Advertencias: Lemmon, historia parcialmente censurada para no infringir las normas de la página.

VII

Ángelo abrió más su ropa, en un gesto lento que imitaba ademanes torpes. Se acarició con la punta de los dedos para llamar la atención del menor.

–Anda Aioria, no vas a negarme esto en mi noche, ¿o sí?

El chico torció aún más la boca comenzando a irritarse, no tanto por la insistencia de su nuevo amante sino por su propia indecisión. Lanzó un gruñido ronco de pura desesperación y se obligó a sí mismo a recostarse sobre el cuerpo del mayor, dejando su boca a la altura de su vientre; había decidido complacerlo pero no se sentía capaz de ir a hacerlo directamente.

Besó muy suavemente el borde del ombligo, inspirando ese olor alcohólico que tenía toda la piel de Ángelo, había también algo más, un aroma algo polvoso y húmedo que no reconoció. Dejó que su lengua probara el sabor a sal que se desprendía del sudor. Delineó cada línea del trabajado abdomen con besos y tenues mordidas, tratando de relajarse; hasta que un suave empujón sobre su hombro le recordó el pedido inicial.

El mayor había estado retorciendo los dedos entre las sábanas al punto de lastimarse, tratando de no presionar demasiado a su compañero, pero al mismo tiempo la necesidad de su cuerpo lo estaba haciendo perder el control. Sentía unas ganas inmensas de tomarle la cabeza e imponer su voluntad, pero después de todo lo sucedido aquel día sabía que el chico no dudaría en darle una patada si se ponía pesado. Así que aún desbocado a causa de la bebida apeló a todo su autodominio y le dio sólo aquel toque en el hombro, incitándolo a seguir.

Aioria lanzó un suspiro profundo, apoyó su peso sobre el codo derecho y estiró su mano izquierda hasta tocarlo. La sensación le gustó y comenzó un masaje suave. Fue acercando su rostro lentamente, controlando su respiración y sus nervios, ardiendo por su propia excitación y por la presión que había sobre él, pues aún si el otro no decía una palabra podía sentir su mirada clavándosele en la nuca y las vibraciones del cuerpo bajo él aumentar con cada mínimo movimiento que hacía.

Sacó la punta de la lengua y se retiró de inmediato; el sabor le había desagradado, una energía tensa, entre enojo y excitación lo llenó por completo. Sintiéndose a disgusto con su respuesta desordenada volvió a acercarse.

–Sólo porque es tu noche.

Le separó aún más las ropas. Sintió una súbita vergüenza por su torpeza, por no saber cómo moverse, qué hacer con los dientes o si la aspiración estaba siendo demasiado intensa. Ángelo se retorció, aquella lo llenó de una pasión tan salvaje que no pudo evitar moverse y empujar suavemente. Luchaba torpemente por controlarse y sin poder dominarse comenzó a reír, torpe por la gran cantidad de alcohol, sorprendido de haber convencido al chico de hacer aquello, excitado por la sensación en sí. Con la excusa de estar ebrio no reprimió las respuestas en su expresión ni se preocupó por mantener su pose firme y fría.

Aioria trataba de no ceder ante el reflejo de vómito, ya no quería detenerse; sentía una excitación cada vez más grande apoderarse de su cuerpo gracias a la forma en que el mayor estaba reaccionado a su toque. Lo llenaba de orgullo y posesividad el ser capaz de llevarlo hasta ese punto con tan sólo unos roces. Entonces Ángelo perdió finalmente el control sobre sus impulsos y alzó su cadera con energía. Aioria estuvo a punto de morderlo, le clavó apenas la punta de los dientes, víctima de una arcada inesperada e intensa; se retiró aprisa, tratando de recuperar la respiración y parpadeó rápidamente con los ojos llorosos para fijar la vista en su compañero, que había soltado un grito mezcla de maldición y dolor mientras se alejaba.

Respiraron agitados un rato, tratando ambos de calmarse y de calmar al otro.

–Aioria… –llamó finalmente el mayor con voz asombrada, no había calculado para nada esa respuesta tan dramática. El dolor había sido agudo y rápido, pero no lo había lastimado.

No hubo respuesta, sólo un par de miradas huidizas que no alcanzaban a serenarse.

–Aioria.

Éste siguió sin responder, sintiéndose confundido con lo que había sucedido. Primero se había negado con ganas, luego había deseado hacerlo llegar al final y ahora sólo sabía que no quería volver a repetirlo.

–Creo que… –y dudó, porque seguía excitado y no quería hacer un drama de aquello ni arruinar el momento –creo que podemos dejar tu noche para después.

De pronto sonrió, con esa positivismo tan raro que lo hacía reaccionar de la manera menos esperada para su compañero; que sólo asintió, debido a las pocas ganas que tenía de discutir, echó la cabeza hacia atrás y acomodó sus piernas a los lados de Aioria, incitándolo a acercarse.

El menor le lanzó una mirada rápida y se recostó sobre él, con la cabeza al borde de sus costillas, para besar su abdomen mientras sus manos se entrometían entre sus cuerpos. Después de un par de minutos la incomodidad por el incidente había desaparecido, y la necesidad había vuelto a apoderarse de ellos.

Ángelo se olvidó de sus planes de nuevo, sumergido en el placer que le provocaban las manos ajenas.