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IX

Aioria se forzó a respirar despacio, hasta lograr que su corazón latiera con normalidad, luego se dedicó a ver el rostro dormido de su amante, se veía más joven sin las duras líneas de expresión que portaba siempre, menos peligroso y mucho más atractivo. Por un rato pensó en dormirse junto a él, también había tomado demasiado y sentía su mente espesa, pero terminó dándose cuenta de que en realidad no tenía sueño y además quería asearse.

Se sentó despacio, resintiendo el esfuerzo de sus brazos, los flexionó hasta que dejó de sentirlos adormecidos. Se removió incómodo al darse cuenta de que el férreo agarre del otro en sus glúteos había dejado marcas, seguramente no tardarían en ponerse violetas. Se puso de pie muy despacio tratando de no despertarlo. Suspiró un poco, su camiseta estaba sucia pero al menos su pantalón, el de su único y preciado traje, no estaba manchado. Se imaginó a sí mismo llevándolo a la tintorería y se avergonzó. Se lo retiró despacio, se quitó la camiseta también y se limpió el abdomen con la esquina de la sábana.

Luego dudó qué hacer. Debía darse un baño, mas no quería apoderarse de la ducha sin permiso. Caviló un momento, ya lo había hecho antes allí, de seguro no importaba. Descalzo se metió al baño, y bajo el chorro de agua fría tuvo tiempo de reflexionar, no estaba seguro de si debía sentirse decepcionado o si por el contrario el decepcionante había sido él mismo. Le parecía que hubiera atravesado una montaña rusa de emociones en esas horas. Había esperado mucho de esa noche y aunque la experiencia sí había sido nueva y creativa no cumplía con sus expectativas, no había sido espectacular. Se enjabonó el cabello y se dijo que sólo había sido mala suerte, si Ángelo no hubiera tomado tanto… suspiró de nuevo, la vez pasada también había tomado demasiado y eso no le gustaba; no quería que el alcohol estuviera siempre entre ellos.

Dejó que el agua fría arrastrara esos pensamientos fuera de su cabeza y se serenó. A tientas cogió la toalla y comenzó a secarse. Pensó también en las cosas agradables, Ángelo lo había invitado a su casa, a su cama y a su cuerpo; se había mostrado mucho más dispuesto y accesible que la vez pasada, su cara había sido diáfana y expresiva, su cuerpo, sus ansias y su forma de tocarlo, todo era auténtico y hermoso. Aioria no lo había tomado porque no habría estado bien hacerlo mientras estaba perdido por el alcohol. Tiró la toalla al suelo en un deje de frustración y salió del baño.

A los pies de la cama, pegado a la pared, había un closet empotrado de puertas corredizas, las abrió despacio para no hacer ruido y rebuscó entre las estanterías y cajones, hasta encontrar ropa limpia que ponerse. Había pocas prendas allí, pantalones de mezclilla y de tela elástica, todos en tonos obscuros, la mayoría manchados de pintura; se preguntó si a eso se dedicaría Ángelo, si sería pintor, eso explicaría los duros músculos de sus brazos y su aparente poco ingreso. Luego revisó las playeras: no tenían apenas rastros de pintura, excepto –quizá– en las mangas; eran todas similares, con imágenes pintadas de rostros moribundos y descarnados, le dieron escalofríos.

Finalmente tomó ropa al azar –incluyendo ropa interior– y se vistió. Le venía grande, pero eso lo hizo sentir cómodo y abrigado. Se acercó de nuevo a la cama y vio al otro hombre dormido, no se había movido, seguía tumbado boca arriba, completamente desnudo, su vientre y pecho elevándose un poco con cada respiración.

Lo embargó una sensación agradable, de posesividad y anhelo; le gustaba ese hombre. Le gustaba lo suficiente como para querer saber en qué trabajaba y porqué tenía ese guardarropa tan escaso y peculiar, sin nada formal. Pensó en acercarse pero tardó un rato en atreverse, estaba un poco decepcionado consigo mismo: no tenía la confianza necesaria para desenvolverse libremente, le daba un cierto retintín ponerse íntimo, por más que le gustara. Pensó que aun podría marcharse, tomar un taxi y volver a casa, pero ¿tocar y correr? No, no era su estilo. Además no quería pensar en que cuando llegara a casa su hermano pudiera estar esperándolo para reclamarle su ausencia.

Un gruñido en su estómago lo hizo cambiar de pensamientos, decidió que necesitaba comer algo, caviló en salir a comprar alguna chuchería pero era noche cerrada y no tenía idea de dónde podría haber una tienda de conveniencia de tiempo completo. Así que suspiró y se metió en la cocina. Se sintió sorprendido de nuevo por ver cómo estaba configurada, mientras que el resto del departamento daba una imagen de vacío, la cocina estaba muy falta de espacio, compuesta de estanterías un tanto apretadas entre sí, con las repisas atestadas no sólo de platos, cucharas y conservas si no también de botes metálicos sin etiqueta, una colección desperdigada de rocas amorfas y una serie de utensilios a los que no les daba un uso claro pero que parecían herramientas.

Se sitió un poco invasivo al adentrarse así pero el malestar no le duró mucho, tenía hambre; fue abriendo el refrigerador y buscando entre las despensas, tuvo que escudriñar en todas y cada una para reunir ingredientes suficientes. Cuando tuvo en mente un plato específico despejó la parrilla; él no era especialmente apto para la tarea y la cocina, ya de por sí atestada de cacharros, lo resintió. Mientras chisporroteaba el fuego no dejaba de preguntarse qué diablos hacía tanta basura en la cocina y medio apiló aquella que le estorbaba. Fue una sorpresa cuando una de las rocas cedió bajo su mano, desmenuzándose, no era una piedra, sino barro. Gruñó y sacudió la mano contra el suelo, logrando salpicar bastante, de haber estado sobrio lo habría limpiado pero seguía bastante subido y el olor a humo lo hizo distraerse y volvió a atender la estufa. Finalmente se sentó a cenar, aquello no estaba especialmente bueno pero le calmó el estómago.

Ya con su hambre satisfecha comenzó a aburrirse, tenía un poco de sueño mas no demasiado, miró el sofá de dos plazas, cabría si subía las rodillas en la codera pero no se le antojó cómodo. No, no iba a dormir allí, ¡ni hablar!, seguro que se torcía el cuello. Se metió de nuevo en la recamara, más confiado que antes y se sentó en la cama mirando el cuerpo desnudo de su anfitrión con intensidad.

Le miró el abdomen, notando los restos secos que había allí y volvió a incomodarse, ni siquiera había pensado en limpiarlo luego de terminar, le había parecido que sería invadir su intimidad. Pero su ya que parecía profundamente dormido y como forma de combatir su propia timidez decidió que lo haría. Mojó un poco de papel higiénico con agua tibia, lo exprimió entre sus dedos y con movimientos suaves, tiernos, le limpió poco a poco. Al finalizar dejó el papel sobre la mesilla de noche y siguió mirando; no podía apartar los ojos. Miraba su boca entre abierta, su seño plácido, sus cejas gruesas, su barbilla dura. Había tanta belleza en ese hombre, tanta apostura. Se inclinó y le dejó un beso sobre los labios, el otro no dio señas de enterarse.

Se alegró de haber decidido quedarse allí, el día siguiente lo tenía libre y quizá pudieran pasar más tiempo juntos. Despacio se recostó a su lado, observando su perfil. No había luz en la habitación pero con la que entraba por la ventana podía delinear sus rasgos, la boca amplia, la nariz larga y respingada, el cabello que con los reflejos de la farola de la calle se le veía plateado. Se acercó y volvió a besarlo, jugueteando con sus labios sin mala intención.

Despacio, extraordinariamente despacio, le posó la punta de los dedos en la frente y le remarcó el arco de las cejas, luego le acomodó el flequillo sobre la piel húmeda. Emocionado como un niño por sus travesuras, se inclinó sobre él y le besó la dura barbilla, estaba rasposa por el vello naciente. Rió y bajó un poco más, besándole el hombro. Le atrapó la gruesa piel entre los labios y besó y siguió besando hasta dejar un fiero círculo rojo sobre su piel. Le pareció que la marca era exótica y agradable, besó un poco más hacia la clavícula y dejó otra marca y otra más. Luego le besó el esternón. Succionó también sus tetillas delicadamente, solo hasta erguirlas, pues tenía miedo de despertarlo, finalmente llegó hasta su ombligo, ese hueco amplio que le pareció el centro mismo del mundo, de tanto que le gustaba. Pasó un rato muy largo besando y tocando con la mas suma delicadeza, algo que estaba seguro no habría podido hacer con el otro despierto, acosado por cosquillas. Finalmente se cansó de aquel juego solitario y sintiéndose satisfecho y feliz se recostó sobre su grueso muslo y se quedó dormido.