeza era coronada por centenares de adornos brillantes y vistosos, y su rostro cubierto por una máscara lisa y blanca, dibujada en ella a finos trazos los rasgos de lo que parecía un gato fantasma. Al retirarla de su rostro revelo unos rasgados y profundos ojos negros, una nariz pequeña y unos finos labios pintados en carmín, todo enmarcado en una carita redonda de piel amarillenta.
–Loto floreció en las cristalinas aguas de un riachuelo en el lejano oriente, llego hasta aquí para desvelar los secretos de seducción que guardaban con recelo las geishas desde antiguas generaciones, y poner en práctica de nuestras manos eficaces.
Algo habían escuchado acerca de las geishas, en su mayoría mitos, la verdad. En sus misiones a Japón habían tenido muy poco tiempo de divertirse, y con follarse a unas cuantas japonesas ataviadas en kimonos atados con el obi hacia delante, se dieron por satisfechos.
Era curioso descubrir como cada nación tenía sus propias putas, todas entrenadas bajo diversos métodos y amaestradas para complacer de diferentes maneras a los hombres. No iban a negra que siempre preferirían a las hetairas por encima de cualquier otro servicio, no había nada como casa, pero lo que allí en frente tenían no estaba nada mal.
El sonido de la máscara caer al suelo los despertó de sus divagaciones para disfrutar la exhibición de la siguiente candidata al frente.
De figura tan atrapante como las anteriores, pero quizá más estrecha de caderas y reducida de busto, estaba un dulce joven de bucles rubios platinados, ataviada en un corsé que dejaba a la vista sus senos, apenas y recubiertos por una trasparente tela de encaje negro que le rodeaba los hombros. Su vestimenta, liguera y atrevida, estaba totalmente ataviada de plumas, desde la máscara entera de arlequín que portaba, hasta su exuberante tocado. Con una inquieta mano enrulaba uno de los bucles que estorbaban frente a su masacra mientras que la otra se deslizaba sugerentemente desde su muslo hasta su cadera, donde se posó en puño cerrada mientras reposada su peso sobre una pierna.
–Minea, una verdadera joya, llego directamente de Versalles, el corazón de Francia, conocedora del trato de la realeza, pone sus manos a disposición de brindarles un servicio de reyes –la chica procedió a retirarse la masacrara, una sonrisa pícara los saludo desde el rostro porcelanado de aquella preciosa muñeca francesa, unos impresionantes ojos color cielo y unas pobladas pestañas claras junto con unas cejas muy finas, y aquella nariz respingada, le brindaba un aire aniñado a su rostro juguetón, pero sin que disminuyera su porte elegante.
El sonido de la careta estrellándose contra el suelo, fue el anunciante de la siguiente al frente posicionada. Era una trigueña dueña de una ondulante melena color castaño y ataviada en ceñido sari. La máscara que portaba solo cubría sus ojos, mientras que el resto de su rostro era cubierto por un velo semitransparente del que colgaban pequeñas monedas doradas.
–Freesia es proviene de las exóticas tierras del medio oriente, donde a las mujeres, no menos que nada, cubiertas siempre bajo la sombra de un velo, se les instruye para servir en solo una cosa de utilidad, y puede que la única razón que las mantenga con vida… la saciedad de los hombres. –tras el velo tintineante se encontraba una hermosa sonrisa de gruesos labios que, luego de retirarse el antifaz, completó el conjunto con unos ojos dorados tan relucientes como el ámbar. Aquellas hermosas esferas eran protegidas por gruesas pestañas y a su vez cobijadas por pobladas cejas que endurecían sus marcados rasgos. Juntando ambas manos frente a su rostro, cerro sus ojos y ofreció una respetuosa inclinación en dirección hacia sus invitados. La misma que realizó al verlos llegar. La reconocieron por el curioso puntito en la frente que poseía, tan similar al de Asmita.
Tras la reverencia soltó la máscara y la que se mantenía a su lado, sin vacilación, dio un paso al frente. Era una corpulenta rubia de larga cabellera, tan larga y lisa como la tela de su vestido. Era quizá a la que menos accesorios adornase, pero sí de las que más llamaba la atención debido a su robustez; hombros, caderas y pechos. Jurarían que los muslos tras las faldas negras no serían causantes de decepción alguna. Incluso el paso que dio al frente resonó con más fuerza que los demás. La máscara que cubría su rostro era la representación de un zorro azul adornado por una brillante pedrería de colores opacos.
–Hortensia, mi fuerte vikinga, es de mis flores más resistentes. Su sangre de descendencia guerrea le permite subsistir sobre cualquier terrero, que su tamaño no les engañe, su flexibilidad es incomparable y su aguante no conoce límites, es algo ruda, si, pero como los licores fuertes, solo la disfruta quien resiste su ardor. –retirando la máscara con brusquedad, se reveló un rostro como la nieve: blanco y frio. Su semblante era imperturbable y sus cejas, gruesas y rubias como su cabello, competían en rectitud con su boca, dos carnosos y muy bien esculpidos trozos de carne. Su mandíbula cuadrangular acentuaba aún más su belleza perpetua, semejante a la de una escultura de mármol, fría y distante. Pero en sus ojos grises se hallaba la promesa de delirio como recompensa a quien lograra hacerla entrar en calor.
Sin perturbar su expresión ni apartar la fría mirada de sus espectadores, abrió su mano y dejo que cayese la careta que sostenía, fue entonces que el sonido retumbante del choque contra el suelo hizo que la chica a su lado se posicionara al frente de un salto.
De pie, con el peso de su cuerpo apoyado en una pierna y ambas manos tras la espalda, mientras encogía los hombros y los sacudía de lado a lado, se encontraba una menuda jovenzuela de adorable cabellera rosa claro. De contextura pequeña, en comparación al resto, lucia como una tabla, pero una encantadora. No paraba de mover los pies inquieta, parecía impaciente de ser la última del pelotón por ser presentada.
–Tulipa, como la hierba, solo necesita de la simpleza para crecer y convertirse en algo hermoso e inmenso. Aunque algunas veces resulte extenuante su parloteo incesante, les aseguro que para hablar no es lo único que sabe usar la boca. Es inquieta e inagotable y, sobre todo, sumamente perspicaz. Es la más melosa de todas así que espero y no les disgusten los mimos. –tras su careta de payaso se reveló una sonrisa que de tímida no tenía nada. Sus rasgos aniñados combinaban con su cuerpo, pero su expresión, de lejos, insinuaba miles de intenciones. Era una chica de semblante vivaz y mirada picara. Sus ojos color violeta reflejaban un brillo de curiosidad que su sonrisa reforzaba. Su nariz, pequeña y respingada, se arrugaba graciosamente mientras inspeccionaba a sus invitados entre divertida y expectante.
Al igual que las demás dejo caer su careta al suelo, pero a diferencia del resto, miro hacia todas direcciones, impaciente por lo que sucedería luego.
–Ellas son las más preciadas flores de mi jardín, las joyas de la casa, el brillo que hace relucir este lugar y ahora… están todas a su disposición. Puede elegir cuál de ellas prefieren.
Era un sueño el verse en tal privilegiada posición, pero la indecisión de encoger solo una ganadora entre tanta magnificencia, martillaba insistentemente en sus cabezas. Ambos abandonaron sus cómodas posiciones, dejando atrás el nido de las serviciales señoritas que los mimaban para acercarse a los platos fuertes, los luceros que brillaban opacando a las demás.
Decidieron inspeccionarlas más detalladamente, dando vueltas entre ellas, examinando más de cerca sus rostros y las facciones que se hallaban grabados en ellos, tomarían la difícil decían. Acercándose hasta la encantadora rubia parisina de pícara mirada, la primera en captar su atención, el escorpión sujeto su rostro para evaluarlo de lado a lado, a lo que la muchacha no dejo sonreírle.
–¿Solo podemos elegir una? –pregunto a Floraida, sin despegar sus ojos de la bella rubia.
–La limitación no es parte de nuestros principios, siéntanse libres de escoger a su gusto.
–Esto será perfecto –exclamó con alegría el canceriano que ya se había hecho en brazos a dos de las bellas flores, a su derecha la morena Dhalia y a su izquierda la pelirroja llamada Camelia.
–No se hable más estoces, –Kardia estaba seguro de que, a partir de esa noche, más de dos tenían espacio en una cama.
Espero que alguien disfrute del capítulo y no lo encuentre espantosamente largo.
Saludos!
*~Alhaja~*
