«De las lágrimas al beso hay un escalofrío».

Love is great, love is fine (oh oh oh oh oh)

Out the box, outta line (oh oh oh oh oh)

The affliction of the feeling leaves me wanting more (Oh oh oh oh oh)

Sasuke llevaba una hora despierto cuando empezó a sonar la canción despertador del torneo. No había dormido nada durante toda la noche.

Saku y él no hablaron después de su encuentro en la cala; y ella había hecho de todo para esquivarle. Cuando llegaron, se metió en la ducha para quitarse el agua del mar; se secó y se fue a dormir con el pelo húmedo.

—Sécate el pelo antes de acostarte o te resfriarás —le había aconsejado él.

—Vuelve a dirigirme la palabra, o a darme una orden y te meteré la lengua por el culo.

Incorregible. Era incorregible. ¿Cómo podía hablarle así después de lo que le había hecho en la cala? Fácil: porque Saku no le temía. Y Sasuke se sentía feliz y eufórico por ello.

Había relaciones de amos y sumisas que extralimitaban la espontaneidad y la libertad de la sumisa, que se autoprohibía muchas cosas para no desagradar al amo y no hacerlo enfadar.

Saku no era de esas, porque Sasuke tampoco era de esos amos. Le gustaban las órdenes y la dominación en la cama. Fuera de ella era un amigo, un compañero, alguien en quien poder apoyarse y con quien poder bromear. O, al menos, eso pretendía. Pero en la alcoba, era el rey y el soberano, y Saku su esclava.

La frustración de no correrse era difícil de sobrellevar; pero sabía que a su joven compañera le pesaba más el haber sido censurada en sus actos que el que él la hubiera dejado con el tremendo calentón. Pero no podía estar tan pendiente de ella. Debía seguir con la misión.

Como a quien madruga Dios le ayuda, Sasuke había aprovechado el tiempo.

Salió del hotel y acordó en encontrarse con Shino en la playa del resort.

Previamente, lo había llamado desde el baño y había pedido que revisara todos los teléfonos que tenía Guren en el móvil.

A Sasuke le había sorprendido muchísimo que Mistress Pain tuviera llamadas ocultas tan recientes . Esperaba que la estación base pudiera indagar las llamadas y averiguar de dónde venían. Además, se repetían dos números de móvil; y Shino podría rastrearlos también.

Pero, sobre todo, quería encontrar al supuesto topo que había inventado aquel montaje sobre Saku e Itachi. ¿Qué habían pretendido con ello? ¿Y por qué?

Se fue a dar un chapuzón y dejó el teléfono de Guren sobre su toalla junto con un pequeño botecito, donde había orinado la noche anterior, para que Shino, que se hacía pasar como reponedor de hamacas, los recogiera, lo abriera y lo analizara.

Había amanecido muy nublado, y el tiempo amenazaba con una de esas tormentas tropicales que, a veces, caía sobre las Islas Vírgenes. Sasuke lo agradeció, porque el sol de los útlimos días había sido aplastante.

Al cabo de media hora, cuando regresó de su sesión de natación marina, tenía de nuevo el teléfono de Guren sobre la toalla.

Después de eso, regresó a la villa resort y dejó el Samsung de Mistress Pain en recepción. Seguro que Guren se daría cuenta esa misma mañana de que no lo tenía en el bolso; y lo primero que haría sería preguntar en recepción por si lo habían encontrado.

A continuación, Sasuke encargó el desayuno para que lo subieran a la habitación. Ya lo habían traído; y él lo había preparado todo para que almorzaran juntos en la amplia terraza privada de la que disponían en su suite.

Admiró el dulce rostro de Saku mientras dormía. Aquella mujer era, en realidad, una mezcla entre bruja y hada. Su pelo rosa reposaba como un manto de seda sobre la almohada, y sus labios, rosados y esponjosos, hacían dulces movimientos inconscientes. Se había dormido con otra almohada entre las piernas, abrazándola, para recibir un poco de la calidez que él le había arrebatado hacía unas horas.

Ella tampoco había podido dormir demasiado. La había escuchado gemir y frotarse contra el colchón. Y sudaba... Sudaba como si aquella suite fuera el mismísimo infierno.

—¿Necesitas agua, Saku? —le había preguntado solícito, retirándole el pelo húmedo del rostro.

—Necesito que me dejes en paz —le había contestado ella.

Como amo, no tenía problemas en lidiar con su mal humor. Un amo tiene que castigar cuando la sumisa no se porta bien y lo desafía. Sin embargo, no llevaba bien lo de castigar a Saku, porque él siempre quería llegar al final con ella; le encantaba hacerle el amor y que ambos culminaran. Y, esa noche, ninguno de los dos había llegado. A él también le dolían los testículos.

Aun así, que Saku no lo tuviera presente le había encolerizado mucho; porque no comprendía cómo él podía pensar en ella tanto y, en cambio, ella lo hacía tan poco en él.

Repasó las imágenes vía satélite que emitía el HTC, provenientes de las señales de las pequeñas cámaras que había colocado el equipo base por todas las Islas Vírgenes. Como se emitía todo a tiempo real, podía observar qué embarcaciones entraban y salían de los puertos... Por ahora, no había movimientos extraños de ningún tipo. Llegaban cruceros, y yates privados y,por supuesto los ferris de las islas. Pero los chicos ya vigilaban a todo el que desembarcaba y, por el momento, no se disparaba ninguna alarma.

Por el rabillo del ojo vio que Saku se incorporaba en la cama, lo miraba y, sin darle los buenos días se iba directa al baño.

Sasuke sonrió con la vista fija en el teléfono y esperó a que saliera para hablar con ella.

Seguía enfadada y disgustada. Frustrada.

No sabía lo que le había hecho Sasuke pero todavía sentía las manos a través de su cuerpo; y a él... A él, en su interior. Continuaba ahí, moviéndose sin clemencia, marcándola como un hierro cadente.

Aquel ron llevaba algo... La bebida debía tener algún tipo de estupefaciente o droga afrodisíaca, porque la hipersensibilidad de su piel no era normal.

Se lavó los dientes, se peinó y se puso por primera vez el corsé de mariposa monarca que había comprado Sasuke en la boutique de Nueva Orleans. Para combinar la liviana y fresca prenda, se puso unos shorts negros y aquellas botas que mantenían sus pies destapados y frescos todo el día, aunque cubrieran sus tobillos y parte de sus gemelos.

Un poco de rímel por ahí, crema para el sol que no hacía por allá, brillo de labios, sombra de ojos, kohl y... voilà. Saku Haruno se había convertido de nuevo en Lady Nala, dispuesta a plantar frente al mundo de los domines y los sumisos y al amo más sin vergüenza y cruel de todos.

Salió del baño y tomó la mochila que el día anterior habían abierto los malditos Monos voladores. Esta vez, la cerró bien, con las cartas que habían conseguido en la última jornada, y buscó las dos llaves que ya tenían.

Una más y tendrían la final asegurada.

—Si buscas las llaves las tengo yo —anunció Sasuke desde la terraza—. Ven aquí, Lady Nala, y toma el desayuno conmigo.

Él retuvo el aire en los pulmones al verla con uno de los corsés que le había comprado en House of Lounge. Era tan hermosa y elegante como una mariposa de verdad. Los hombres iban a enloquecer al verla, tal y como él caía a sus pies, absolutamente sometido por su belleza.

Saku le miró con frialdad y se dirigió a la terraza sin prestar mucho interés al copioso desayuno que había pedido Sasuke.

—¿Por qué desayunamos aquí?

Sasuke carraspeó para poder hablar de nuevo.

—Porque ayer utilizamos la carta del Amo del Calabozo y nos dio una pista sobre dónde estaba la caja sin pasar por pruebas ni nada por el estilo. No nos hace falta bajar para escuchar al enano de pelo blanco y ojos azules.

—¿Y ya sabes dónde está?

—Sí, creo que sí. Saldremos de aquí en unos veinte minutos, que es cuando el amo aparece en la pantalla y da las instrucciones de la jornada.

—De acuerdo, señor.

—Siéntate conmigo y come algo. He pedido de todo; el bufé completo... Mira —destapó una pequeña cazuela con crêpes calientes. Señaló el pan con tortilla, las frutas tropicales y los botes de mermelada—. Tiene todo una pinta excelente.

—No tengo hambre —era la verdad. No tenía hambre. Seguía sintiéndose extraña, demasiado estimulada y de malhumor—. Solo tengo sed.

Sasuke tapó la cazuela de nuevo y se levantó del sillón de mimbre, preocupado por ella. Tomó su rostro para estudiarlo con atención.

—¿Cuánto ron bebiste ayer? —preguntó observando sus pupilas.

—Una botella y media de cajún Spice—contestó relamiéndose los labios.

—Creo que pusieron algo en las bebidas; una especie de popper líquido—aseguró él.

—Me lo imaginaba...

—Yo no bebí tanto como tú. —Un músculo palpitó en su barbilla y el arrepentimiento se hizo visible en él. Ella, con afrodisíaco la noche anterior; y él, sin cubrir sus necesidades. Menudo castigo había sufrido la pobre—.¿Cómo te encuentras ahora?

—¿Tú qué crees? Me siento rara... —Se frotó los brazos, alejándose de él y sentándose en la mesa—. No he dormido nada bien. Me moría de calor.

—Debí imaginarme que era por la sustancia... —se lamentó pasándose la mano por la barbilla.

—Sí, seguro que es solo por eso —murmuró en voz baja. «No por todo lo que me hiciste en la cala para luego dejarme sin nada, ¿verdad?».

Sasuke se sentó a su lado y, sin pedirle permiso, la tomó de la cintura y la colocó sobre sus piernas. Saku ni siquiera iba a protestar. ¿Para qué hacerlo? No podía con Sasuke.

—Voy a desajustarte el corsé. Tienes que comer un poco y beber mucha agua —le explicó quitándole los corchetes superiores—, para que te pase el efecto. No... No pensé que habías bebido tanto... —Sasuke rozó sus brazos, y masajeó su nuca y su cuello haciéndole presión, acariciándola—. ¿Por qué no me dijiste que te encontrabas tan mal?

—No me toques, señor —se levantó de su regazo y se sentó en la silla contraria. Se llenó el vaso vacío de zumo de naranja natural y cogió un cruasán para untárselo con mantequilla y mermelada. ¿Para qué iba él ahora a prestarle atención? Después del escarmiento nocturno, no le apetecía mimos de ningún tipo. La confundía; y si realmente la había castigado, debería mantener el castigo y no cambiar de parecer al día siguiente—. ¿Por qué no te dije que me encontraba así? Porque me castigaste por portarme mal —contestó sarcástica—, ¿y de qué iba a servir decirte que necesitaba que me tocaras? Te lo había suplicado en la cala, y lo hiciste; pero no como yo quería así que, para no aguantar otra vez el mismo tormento, decidí callarme y sufrir en silencio.

—Pero es que esto no es una jodida hemorroide para sufrirlo en silencio—contestó exasperado—. Tienes droga en la sangre —le acusó con dureza.

—Ya no importa. No quiero hablar más.

—Estás enfadada conmigo —certificó Sasuke—. ¿Comprendes por qué estás así?

—Sí. Mi cabreo se llama gatillazo. —Mordió el cruasán, sin mirarlo ni una vez a los ojos.

—Bueno, yo no lo llamaría así, exactamente. ¿Y comprendes por qué me hiciste enfadar? ¿Entiendes por qué te castigué?

Saku se estaba acongojando y no lo entendía. ¿Por qué le sucedía eso? Quería hacerse la fuerte y la indiferente; y estaba consiguiendo justo lo contrario. Mierda, tenía los ojos llenos de lágrimas, y empezaban a caerle por las mejillas.

—No... Nena... —Sasuke se arrodilló en el suelo, entre sus piernas, pero Saku no permitió que él las tocara, y las recogió sobre el sillón. Un amo adoraba las lágrimas de su sumisa cuando se deslizaban en las prácticas y en los castigos, sobre todo, después de alcanzar los orgasmos múltiples.

Pero no en ese momento. Saku lloraba porque se sentía mal y quebrada; y, aunque la droga tenía mucho que ver en su estado emocional, él también era responsable de ello—. Háblame... por favor. —Después de un castigo, las sumisas y sumisos podían caer en una especie de estado emocional opaco y depresivo. Eran muchas sensaciones las que se vivían durante una sesión pero, después, con el paso de las horas, se recuperaban. Ella vivió una sesión de las grandes la noche anterior, sin necesidad de pinzas, ni de latigazos, ni tampoco de electroshooks. Sólo él, en su interior, alargando la agonía y tocándola por todos lados. La peor tortura no era la que incluía el dolor-placer, la peor tortura era la que te obligaba a sentir tanto placer que te producía dolor.

Saku retiró el rostro lloroso y observó el increíble y romántico paisaje que ofrecía aquella terraza. No podía hablar con él, ni siquiera podía mirarlo. La irritación y la impotencia pugnaban en su interior como dos púgiles. ¿Cómo hacer callar a su cuerpo? ¿Cómo ignorarlo cuando se sentía tan vivo? Fácil: dividiéndose y llorando como estaba haciendo en ese momento.

¿Cómo pedirle a Sasuke que dejara de estar enfadado con ella y, a la vez, tener ganas de discutirse con él y de gritarle? ¿Cómo exigirle que reconociera su trabajo y la alabara, en vez de recriminarla por su inconsciencia?

¿Cómo pedirle que la quisiera y la amara, sin quedar en evidencia por ello, cuando veía que el amor que Sasuke podía sentir por ella no tenía nada que ver con el que ella sentía por él? ¿No se daba cuenta de que le estaba girando la cabeza del revés?

Sí. Estaba de acuerdo. Era muy inconsciente e impredecible; pero sus acciones reportaban resultados. Resultados que, hasta ahora, ni Naruto ni Sasuke habían logrado.

—No tengo nada que decirte —aseguró Saku—. Ya sé que, haga lo que haga, todo lo verás mal. Si no pasa antes por tu filtro, entonces, no vale. Así funcionas. Ayer me zurraste y me hiciste todo eso solo porque no te avisé a ti antes que a los demás.

—No es cierto. ¡No es por eso, joder! Eres muy injusta conmigo. Tú eres la última persona que debería acusarme de ese modo porque, precisamente, haces y deshaces a tu antojo; y yo no soy ni la mitad de duro que debería de ser con alguien como tú.

—Sí —murmuró sorbiendo el zumo y haciendo pucheros—, pero luego bien que me das mi merecido, ¿verdad, señor?

Sasuke la arrinconó, colocando una mano a cada brazo del sillón. La miró fijamente, exigiendo que ella le prestara atención.

—Mírame, maldita sea —rugió ofendido, con la vena de la frente hinchada

—. ¡Mírame!

Saku giró el rostro hacia él, como si su voz le aburriera.

—¿Sabes los esfuerzos que estoy haciendo por controlarme contigo? ¿Lo sabes?

—Yo no te he pedido que te controles, señor.

—¿Crees que no sé cómo te sientes?

—No —negó ella en rotundo—. No sabes cómo me siento.

—Sí, sí que lo sé. Porque yo estoy igual de frustrado que tú. ¿Crees que no deseo desnudarte y hacerte el amor? ¿Acaso piensas que me sentí satisfecho en la cala? Te castigué, sí. Y me castigué a mí cuando no debería hacerlo. Pero quería compartir el dolor contigo. ¡Debería poder castigarte sin problemas y que no me importara si lloras o no; porque, ¡si eres mi sumisa, debo disciplinarte y hacerte ver lo que haces mal! ¡Y en cambio, me importa! ¡Me importa todo de ti, maldita sea! ¡¿Qué crees que quiere decir eso?!

—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Ya no sé cómo actuar contigo.

—No... —susurró asustado—. No quiero que actúes. Quiero que seas como eres; pero solo te pido que colabores conmigo. Que tengas en cuenta que no soy solo tu amo. Soy... Yo soy más de lo que crees, y más de lo que te demuestro —reafirmó—. Y tú eres para mí mucho más de lo que te imaginas. Maldita sea —sacudió la cabeza. No podía destaparse en medio del caso, no podía expresar la grandeza de sus sentimientos por ella—, yo...

—¿Tú, qué? ¿Qué me imagino, Sasuke? —esta vez sí lo miró a los ojos, esperando una contestación honesta—. ¿Qué soy para ti? No tengo ni idea, no me imagino nada. No sé si soy una amiga, solo una compañera o una sumisa... Dices que sientes cosas y me confundes. Pero eso no es gran cosa, porque yo también siento cosas por mis padres, mis amigos, mi hermana y mi camaleón.

—Nunca te he mentido. Jamás le he dicho a nadie cosas como las que te he dicho a ti. Si digo que siento cosas, las siento de verdad.

—Claro, hasta que luego te despiertas al día siguiente y dices que no teacuerdas. —Hacía referencia a la noche de borrachera en Nueva Orleans.

Sasuke endureció la mandíbula.

—¿Quieres empujarme de verdad? ¿Me presionas? Hazlo, y verás que el auténtico Dragón de la Mazmorra soy yo. Tú... —Intentó hablarle con dulzura y comprensión—. Eres demasiado especial —sus ojos penetraron en los de ella y se quedaron ahí clavados—. Demasiado especial para mí.

Odiaba las adivinanzas. ¿Por qué Sasuke no admitía la verdad? ¿Por qué no reconocía que la quería pero no lo suficiente como para entregarle ese corazón de amo? Le costaba demasiado abrirse; y eso solo quería decir una cosa: que no sentía suficiente como para hacerlo, ¿no?

—¿Qué tipo de persona especial soy para ti? —preguntó insegura e intrigada.

—Demasiado especial para que otro amo se te lleve delante de mis narices porque tú decidas que así debe de ser e ignorar mis órdenes. Demasiado especial como para estar todo un día al borde de un ataque de nervios porque no sé si estarás pasándolo mal o si te están haciendo algo que tú no quieres que te hagan; y, definitivamente, eres más especial de lo que yo esperaba. Mucho más. Pero este no es un buen momento... para nosotros. No lo es para mí. No puedo con esto —repuso nervioso—; no puedo concentrarme contigo.

—¿Cómo? —Saku se tomó las piernas con los brazos y apoyó la barbilla en sus rodillas, intentando protegerse de lo que Sasuke quería decirle y no le decía—. ¿Que no es un buen momento? ¿Un buen momento para qué? — preguntó perdida—. Yo no he venido para ser una distracción. He venido por lo mismo que tú, King.

—Has venido para atormentarme, bruja. —Hundió las manos en su melena y acercó el rostro al de ella.

Ambos sabían que no podían hablar con total libertad en las instalaciones del hotel; y, a no ser que encontraran un lugar retirado y recóndito como el de la cala, no podrían seguir con aquella conversación sin desvelar más de la cuenta.

—Haz el favor de portarte bien, Nala. Y deja de hacerme sufrir.

Saku parpadeó, aturdida. No quería hacerle sufrir. Solo quería ayudarle, y quería demostrarle tanto a él como a sí misma que, además de una sumisa y de una compañera de juegos, era también una agente de verdadera vocación. Una policía enamorada hasta el tuétano del agente al cargo de Amos y Mazmorras.

—¿Qué... Qué quieres de mí, Sasuke? —preguntó en voz muy baja y cansada, alzando la mano temblorosa hasta los labios de él. No quería seguir haciéndose ilusiones pensando que Sasuke podía tener sentimientos por ella. El comportamiento de él, a veces, la desequilibraba y la hacía pensar que podía ser posible... Pero necesitaba estar segura.

«Todo. Lo quiero todo, Saku. Te quiero a ti por completo, entregada y confiada a mí».

—Necesito espacio y, ante todo, que confíes en mí. No puedo decirte más, Lady Nala. Ahora no.

—¿Ahora no? —asombrada y confusa pasó los dedos por su barbilla—. ¿Es que hay un momento justo y adecuado para decir las cosas importantes? —Se desilusionó de golpe—. ¿Hay un momento para ser honesto y sincero?

—Lo hay, créeme. Pero tiene que ser fuera de aquí. Cuando todo este juego acabe. Entonces sabrás la verdad; mientras tanto, por favor —suplicó—, permanece a mi lado y no me desobedezcas más.

Saku miró a Sasuke de frente y dejó caer la mano hasta apoyarla en las piernas.