Advertencias: Lime

VI

Aioria se acercó a él y lo ayudó a incorporarse, recargando uno de sus brazos sobre él y la mente ebria de Ángelo le gritó a él otra cosa muy obvia: ya sabía cómo salir del problema en el que se había metido. Comenzó a arrastrar los pies, fingiéndose más afectado por el alcohol de lo que en realidad estaba, habría podido caminar por su cuenta pero si el chico creía que estaba a punto de perder la consciencia no le pediría acostarse con él y tendría más tiempo para planear qué hacer cuando volvieran a intimar.

Era humillante para él dejarse cargar así en la calle, pero más iba a sufrir su orgullo si Aioria llegaba a burlarse de su comportamiento en la cama.

El menor suspiró ante aquella escena ridícula pero lo apoyó hasta que llegaron a la estación del tren, por suerte aún no era la hora pico y estaba relativamente vacío, pudieron tomar un asiento sin mayor problema. Ángelo seguía fingiéndose ebrio para frotarse contra él con cierto descaro. Aioria no decía nada, disculpándolo mentalmente por la situación, y de paso excusándose a sí mismo para poder disfrutarlo. Finalmente se bajaron del transporte.

– ¿Hacia dónde?

Miró la calle vagamente, la última vez se habían bajado corriendo y no había mirado el camino. Ángelo maldijo en silencio, no podía darle claramente la explicación sin verse sobrio, así que sólo hizo una seña vaga hacia adelante. Aioria se encogió de hombros y comenzó a caminar. El italiano aprovechó su buen humor para seguir frotándose contra su cuerpo mientras vagaban por las calles; estuvieron así por media hora antes de llegar al departamento donde vivía el mayor, luego de unas cuantas vueltas innecesarias. Subieron las escaleras a trompicones, sin dejar de tocarse.

El griego prácticamente lo cargó los últimos metros, ya dentro del apartamento; iba tranquilo a pesar de las provocaciones porque se sentía decepcionado, por más fogoso que se sintiera, en ese estado el mayor apenas podía moverse, así que esa noche no podrían tener nada. Lo dejó sobre la cama, quitándose el saco y acomodándolo sobre una silla.

Ángelo lo miró quitarse la camisa y el cinturón. Sin embargo no quedó con el pecho descubierto, como había esperado, llevaba una camiseta ligera, le quedaba algo pequeña y se le adhería al cuerpo, tenía un cuello muy amplio y las mangas se cerraban apretadas contra sus musculosos brazos. Se removió en la cama, esperando su contacto, creyó por un instante que se iba a trepar a la cama para seguir con los planes que tenían para esa noche, pero jamás llegó a hacerlo. Con un gesto tranquilo y seguro le sacó los zapatos sin desabrochárselos.

– ¿Qué haces? – preguntó olvidando por un instante su papel. Las acciones de Aioria le eran incomprensibles. De haber sido inversa la situación, él habría dejado al otro tirado de inmediato, no era su estilo cuidar de los demás y había asumido que Aioria lo hacía sólo para aprovecharse de él, sin embargo…

–Lo mejor será que te duermas un rato, para que se te pase el alcohol.

Ángelo le lanzó una mirada increíblemente rápida y se dio cuenta de que no quería perderse la oportunidad, había vuelto a excitarse. Se maldijo por la salida fácil que había escogido, estaba demasiado lleno de deseo como para no acostarse con él ahora que por fin estaban solos; pero al mismo tiempo no iba a aceptar que había estado fingiendo y que no podía hacer las cosas maliciosas que había prometido.

El chico le acarició los tobillos cuando terminó de descalzarlo, eran su parte favorita del cuerpo ajeno y podía sentir su propia erección naciendo.

–Ven aquí, Aioria.

Lo llamó arrastrando la lengua apenas un poco, dispuesto a no darse por vencido. El otro se dejó atraer y se trepó en la cama hasta estar a la altura de su rostro.

–No creo que puedas hacer nada en ese estado –se burló levemente –lo dejaremos para otro día – pero al decirlo había un cierto anhelo en su voz, no quería propasarse pero iba perdiendo la cordura por momentos.

–Es mi día, ¿no? – sonrió morboso, abrazándolo con fuerza, para que no volviera a incorporarse. –Y yo digo que lo hagamos ahora, aunque tú tengas que hacerlo todo.

Aioria sonrió de lado. No podía negarse, sólo iba a hacer lo que el otro le pidiera nada más, eso no tenía nada de malo.

–Eres un holgazán.

–Luego te enseñaré lo que de verdad es bueno. – Le respondió con una seguridad fingida, que al menor le provocó una onda de excitación por la promesa, dejando su imaginación volar en extrañas y refinadas perversiones. El mayor aprovechó su distracción, para atraerlo y poder besarlo. Aioria tenía ya la boca abierta cuando sus labios se tocaron y utilizó su lengua para dejarlo sin aliento, pero sus manos se movían lentas sobre su cuerpo, fingiendo torpeza, cuidando cada detalle para no delatarse. El muchacho reaccionó con gran entusiasmo, levantó su camiseta aprisa, dándole un último vistazo al extraño estampado, antes de enredársela en el cuello, dirigió su boca de inmediato a los obscuros pezones de su compañero, demasiado excitado -y desde hacía demasiado tiempo- como para tener paciencia.

Ángelo se sobresaltó al sentir a su compañero tan desesperado, él mismo apenas podía aguardar, pero había supuesto que al ceder el control a su compañero volvería a comportarse de esa manera tan sutil de la última vez. Sólo para probarlo le empujó la cabeza hacia abajo, en un ademan exigente y muy claro. Aioria se levanto sorprendido, mirándolo a la cara, claramente indeciso.

–Hazlo – su tono no era autoritario pero se sintió excitado con la presión que estaba imponiendo sobre su compañero, así que en un gesto incitador y exigente al mismo tiempo, el mismo se desató los pantalones. Se retiro la ropa en un gesto lento lleno de lujuria. –Vamos chico, es mi noche.

Aioria no quería hacerlo, pocas veces había hecho felaciones y ninguna le había resultado agradable, quería seguir tocando y besando al otro, pero no así; frunció la mitad de la cara, ligeramente frustrado por no poder tomar una decisión.