Advertencias: Ninguna
V
Aioria recibió el peso del cuerpo de su compañero sin previo aviso; apenas comprendía lo que sucedía cuando la lengua de Ángelo ya estaba entre sus dientes. Por instinto se removió un poco contra el mullido sillón tratando de que los bordes de la ropa no se le clavaran en el cuerpo. El mayor sintió el movimiento como una provocación, y sin separarse un milímetro buscó su miembro sobre la ropa. El chico apenas que había comenzado a responder al demandante beso sufrió un escalofrío al darse cuenta de dónde lo estaban tocando. Soltando todo el aire por la sorpresa lo alejó de su cuerpo.
– ¿Qué crees que estás haciendo?
Ángelo trató de tirarse de nuevo contra él, pero los brazos firmes del otro lo mantuvieron lejos.
– ¿Necesitas una explicación acaso?
Trató de desabrocharle el pantalón y cuando el otro lo detuvo con sus propias manos se pegó de nuevo a él.
–Aquí no.
La voz de Aioria había tenido un tono extrañamente duro, al mismo tiempo que su cabeza daba un arco señalando el lugar. Ángelo se dio cuenta entonces de que estaba completamente sobre él, que al tratar de besarlo lo había tumbado completamente y que de no haberlo detenido le habría valido lo mismo hacérselo ahí mismo. Muy lentamente, luchando contra la tentación, le fue regresando su espacio. Aioria se irguió a su vez, respirando agitadamente y ni él mismo sabía si era de enojo o de deseo.
–Deberíamos irnos ya. –Ángelo le habló con voz pastosa, dándose cuenta de que el exceso de alcohol le impedía mover la lengua a su voluntad. Su cara reflejó todo su desconcierto.
Con eso Aioria se olvidó de su tensión y volvió a reírse
–Bromeas, así como estás no podrías ni caminar fuera de aquí.
Aioria lo forzó a sentarse derecho, pero un poco avergonzado de su reacción anterior se volvió a acercar a él y malicioso, le habló al oído sin tocarlo en lo más mínimo.
–En cuanto salgamos de aquí, iremos directo a tu departamento, en realidad he estado esperando que volvamos a vernos. –llevó su mano suavemente sobe la playera del otro, delineando el rostro moribundo que se dibujaba en ella, provocándolo de nuevo.
–Y ya verás lo que voy a hacerte en cuanto lleguemos.
Aioria no se tomó demasiado en serio aquellas palabras, principalmente porque la voz de Ángelo seguía demasiado opaca y había alargado demasiado las sílabas. Se separó de él un instante, mientras jugaba con su cabello.
–Hoy es tu día –comenzó con tono condescendiente para luego ponerse serio –pero te digo de una vez que no me va la violencia –lo dijo con tanto disgusto que al mayor se le pasó en parte el efecto del alcohol –ni que me aten, ni esas cosas raras.
Había un claro resentimiento en su voz y Ángelo, a pesar de su mareo se giró a verlo; ante la inquisidora mirada Aioria se dio cuenta de que había estado sobreactuando y carraspeó, tratando de aparentar que sólo era una broma sarcástica.
–Y no me insultes –río, aunque estaba hablando en serio –me parece desagradable estando en la cama.
Ángelo regresó la vista al frente, sintiéndose mucho más mareado y no por causa del alcohol. Él también había estado pensando en cuanto quería reunirse de nuevo con Aioria, pero en sus planes no había tramado nada, esperaba sencillamente tratarlo como había esperado: unas pocas caricias rudas, palabras ardientes y que todo terminara rápida e intensamente. Tragó en seco al darse cuenta de que Aioria acababa de prohibirle cada una de las cosas que planeaba hacer.
Se dio cuenta entonces de que siempre había tenido sexo de la misma manera, hasta que se acostó con el griego sus encuentros siempre habían estado llenos de furia, de una pasión salvaje y animal que le quitaba el aliento. Y que le fascinaba. Estuvo a punto de pararse y marcharse, porque también había tenido la sensación de que Aioria había tenido sexo siempre igual, tan dulcemente y que por eso lo habían hecho así. Había dejado que se impusiera sobre él y no había forma de cobrársela. Hizo un ligero intento de moverse, pero la ebriedad le impidió ponerse de pie. Aioria lo sintió y sostuvo su cintura.
– ¿Te sientes demasiado mal?
Ángelo se contrajo sobre sí mismo; de incomodidad al notar su preocupación y de deseo al sentir su aroma y su aliento con olor a vino. A pesar de todo seguía queriendo acostarse con él.
–No te preocupes, en cuanto te sientas bien nos iremos –no le pasó desapercibido el deseo en la voz del menor y entonces fue él quien se sintió nervioso, acababa de presumir de hacerle cosas increíbles y resultaba que no tendría nada para mostrar, a menos que hiciera lo de siempre a la fuerza, la idea le rondó un segundo por la cabeza, sólo un segundo, porque Aioria lo sostuvo con un poco más de fuerza, haciéndole sentir la potencia de sus músculos. Maldijo en silencio. Estaba en un problema enorme, quería acostarse con él, pero no arriesgarse a parecer un inepto. Estaba demasiado ebrio para pensar, no se le ocurría cómo escaparse de aquello sin que Aioria terminara ganando.
Sacó su cajetilla de cigarros y prendió uno, quizá el tabaco le bajara la embriaguez y le permitiera idear un plan. Pero ni siquiera le había dado la primera calada cuando Aioria se lo arrebató de los labios.
– ¿Qué?
Espetó a todo volumen con la cara congestionada de pura frustración.
–No se puede fumar aquí.
Aioria le increpó con urgencia y complicidad, como si fuera un crío, él estuvo a punto de lanzar una risa nerviosa, cuando por reflejo le arrebató el cenicero para que no pudiera apagar el cigarrillo. El menor se le quedó mirando retador, aún con el tabaco entre los dedos, trabándose los dos en un duelo de miradas para ver quien cedía primero.
–Señor no se puede fumar aquí.
Una voz llena de desagrado y desaprobación interrumpió su riña silenciosa. Ambos miraron hacia la persona que les hablaba, un mesero con mala cara extendiendo un cenicero, a pesar de que ya había visto el que Ángelo traía entre las manos.
– ¿Qué? –Preguntó el griego, completamente incrédulo
– Apague su cigarro, ¡ahora!
Exigió el hombrecito clavándole la mirada en los ojos, intimidándolo. Aioria nunca se había sentido tan ofendido, le pasó un brazo sobre los hombros a su compañero e hizo una mueca obscena antes de llevarse el cigarro a los labios y darle una calada, tiró el humo en dirección al mesero, aunque este estaba lejos.
–No. Y trae la cuenta de una vez, que quiero irme ya de este lugar– y lo recorrió con la mirada, sin disimular ni un poco su enojo.
El hombre se fue y Aioria de inmediato soltó un suspiro y volvió a relajarse, sentía el cuerpo entero entumido de la tensión. Odiaba esa clase de enfrentamientos, pero no toleraba que las personas le trataran así. Ángelo comenzó a reír con su voz áspera y burlona.
–No creí que volvería a verte perder el control así; que tipo idiota.
Aioria no dijo nada, no se estaba riendo. Un mesero distinto les trajo la cuenta.
–Vámonos.
No esperó a nada y salió del lugar, Ángelo se quedó a que pasaran la tarjeta de crédito y salió a encontrar lo en la calle, iba atravesando la puerta con pasos tambaleantes cuando lo miró, con las últimas luces del ocaso, sintió que iba a irse de boca al piso: la camisa se le pegaba levemente a la espalda, marcando sus omóplatos, y su cabello tenía un brillo ceniciento la luz de las lámparas. Se encontró a sí mismo analizando lo que acababa de ocurrir y por el alcohol su mente le dio una respuesta de lo más sencilla: al chico no le gustaba la rudeza en la cama porque en la vida se la tenía reservada a las personas que despreciaba.
Se quedó un instante en el marco de la puerta, aún mirándolo, él siempre mezclaba el desprecio y el placer; despreciaba a muchas de las personas con quienes compartía el lecho aún antes de hacerlo, y no le importaba. Separaba las cosas, pero aquel no: Aioria mantenía su desprecio muy firmemente, no lo disfrazaba. Por un momento pensó que era más que obvio que a él no lo despreciaba, y entonces sólo podía...
Pero en ese momento había tratado de dar un paso hacia él y el filo de la puerta se le había atorado en el tobillo, dio de rodillas contra el piso y lazó una maldición a grito herido. Aioria se giró hacia él, ligeramente preocupado, pero al verlo volvió a reír y todo su disgusto quedó olvidado.
