Advertencias: Lemmon, historia parcialmente censurada para no infringir las normas de la página.

VII

Aioria se dedicó a acariciarlo muy suavemente, como disculpándose por su rudeza accidental. Le besó el borde del ombligo y luego fue subiendo, despacio, un besito suave tras otro, hasta llegar a su pecho. Ángelo remoloneaba sobre la cama, tallando su nuca, sus codos y sus talones contra la sábana, esperando a que finalmente el otro llegara a la altura correcta y lo desvistiera. Pero en lugar del trato esperado, recibió solo un peso caliente y firme.

El menor se dedicó un rato a descansar sobre él, besándolo, apretando distintas partes de su cuerpo contra el ajeno sin ritmo y sin acariciarlo, estaba un poco atrapado por el peso de su propio cuerpo, sin forma de sostenerse y no hacía nada por cambiar la posición.

Ángelo gruñó un poco, inconforme, ya había renunciado a tomar su desquite y esperaba que Aioria repitiera aquella técnica de 'tocarle con la punta de los dedos' que había utilizado la vez anterior. Pero el griego no hacía gran cosa, parecía que su única parte móvil fuera la boca, que con la cabeza echada hacia adelante, alcanzaba el lóbulo de su oreja, causándole una sensación grata, un ligero cosquilleo anhelante que le invitaba a pedir más, así que comenzó a mover su cadera, empujando contra sus manos y su cuerpo. Aioria gimió fuerte y ronco, debido a la desinhibición del alcohol en su propia sangre, y él creyó que ahora sí, que se activaría.

Pero no. Le pasó una rodilla por encima para ponerse a su lado y ayudarle a –finalmente –quitarse el pantalón de mezclilla. Ángelo suspiró aliviado y se incorporó para sacarse la camiseta por la cabeza y arrojarla fuera de la cama, se recostó de nuevo rápidamente, doblando y separando las rodillas en una muda invitación. Sin embargo el griego no se apresuró a seguirlo, flexionó un poco los brazos para calentarlos pero no se desvistió ni se tumbó sobre él, tenía otros planes. Se le acercó de costado empujándole una rodilla para incitarle a cerrar las piernas.

El mayor se sintió desconcertado, pero obedeció y además se dio la vuelta.

–No. Así no.

Su voz fue segura y determinante. Ángelo suspiró. Resultaba increíble que alguien que no tenía la osadía para realizar una felación tuviera lo necesario para exigir en la cama lo que quería. Los otros tipos con los que se relacionaban actuaban más furtivamente, insinuando sus deseos o bien forzándolo directamente; nunca le hablaban con esa claridad. Fue la curiosidad lo que lo hizo suspirar y obedecer nuevamente; se volvió boca arriba y extendió las piernas.

Aioria entonces se subió sobre su cuerpo, juntando a su vez sus propias piernas, se apoyó en las manos y alineó sus caderas. Luego, despacio, muy despacio, fue frotándose contra él, completamente vestido, disfrutaba del ruido que producía el roce con la ropa, el tirón de la camiseta sobre su espalda, incluso de la presión de sus pantalones.

Ángelo se removió un tanto incómodo porque la tela le lastimaba y no podía moverse con libertad. Tenía la cadera anclada a la cama, y aunque estiró el cuello no alcanzó a besarlo.

Finalmente el rubio no lo resistió más y desabrochó su propio pantalón, apoyó de nuevo las manos sobre el colchón, a los lados de los hombros de Ángelo y se frotó contra él con más ímpetu. El mayor resintió un poco aquello, era muy diferente a lo que había sucedido la vez pasada, con Aioria tocando todo en todo momento, ahora sólo sus caderas se friccionaban, no hubo una caricia suave, ni ese juego de incitación… ni siquiera un beso.

Se excitó, pero también se frustró. Quiso pedirle alguna atención más íntima, pero no se atrevía, se habría sentido humillado; le colocó las manos en los bíceps en una demanda muda, pero Aioria no la atendió, había esperado demasiado y estaba descontrolado, desde hacía días que había estado pensando en el mayor y no podía – realmente no podía– parar, ni tomarse un respiro. El ardor de sus brazos, la sensación el sudor resbalándole por el pecho y el fuego en sus ingles lo forzaban a ir moviéndose más rápido y con más fuerza.

Ángelo bajó las manos y las retorció en las sábanas. Ver su expresión perdida de placer, su cabello goteando sudor era demasiado. Tuvo el fuerte deseo de que el otro lo besara, lo acariciara, se pusiera más en contracto con él. Quiso recorrerle la línea de la barbilla, el hueco de sus clavículas, masajear sus pezones oscuros y grandes, pero sólo apretó más los dedos contra la cama.

–Acaríciame.

Sonó la voz ronca de Aioria, como si sus pensamientos estuvieran en sintonía. Su pedido fue un ruego pero también una orden y el mayor no obedeció; se clavó en la sábana, si había estado a punto de llevar las manos al cuerpo del griego en ese momento decidió que no lo haría, ya se sentía demasiado controlado por él.

El menor por su parte, se sintió un tanto abandonado y no se atrevió a pedirlo de nuevo; tampoco habría podido porque ya no tenía aliento. Continuó el movimiento hasta que sus brazos comenzaron a acalambrarse; cuando no pudo contenerlo por más tiempo finalmente separó las piernas y se apoyó sobre sus rodillas, cambiando el ángulo, ejercía menos fuerza y podía moverse más rápido.

Ángelo jadeó a su vez y sin poder continuar con su propósito de no tocarlo elevó sus manos a la espalda ajena, para bajarlas casi de inmediato y apretarle los glúteos con fuerza, con toda la que tenía, disfrutando de la carde dura que se contraía a cada empujón.

El agarre acercó a Aioria al final, se dejó caer sobre los codos y apoyando todo su peso en uno dirigió la otra mano hacia la nuca del mayor buscando hacerlo alcanzar el clímax también.

El mayor tuvo un momento de auténtica sorpresa, a pesar de que el griego tenía la cara muy cerca de sus pezones ni siquiera le miraba el pecho, tenía los ojos cerrados y su concentración puesta en acariciarle la nuca, era punto muy erógeno para el italiano y la forma trabajada en que el menor lo estimulaba lo estaba haciendo temblar. Era increíble que a pesar de haber estado juntos sólo una vez Aioria hubiera aprendido tan bien y con tanto detalle el mapa de su cuerpo. Se sintió un poco intimidado e irritado pero el orgasmo le llegó de súbito y le borró esos pensamientos.

El griego se pegó a él, gritando de gozo y de alivio, sintiendo la humedad en camiseta gotear hacia el torso y el abdomen del mayor. Aquella había sido una experiencia intensa y auténtica, se le borraba el mundo cada vez que tocaba a ese hombre.

Ángelo se revolvió un poco, obnubilado, las contracciones lo sacudían pese a penas podía moverse, pues aún seguía atrapado bajo el peso del otro. Gimió un par de veces, ronco y alto, tardó un rato muy largo en recuperar el aliento; estaba entumecido y su mente estaba en blanco. Cuando finalmente la conciencia le volvió un poco pensó en reclamarle algo a su compañero, la experiencia había sido buena pero algo tenía de agresiva; se sentía contrariado y tenía muchas preguntas; fue a mover la lengua pero la encontró pastosa y seca, descubrió –para su sorpresa – que en realidad sí estaba muy tomado, mareado, exhausto y adormecido.

Soltó una exhalación muy lenta y dejó que la grata sensación se apoderara de su mente y su cuerpo. Se quedó dormido.