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III

De improviso Aioria había tomado control total de la situación, lo tumbó sobre la cama con una fuerza que no se esperaba y él de un manotazo mandó las almohadas al piso, sentía su vientre arder, aunque apenas lo habían tocado.

–Cierra los ojos y no te muevas.

Le susurró el menor al oído y él obedeció, cerró los ojos y de pronto se encontró con que estaba extrañamente nervioso: desde hacía mucho tiempo no variaba de sus compañeros habituales y aunque el griego le había gustado nada más verlo, era increíble que todo hubiera resultado tan rápido y espontáneo. En la obscuridad sus sentidos se intensificaron, podía sentir la posición del cuerpo ajeno por la presión sobre la cama, y su aliento sobre su hombro derecho. Sintió sorpresivamente algo muy suave tocando el borde de su vientre y un escalofrío recorrió sus músculos hacia arriba.

Tuvo la tentación de tomar al chico por los hombros, volcarlo rápidamente sobre la cama y tomar el control; sin embargo sabía que no podía presionar demasiado, que Aioria a la menor provocación no dudaría en marcharse, se ponía nervioso con demasiada rapidez. Además habían pactado que el otro controlaría la noche, y no podía retractarse; debía controlar sus instintos.

Seguía razonando, sólo para ignorar los dedos traviesos que seguían rozando la piel de su vientre. Se había olvidado del resto de su cuerpo, pero un beso sobre su frente lo hizo volver a la realidad de que estaba con un hombre completo. El beso en su frente se sintió casi maternal y se removió incómodo, pensando febrilmente que preferiría sentir esa boca gruesa en otro lado, el pensamiento lo tentó y aunque no podía tocar al otro trató de acariciarse a sí mismo, pero un flojo manotazo frustró su cometido.

–No te apresures, déjame a mí.

Lanzó un gruñido desesperado, que le controlaran no le gustaba. Pero Aioria lo ignoró, estaba demasiado extasiado admirando su desnudez. Había estado con otros hombres antes, pero el cuerpo grande y pleno de ese desconocido le resultaba atrayente, el pecho amplio y el ombligo, demasiado grande. Fijo su vista en su mentón, fuerte y con un leve rastro de barba, se inclinó para besarlo y lo sintió rasposo contra su propio rostro.

Se separó de improvisto y soltó una risa tranquila al ver que el otro levantaba la cabeza en busca de más. Contuvo la respiración al bajar sus ojos, recorrió las largas piernas, que se abrían a los lados de sus propias caderas y tuvo el repentino impulso de dejar todo de lado y penetrarlo en ese mismo momento. Cerró los ojos, retirando la mano de su cuerpo para poder controlarse.

Aún no, había algo que deseaba hacer primero. Volvió a mirar, esta vez directamente al sexo de Ángelo, no estaba dormido, pero podía erguirse mucho más, lo encontró fascinante, tan natural y tentador que lanzó un suspiro. Las ingles del otro se marcaban profundamente con cada respiración entrecortada y su propia respiración movía apenas los rizos obscuros -tremendamente cercanos- que cubrían su cadera.

El mayor se removió incómodo; aún sin mirar, podía sentirse observado y el otro llevaba un largo tiempo sin tocarlo, había disfrutado de ese beso anterior, tan breve y tan intenso, y se había quedado con ganas de más. Apretó las manos sobre la cobija de su cama para resistir la tensión y esperó. Y entonces la sintió, una lengua demasiado tibia adentrándose en su ombligo, pero en lugar de excitarse, estuvo a punto de soltar una risa inoportuna; tan solo gruñó, para ocultar ese gesto que le disgustaba y Aioria se retiró de inmediato. Dirigió su boca entonces a las costillas, con besos muy suaves, y sin atreverse a utilizar la lengua.

Él se relajó y dejó que su cuerpo despertara lentamente ante cada roce suave y a cada hormigueo que recorría su torso; incluso soltó los dedos, relajándose, poniendo su mente en blanco aún cuando era mínima la parte de su cuerpo que era acariciada. Sufrió un sobresalto cuando una mano se posó sobre su cabello, y la sintió moverse, acariciándolo muy despacio, estiró la cabeza hacia arriba, buscando tocar con su piel lo que ya sentía acercarse.

Finalmente la mano ajena tocó su mejilla, y se deslizó sobre la línea dura de su quijada, deleitándose con el áspero vello de su rostro y haciendo que en su boca se formara -contra su voluntad- una media sonrisa. Sintió un dedo sobre sus labios y supo que era el pulgar, que suavemente recorría una de las partes más ansiosas de su cuerpo. Se dio cuenta entonces de que deseaba sentir a Aioria más en su boca que en su interior y expuso su lengua, dándole una lamida. La mano se retiró y él soltó un bufido de decepción. Pero su mueca no duró mucho, cuando su gruñido chocó contra el aliento de otra boca, esta vez no tomó el riesgo de interferir y mantuvo su lengua alejada. Disfrutó de esa caricia, insólitamente suave de labios gruesos y masculinos. Apretó suavemente el labio inferior entre los suyos y como recompensa recibió una mano sobre su muslo izquierdo, soltó un jadeo de excitación y perdió la boca que había estado disfrutando. Aun mantenía sus ojos cerrados.

Apretó de nuevo las manos, expectante; la otra mano se unió a la tarea de acariciarle los muslos, pero el contacto duró muy poco, las manos se deslizaron muy plácidamente a sus rodillas donde volvieron a bajar el ritmo. Cinco pares de uñas jugaron entonces con los vellos suaves de sus pantorrillas, acariciando sin camino toda su piel y sintió la necesidad de retraer las piernas. No lograba imaginarse en qué posición se encontraba su amante y eso le llenaba de ansiedad. Levantaron una de sus piernas y se sintió terriblemente expuesto; trató de retirarla, pero en cuanto la había llevado hacia su propio pecho recibió un beso en la planta del pie. Rió, esta vez no pudo evitarlo; pero no olvidó lanzar su gruñido posterior.

Aioria disfrutaba de verlo retorcerse, a la expectativa, con cada caricia la excitación de su compañero iba creciendo, su cuerpo se llenaba de sudor y su respiración se hacía más rápida. Se tomó un respiro para controlar su propia necesidad y continúo con lo que estaba haciendo: apoyándose un poco sobre sus rodillas, se inclinó sobre el otro y acarició el tobillo de la pierna flexionada, eso tobillo delgadísimo que tanto había llamado su atención.

Ángelo sintió entonces como las yemas de los dedos largos del otro masajeaban los huesos salientes y su boca le acariciaba los dedos hasta prensarse sobre su pulgar; volvió a excitarse de imaginar cómo sería la boca de Aioria sobre su sexo y por la sensación misma de la humedad sobre su pie. Uno a uno sus dedos gozaron de la misma atención, las cosquillas habían desaparecido y la tensión había hecho imposible que permaneciera con la pierna doblada, así que de forma algo brusca la devolvió a su posición inicial, al lado de la cadera del otro. Respiró entonces con libertad, no se había dado cuenta de que tan excitado estaba hasta que se privó del maravilloso estímulo que suponía ser besado así.

Aioria se decepcionó un poco, había supuesto que sus atenciones le estaban gustando a su compañero, pero su repentino rechazo mostraba lo contrario. Terco como era, decidió que tenía que hacer algo que le gustara, pero además, hacerlo a su manera; seguiría siendo sutil aunque le tomara toda la noche excitar a su compañero.

Viendo que acariciar sus pies no había funcionado siguió un poco más arriba y llevó sus labios a una de las rodillas flexionadas junto a su abdomen. Le dio una lamida, mientras su manos se colaban por debajo, frotando con más fuerza esta vez, para evitar la sensación de incómodo cosquilleo al que el italiano era muy susceptible

Ángelo apretó las rodillas contra el cuerpo de su amante, sintiendo un tirón sobre los tendones al sentir las manos de Aioria avanzar sobre sus muslos; se tensó un poco más, pensando en que por fin su amante se atrevería a tocarlo directamente, pero los dedos torturadores sólo rozaron la línea de su ingle y subieron al abdomen, entonces sintió la palma completa apretar los músculos de su vientre y masajearlo. Lanzó un suspiro, mitad de decepción y mitad de excitación, mientras las manos de Aioria se enfrascaban debajo de su cuerpo y lo obligaba a arquearse.

Exhaló por completo y se sintió ahogar cuando la legua tibia de su compañero recorrió la línea media de sus pectorales, y pasó por su barbilla. Se quedó sin aire un largo tiempo, completamente extasiado por la sensación de aquella tremenda humedad. Apenas comenzaba a respirar de nuevo, cuando el cuerpo grande, pesado y desnudo de su amante se dejó caer sobre él. Sintió entonces todo su cuerpo estimularse al mismo tiempo. Sus piernas se apretaron instintivamente contra las piernas de Aioria, rozando sus muslos y chocando sus tobillos contra las pantorrillas ajenas. Su pecho se extendió ante el peso del torso del otro y sus rostros se acomodaron para rozar sus mejillas; podía escuchar su aliento, muy profundo y muy lento, mostrando que luchaba por controlarse.

Pero lo mejor de todo fue su cadera. De no haber recibido estimulo alguno, de pronto se encontró bajo casi todo el peso de Aioria, y de nuevo perdió la respiración. No se había dado cuenta hasta entonces qué tanto había aumentado su excitación, sólo tomo consciencia de su propio cuerpo a través del cuerpo del otro.

Las manos en su espalda se separaron, una subiendo a su cuello, y otra bajando a sus glúteos. Ángelo se sorprendió y no de forma muy grata, al reconocer que era la mano en su nuca la que más placer le reportaba, la que más cosquillas le hacía sentir y la que más lo tensaba. Quizá era por esa forma en que Aioria enterraba la yema de los dedos entre los cabellos, buscando exhaustivamente la parte más sensible entre la cabellera y al encontrarlo, insistir sobre ellas. Mientras que la mano sobre sus glúteos se había quedado prácticamente quieta.

Algo confundido por esas sensaciones tan poco frecuentes, Ángelo llamó a su compañero:

–Date prisa.

Su voz sonó desagradable a los oídos de Aioria, sentía que a pesar de sus esfuerzos estaba fracasando. Posiblemente Ángelo estaba excitado únicamente por sus propios pensamientos más que por lo que le estaba haciendo. Nuevamente se decidió a cambiar de estrategia sin abandonar su plan inicial y se acercó a su oído:

–Voltéate.

Se lo pidió con voz ahogada. Con toda la intención de dejar relucir toda su excitación. Ángelo vibró ante ese tono de voz y en cuanto Aioria le dio algo de espacio se giró sobre sí mismo y se apoyó sobre sus manos y rodillas. Esperaba aquello a lo que estaba acostumbrado: esperaba que el grehgo soltara alguna frase vulgar o se restregara contra él de forma lasciva.

El menor lo miró acomodarse, ligeramente frustrado; si bien aquel no lo había detenido tampoco mostraba mucha disposición a sus intensiones; había esperado poder acariciarle la espalda. Después de dudar un poco volvió a acariciar sus muslos, atrayéndolos un poco hacia sí; primero suavemente, hasta finalmente jalarlos con fuerza, para que Ángelo quedara con la cadera contra la cama y con los brazos aún sosteniendo su pecho. El mayor no se quejó, de esa manera podía presionar su miembro sin interrumpir la actividad de su amante y obtenía algo de consuelo a la pasión que amenazaba con desbordarlo.

Estaba apretándose un poco cuando sintió un peso grande, casi molesto, presionar su cadera contra la cama, con los ojos cerrados le costó comprender que Aioria se había sentado sobre él. Pero de inmediato sintió una corriente poderosísima atravesarle la espina, obligándolo a curvarse hacia atrás, hasta apoyarse sobre la punta de los dedos y tocar sus omóplatos con el pecho ajeno, presionando su miembro contra la cama hasta el punto del dolor, extrañamente delicioso.

Aioria le pasó los brazos por arriba de los hombros abrazándolo a su cuello. Y él se sintió aún más tenso, tenía la vaga sensación de que si relajaba los brazos su amante terminaría ahorcándolo. Así que se mantuvo firme y la sensación de sus brazos al resistir -esa sensación ardiente y dolorosa - le resultó placentera también. Y aunque ya estaba desbordado de emociones, conoció una nueva cuando Aioria comenzó a devorar su cuello; entre nubes, él deseo que subiera un poco, hasta su oído, la zona donde más sensible era, y el solo deseo lo llevó al borde del orgasmo. El menor, como si lo hubiera sentido, se separó de él aprisa y Ángelo se desplomó sobre la cama, respirando agitadamente, sudando terriblemente. Se removió en la cama, aún resistiéndose a mirar, pero al mismo tiempo deseando que las cosas tomaran un cauce más normal.

–Hazlo ya, ¿quieres?

Y aunque seguía interfiriendo en sus planes, Aioria encontró en su voz un cierto tono suplicante y necesitado y un jadeo posterior le indico que había hecho bien en excitar a su compañero y que podía seguir adelante. Se tomó su tiempo para acariciar la espalda, sorprendiéndose de lo fuerte y musculosa que era, de lo mucho que se tensaba cuando le ponía las manos encima y no resistió la tentación de besarla, a pesar de que eso pegaba su cadera a la de Ángelo y adelantaba las cosas; se tomó su tiempo para besarle con calma en cada parte que encontraba.

Finalmente deslizó su lengua hasta el límite de su espalda, pero no se atrevió a seguir, aún en una situación tan intensa era demasiado tímido para algunas cosas, sintió un peso extraño en el estómago, por miedo a no poder con ello retiró el rostro y decidió utilizar las manos.

Acarició por fuera a su compañero, de esa misma manera que tenía para tocar todo: con la punta de los dedos y el borde de las uñas, para que Ángelo no pudiera distinguir si en verdad tocaba o eran sólo sus propias ansias. Y funcionó porque su amante se removió contra el colchón, levantando un poco la cadera, para permitirle acariciarlo.

Aioria no quería interrumpir la situación pero no sabía cómo continuar sin lubricante y definitivamente no quería utilizar la lengua. Ángelo comprendió lo que preocupaba a su compañero así que lo alejó de él, abrió los ojos, medio se incorporó y se hizo hacia adelante, hasta alcanzar el cajón de la encimera al lado de la cama, sacó un tubo de lubricante y un par de condones y sin decirle más se los arrojó a los brazos para volver a su posición.

Aioria se colocó el condón sin decir nada. El mayor por su parte estaba a punto de apresurarlo nuevamente, pero decidió que si no había funcionado la vez pasada ahora tampoco tendría un gran efecto, así que sólo volvió a cerrar los ojos y se forzó a esperar.

Sintió algo muy delgado y flexible entrar en su interior y se extrañó porque Aioria no acompañó el acto con algún roce o caricia; viendo como era su estilo se esperaba más de esa melosidad tan rara. Pero luego pensó que posiblemente el muchacho estaba acostumbrado a los previos y que ahora que iba a entrar habría perdido el interés.

–Ya.

De nuevo Ángelo había perdido la paciencia. Aioria -con algo de resignación- decidió que ya era buen tiempo, a pesar de que le hubiera gustado alargarlo mucho más. Desocupó sus manos, y sintiéndolas convenientemente húmedas las alargó hasta tocarle el pecho, encontrando los pequeños y duros pezones de Ángelo, acariciándolo apenas. El mayor suspiró, apretándose contra él, le llegaba el aroma de su intimidad emanando de los dedos del otro y el simple olor estaba cegando sus pensamientos. Salivaba estremecido y sentía que los dedos de sus pies, aquellos que Aioria había besado, se entumecían. Tuvo que morder la almohada cuando Aioria finalmente se apoyó contra él y resbaló a su interior.

Instintivamente aferró de nuevo la cobija, esperando las embestidas furiosas y rápidas a las que estaba acostumbrado. Pero en lugar del movimiento pasional y febril que esperaba, su compañero se contentó con apretar más y más las caderas contra él, como si esperara entrar aún más en su cuerpo. Más allá de lo posible. Apretó más los dientes, podía sentirlo como si se expandiera en todo su interior hasta la garganta. Lo dejó sin aliento y sus rodillas temblaron, a punto de derrumbarse.

Aioria entonces comenzó a moverse, para darle algo de alivio a su amante y a sí mismo. Pero sus movimientos tampoco fueron los esperados, nada de vaivén, sólo círculos amplios en los que iba rozando cada centímetro de su amante, estimulando cada célula. Ángelo se retorció, pero aún aferrándose a su idea de cómo debía ser el sexo, comenzó a moverse él.

Su compañero no lo frenó, estaba demasiado fascinado con observarlo así, inclinado frente a él, su espalda fornida y su cabello desordenado, húmedo en sudor. Se dio cuenta de lo fuerte que era, de que tan imponente resultaba su sola presencia y lo aferró con fuerza de las caderas para contener sus propias emociones.

El mayor pensó que estaba deteniéndolo de nuevo y se quedó quieto, sin saber si debía esperar a que el otro se moviera o decidirse y tomar todo en sus manos. Pero su indecisión no duró demasiado, pues en un arrebato de pasión, Aioria comenzó a empujarse contra él, embriagado por las sensaciones que había experimentado hacía un instante y que podía seguir viviendo por siempre.

Aún en su pasión y descontrol quiso seguir agasajando a su amante y llevó una de sus manos a la entrepierna de su compañero, y otra a su abdomen. Ángelo sonrió complacido, esperando que las cosas tomaran un ritmo más conocido, pero la mano sobre su abdomen no se acerco a su pecho; acarició los límites del ombligo.

Sin embargo, cuando la mano que bordeaba su abdomen subió hasta acariciar sus labios y la boca de Aioria se prenso sobre su oído, flexionándolo para lograr alcanzarle, comprendió para qué era todo eso; lo increíble -al menos para él- era que el placer no venía sólo de sus caderas, una gran ola de placer venía desde su boca y otra desde su oreja. Estaba alucinado por tantas sensaciones, pero seguía esforzándose por pensar, para retrasar un poco el orgasmo y poder disfrutando de todo, aunque fuera un momento más solamente.

Se dio cuenta de que Aioria era infinitamente dulce como nadie jamás lo había sido con él, y que él mismo nunca había sido así con otra persona, que se había privado de sensaciones maravillosas que venían de otras partes de su cuerpo. En un gesto de empatía colocó una de sus manos sobre la ajena.

Ya no sentía la necesidad de alargar todo aquello, el placer era tan intenso y la sensación en sí era tan satisfactoria que sentía que si no la terminaba podría morir. Aioria se sintió entusiasmado ante ese pequeño gesto de respuesta y eso le hizo perder la cabeza, comenzó a moverse sin ritmo, aunque no muy rápido y ambos se fundieron en un apretado abrazo, golpeándose contra el otro en un arrebato de puro instinto y febril agonía.

Todos los músculos de uno se apretaron contra el otro y Aioria tuvo que soltar la oreja de su amante, que había mantenido entre sus dientes, por miedo a cortarle; su quijada se puso rígida, también sus manos y una apretó con fuerza loslab del mayor mientras para finalmente colarse en su boca impidiéndole respirar.

Y entonces aún dentro del orgasmo, Ángelo comprendió a qué se debía la infinita amabilidad de su compañero. No había sido el interés de Aioria por seducirlo ni siquiera era por interés en el sexo, en ninguna de sus partes. Sencillamente así era él, hasta la última fibra.

En algún punto dentro de toda la contradictoria y placentera situación, él había malinterpretado la actitud de Aioria como cariño. Aún contra sus deseos la había clasificado así, y darse cuenta de su error no le gustó. Muy al contrario, sintió un dolor súbito propagándose por su estómago y su pecho, la extraña sensación de que aquel era así con todos sus amantes... que en realidad no significaba nada.

Pero el menor estaba ajeno a todo eso, sólo se dedicaba a respirar lo más despacio posible, para mantener por más tiempo la sensación de mareo con él. Así que minutos después cuando Ángelo se levantó fingiendo indiferencia no supo cómo reaccionar y se quedó ahí en la cama, esperando.

El mayor entró al baño, para limpiarse y quitarse la sensación de incomodidad, no le llevó ni medio minuto deshacerse de la desilusión y volver a la habitación.

– ¿Y? ¿Eso era todo lo que tenías que dar?

Sí, se había deshecho del dolor, pero lo había remplazado con su habitual ironía y unas instintivas ganas de hacer daño.

– ¿Qué quieres decir?

Respondió el menor desde la cama sin dignarse a mirarlo, sintiéndose atacado injustamente y también muy vulnerable.

–Tomaste demasiado tiempo y no hiciste gran cosa... ni siquiera lo pusiste en tu boca.

Estaba seguro que con eso el muchacho se enojaría y lo dejaría tranquilo, pero no hubo enojo alguno en la reacción de Aioria; el muchacho se había sentido -desde luego- atacado pero sólo con las primeras frases. Esa última le había recordado su propia timidez y eso lo había puesto tan nervioso que había terminado riendo. Ángelo frunció la boca en un gesto molesto al escucharlo reír.

–Bien, será la próxima vez si quieres, será tu turno después de todo.

Bufó de nuevo, pensando en rechazarlo de tajo, pero luego pensó que de verdad podría ser buena la idea de una 'revancha'. Sentía que debía darle una buena sacudida al muchacho, porque después de todo, Aioria se la había dado a él.

– ¡Sí, iremos al maldito café y después te enseñaré lo que de verdad es bueno!

De nuevo trataba de restarle valor a lo que el menor había hecho. Aioria sintió molestia un segundo, sólo un segundo, hasta que comprendió todas las posibilidades que implicaba esa frase.

–Así que eres experto, ¿no? Bien, estaré esperándolo –se levantó y se acercó a él– con ansias.

Le susurró sensualmente al oído, Ángelo trató de atrapar su boca, pero Aioria se había dado la vuelta para entrar al baño, quería quitarse el condón y bañarse. Estaba realmente feliz, sus anteriores encuentros habían sido con chicos tan principiantes como él mismo y una nueva oportunidad de aprender se le abría sin siquiera pedirla.

–Puedo tomar una ducha, ¿no? Y luego me acompañas al tren para que vuelva a casa.

Sin esperar una respuesta entró al baño y cerró la puerta. Ángelo se dejó caer sobre su cama y suspiró. Ese niño tenía la mala costumbre de pasar a llevar a todo el mundo, pero había resultado agradable, "solo un poco" se dijo a sí mismo, así que –contra su costumbre y su instinto– se sentó a esperar a que el muchacho volviera a la habitación.

Continuará...

Bien este es el fín del capítulo, ^^ quedó bastante largo. Lo siguiente es ya en el café. Veremos si Dm obtiene su "revancha" o si haciendo mérito al título algo cambia sus planes XD