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II
La lluvia no había amainado, al contrario, parecía cada vez más fuerte o eso le pareció al griego, que miraba hacia el cielo con los ojos entrecerrados, tenía mucho frío y le costaba moverse. Sentía también algo de desconfianza. No se consideraba cobarde pero seguir a un desconocido hasta su casa, sin saber siquiera dónde estaba y que además lo había amenazado de tirarlo de un tren hacía media hora… albergaba algunas dudas ahora que la agitación inicial se había desvanecido.
Le hubiera gustado cubrirse con el maletín del golpe de la lluvia, pero tampoco quería quedar como un quejoso ante el extraño, Ángelo, que caminaba completamente erguido, como si el aguacero torrencial no le molestara en lo más mínimo. No podía ser menos.
Estaban atravesando un barrio bajo, de casas pobres, grandes charcos y mucha basura tapando las alcantarillas. Algunas chispas saltaban de vez en cuando desde los transformadores de luz y Aioria tenía que hacer esfuerzos cada vez para no encogerse como un crío. No sabía en dónde estaba metido.
–Rápido, ya casi llegamos.
Después de un par de calles más se metieron a un edificio alto de apartamentos, por fuera la pintura estaba algo cuarteada y llena de dibujos de grafiti, pero por dentro el lugar era agradable y tibio; se relajó un poco.
Subieron las escaleras mientras se exprimían los cabellos con los dedos. Él iba primero, sintiéndose intimidado por la constante mirada que le dirigía su acompañante. Cuando llegaron al descanso del segundo piso y se detuvieron para buscar las llaves, tuvo la leve impresión de que el rostro de su acompañante se alargaba simulando el de un lobo. Se retorció las manos, pero no dijo nada, la sensación de los vellos de su cuerpo erizándose le resultó demasiado desagradable. Finalmente el moreno abrió la puerta invitándolo a pasar, dudó, pero el frío lo animó a entrar.
El lugar era pequeño, y daba un aire de vacío; una estancia que a su vez servía de comedor contaba con un sofá de dos piezas frente a un televisor anticuado y al lado había una mesa redonda y pequeña con una sola silla.
– ¿Quieres un trago?
¿Realmente? Ya era entrada la tarde, pero le parecía demasiado temprano para comenzar a beber.
–Preferiría algo caliente.
–A menos que sea cerveza caliente, no tengo nada que ofrecerte. Bueno… creo que tengo café por aquí, pero no sé si podré encontrarlo.
Suspiró, el alcohol le daría calor. Siguió a su anfitrión hasta la cocina, se sorprendió de ver lo atestada que estaba, ni siquiera parecía una cocina: las repisas de la despensa estaban llenas de botes de pintura y lo que él creyó eran rocas amorfas de distintos colores y tamaños. Cuando el otro se inclinó ante el bajo refrigerador echó una mirada dentro: había poca comida y mucho alcohol.
–Una cerveza está bien.
Ángelo le dio una y a continuación se quitó la camiseta. Al otro se le fueron los ojos y su nerviosismo volvió, pero el moreno ni se percató, salió de la cocina y desapareció tras otra puerta, dejándolo hipnotizado hasta que una toalla sobre su cabeza lo hizo reaccionar.
–Sécate rápido, estás enlodando el suelo.
Aioria se quitó rápido la corbata, el saco, la camisa y la camiseta sintiéndose más cómodo sin la tela mojada sobre su cuerpo. Volvió a fijar la vista en su compañero. Ahora llevaba los pies descalzos, se había cambiado la mezclilla de antes y portaba un pantalón muy ligero y abultado, que se cerraba con elásticos por encima de los tobillos; se les quedó mirando, eran muy delgados. El otro percató su mirada y se le fue acercando, casi hasta tocar sus narices, él no se dio cuenta porque sólo miraba sus pies.
–Entonces eres gay, ¿eh?
Retrocedió instintivamente, abrazando la toalla, hasta chocar con la tarja y el otro se acercó hasta que sus alientos se mezclaron.
–Eh… sí, más o menos.
El moreno puso una cara seria, estudiándolo.
– ¿Cómo que más o menos?
El más joven se estaba poniendo incómodo de tener esa mirada penetrante sobre sí.
–Las mujeres también me gustan.
El otro alzó las cejas, en una expresión juguetona.
– ¡Entonces más bien eres promiscuo!
Levantó su cerveza a modo de brindis. Aioria se sintió molesto además de ligeramente atacado y no respondió el gesto.
– ¡Claro que no! Es sólo que…
Pero no sabía muy bien cómo explicarse, había recibido ya muchas críticas al respecto.
– ¿Tienes novia o novio?
Preguntó Ángelo cambiando el tema y retrocediendo para darle un poco de espacio. Estaba disfrutando jugar con ese niñato. El griego negó con la cabeza, aún admirado por esos tobillos, demasiado delgados para ese cuerpo tan fornido.
–Te traeré algo de ropa.
El menor dejó la cerveza de lado, indeciso; debatiéndose entre el nerviosismo y el deseo.
–En realidad, creo que debería irme.
Un trueno surcó los cielos, y se quedaron a obscuras. Afuera, la lluvia seguía.
–Sería una tontería, ¿qué vas a hacer?, ¿volverás al tren?
Aioria se estremeció con los cambios de luces e hizo una mueca vaga por la ventana. Su mueca de confusión le aclaró algo al otro:
– ¿Sabes hacia dónde está?
El tono reprobatorio hizo que Aioria se sintiera intimidado, el sujeto era un poco mayor, pero le hablaba como si él fuera un niño.
–No, no conozco esta zona de la ciudad.
Ángelo comenzó a reír.
–Que chico aventurero… Estás en casa de alguien que no conoces, en un lugar que no sabes dónde está y nadie sabe que estás aquí, medio desnudo.
A cada palabra se le fue acercando hasta que sus alientos se mezclaron. Aioria tenía una expresión de espanto; cuando el otro dejó de hablar dio un paso atrás y estalló en carcajadas. El rubio lo miró primero con susto y luego con bronca.
– ¡Idiota! ¡Esa no es forma de jugar con la gente!
–Ya chico, cálmate. Anda ven a cambiarte.
Entraron en la recámara y aún a obscuras, Ángelo sacó de su armario un pantalón suelto y una playera.
–Esto servirá.
Le dio la ropa sin más palabras y salió de la habitación. Aioria se cambió rápido temiendo que el otro lo viera. Pero el anfitrión tocó antes de pasar, acompañado por el resto de la caja de cervezas; le habían divertido las reacciones del otro, pero también le habían dejado en claro que no podía ir demasiado aprisa. El menor apenas había probado la que tenía entre las manos, pero el otro había vaciado la suya en dos tragos.
–Tomas demasiado.
–Y tú muy poco.
Se sentaron en la cama y se dedicaron a tomar; Aioria se fue sintiendo más tranquilo, estaba caliente y cómodo, sentado en la agradable cama de aquel sujeto, y aunque la bebida estaba fría su sabor amargo le gustaba. Se quedaron ahí recostados, mirando la lluvia por un rato bastante largo. Era difícil hablar con el ruido del aguacero.
–Eres guapo.
Comentó el mayor con voz baja pero aún así Aioria adivinó el movimiento de sus labios y respondió a viva voz, mostrando sus dientes blancos en una sonrisa.
–Ya lo sé.
– ¿Has tenido hombres antes?
–Algunos…
Ángelo puso cara de resignación, que Aioria medio adivinó en la penumbra.
–Y yo que te traje aquí porque pensé que andabas de estreno.
Le lanzó una almohada a la cabeza.
–No seas tonto, ni que fuera un niño.
Le regresaron el golpe amistoso, pero cuando se quitó la almohada de la cara, Ángelo estaba prácticamente sobre él. Su aliento con ese toque a alcohol que conocía bien.
–Puede que yo aún esté de estreno.
–No sueñes.
–No dije que contigo.
Aioria sintió su corazón palpitar con demasiada fuerza. La idea de involucrarse con un extraño le resultaba confusa. Nunca le había pasado algo así, tan rápido e inesperado. Una parte de él quería huir, la otra daba gracias al cielo.
–Te ves nervioso – continuó el moreno.
–Tengo frío –se excusó Aioria, para no delatar la sensación de deseo que sentía en la boca del estómago.
– ¿Quieres que te abrace? – preguntó con su voz más seductora.
–No gracias, no hace falta –tan frenético estaba que comenzó a reír –. Pero podrías hacernos un café. Seguro que lo encuentras.
Ángelo estaba disfrutando del nerviosismo del otro, hacía apuestas consigo mismo sobre si lograría seducirlo o por el contrario sería rechazado y perdería la oportunidad.
–Te lo vendo.
Aioria sigo sonriendo, sin prestar atención en que sus cuerpos estaban acercándose cada vez más.
– ¿Con qué se supone que pague?
–Una cita suena bien – hubiera preferido decir algo más soez pero supuso que el otro no se lo tomaría bien.
– ¿En una cafetería?
Sentían un ligero calor expandiéndose por todo su cuerpo, su corazón al límite, sus labios palpitando, esperando un beso.
–No. Una cita de verdad, un bar… uno swinger si quieres.
– ¡No sueñes!
Ambos rieron de nuevo, dejándoles una sensación de camaradería que le dio a Aioria la confianza para acariciarle los hombros a su nuevo amigo.
–Bien, una cita normal.
–Salgo ganando…
–No creas, te dejaré ser el caballero y que pagues la cuenta.
Aiora sonrió, sentándose de improviso sobre la cama, abiertamente emocionado.
–Sí, ¡vamos!, pero sabes…. hoy iba a buscar empleo y…
Se rascó la nuca en una falsa expresión de timidez que resultó un tanto infantil. Lo alagaba que el otro muchacho quisiera salir con él. No sólo no lo estaba presionando, además le dejaba la puerta abierta a que su encuentro fuera más allá de aquella noche.
–Entonces el caballero seré yo. En la cita… y en lo que siga – dijo el italiano.
Aioria tuvo una sensación extraña al oírlo susurrarle esas palabras. Vio al mayor levantarse de la cama y salir de la remara rumbo a la cocina. Escuchó los ruidos del agua y el microondas. "Lo que siga", se puso rápido de pie.
Ángelo entró en la recamara un par de minutos después, con las tazas llenas al máximo de café instantáneo. El cuarto estaba vacío... había perdido su propia apuesta. Respiró tratando de controlarse pero al cabo de un instante maldijo y tiró las tazas contra la pared, haciéndolas pedazos, el agua hirviendo saltó, salpicándole el rostro y soltó otra maldición.
Entonces vio a Aioria, saliendo del baño, desnudo. Estaba sorprendido, miró el líquido humeante en el piso y sonrió.
–Tonto, ¿ahora con qué me pagarás la cita?
Ángelo lo miró con algo de fastidio, antes de olvidarse del café y acercarse más a él. Cediendo ante esos ojos muy verdes y provocadores. Sus expectativas creciendo a pasos agigantados, ya no iba a esperar más.
– ¿Tienes ganas de jugar, ahora?
–Si tú serás el caballero en la cita, yo quiero serlo esta noche.
Ángelo irguió una ceja, sorprendido. ¡Qué chico! Primero se ponía todo nervioso y tímido y en cuanto las cosas se encendían, decidía tomar el control. No tuvo tiempo de quejarse antes de que la boca de Aioria se apoderara de la suya. Se arrastraron hasta la cama, pisando con cuidado por el agua hirviente y los trozos de cerámica dispersos en el suelo.
Se quitó rápidamente el pantalón que aún tenía encima y dejó que Aioria hiciera el resto. No era precisamente lo que había planeado, pero siempre era mejor cuando todo se salía de control.
