Advertencias: Yaoi, Ooc ligero, lime, lenguaje grosero, fic parcialmente censurado para no infringir las normas de la página.

X

Por más tarde que se acostara, siempre dejaba la cortina abierta para que fuera la luz del amanecer lo que le despertara. Solía salir a correr, ducharse y luego irse al trabajo. Nunca dormía más de seis horas cuando estaba preparando una exhibición, el tiempo le era precioso.

Pero ese día no sintió la caricia cálida de la luz, la cortina estaba echada. Lo que le despertó fue el ruido – una carcajada varonil, ronca y escandalosa– y un punzante dolor de cabeza. Maldijo, odiaba despertarse así, a la fuerza, y más cuando estaba teniendo un buen sueño, aunque –la verdad– no recordaba de qué se trataba. Su gemido se intensificó. Tenía una resaca de los mil diablos: había dormido demasiado, giró la cabeza hacia el reloj y vio que era tarde… más de las doce. Maldijo de nuevo, aun podía ir a trabajar pero había perdido muchas horas.

Se forzó a levantase, trastabillando y medio a ciegas porque iba tallándose los ojos. Una sensación fría, húmeda y profundamente desagradable le hizo soltar un gruñido: había pisado la toalla que Aioria dejara sobre el suelo, sucia y mojada. La miró molesto, ¡qué mierda hacía eso allí!, la echó a un costado de un puntapié y aun medio dormido se metió a la ducha. Se quedó un largo rato bajo el chorro sin pensar en nada; hasta que el agua fría lo calmó y lo relajó, e incluso hizo que su resaca atenuara. Al salir se dio cuenta que no había una toalla disponible, no había metido una nueva y Aioria había usado la otra. Maldijo, se exprimió como pudo el cabello y la piel con los dedos y se resignó salir, mojando todo el suelo del cuarto; mascullaba entre dientes: odiaba ensuciar, para él la limpieza y el orden eran esenciales.

Sacó otra toalla del closet y se restregó el cabello con bronca. Volvió al baño para abrir el botiquín detrás del espejo y se tragó una aspirina con agua del grifo. Suspiró, cerró y se apoyó sobre el lavamanos, el dolor de cabeza estaba volviendo, se sentía fatal. No se miró al espejo.

Volvió a salir a la recamara y encontró el suelo mojado por el agua que se había escurrido de sí mismo. Su irritación estaba creciendo a pasos agigantados. Se dirigió al closet empotrado, él era bastante prolijo con su ropa ya que tenía poca, pero encontró que toda estaba mezclada, arrugada y descolocada, una vena de irritación golpeó su frente mientras buscaba algo de ropa limpia. Se vistió sólo con un pantalón elástico sintiendo la bilis subiendo por su estómago hasta su garganta y salió a la sala. Aioria estaba sentado con los pies cruzados arriba del sofá, viendo la televisión, de vez en cuando soltaba alguna carcajada mesurada y sin razonarlo se dio cuenta que debía haber sido algo verdaderamente gracioso lo que le hizo gritar para despertarlo. Sintió una punzada de dolor ante el ruido del aparato.

–Oye, sigues…

– ¡Sh!

Lo calló el otro, señalando el televisor, se estaba divirtiendo, no podía prestarle atención en esos momentos. Ángelo sintió la molestia subiendo por su esófago como ácido, tanto que le impidió hablar; necesitaba más agua, así que se dirigió a la cocina. Tan sólo un par de pasos adentro y su cara se puso roja del esfuerzo que tuvo que hacer para no gritar. Todos sus materiales estaban esparcidos, desacomodados, había trastes sucios, ¡comida!, ¡había comida en su cocina! Cogió el sartén, agarrándolo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y salió al living donde Aioria continuaba mirando la televisión con gesto divertido.

– ¡¿Qué mierda es esto?!

Le gritó blandiéndole el trasto frente los ojos.

Aioria se sorprendió por aquella reacción desmesurada y por eso no tuvo tiempo de ofenderse, le contestó lo primero que se le vino a la cabeza: la verdad.

–El desayuno.

Ángelo se trabó, así, sencillamente. No era bueno expresando su enojo y cuando su furia llegaba a lugares insospechados, sólo podía hacer eso, trabarse. No supo ni qué pensar. Le tendió el satén a Aioria –que lo cogió por reflejo– y sin decir ni una sílaba se metió de vuelta al dormitorio y azotó la puerta.

Ya adentro se dedicó a respirar a grandes bocanadas y rumió su disgusto rato muy largo. Cuando se calmó un poco se dio cuenta que se había atrincherado dentro de su propia habitación. Aioria en cambio se encogió de hombros, decidido a no pensar en esa escena tan rara y se puso a comer directamente del sartén, ¡vaya!, que si el italiano no quería desayunar él no iba a desperdiciar.

Poco a poco Ángelo fue controlándose sin embargo su enojo no mermó, había perdido ante el griego de nuevo y eso le cabreaba, decidió que eso no podía seguir así, que no podía tener miedo a explotar. Después de todo, estaba bastante justificado, el dolor en su cabeza era tremendo, había sido un disgustó encontrarlo allí en la mañana –odiaba compartir el lecho para dormir–; estaba en su propia casa y aquel tío le estaba tocando los cojones, lo iba a echar de allí y luego se iba a ir a trabajar.

Se decidió, tenía que decirle a Aioria que se fuera, le iba a gritar por todos los desastres que había hecho –se metió al baño por otra aspirina mientras iba planeando su discurso– lo iba a arrojar a la escalera y le iba a dar con la puerta en… levantó la vista y todos sus pensamientos se interrumpieron. Decir que se sorprendió es poco, había tantas marcas… en su pecho, ¡en su cuello! No iba a poder ocultarlas. ¿Cuándo había pasado eso? No recordaba que Aioria le hubiera hecho eso, así que ¿cuándo?

Sólo que hubiera sido mientras dormía… la idea lo enfureció, ese niñato había jugado con él, más que literalmente. Salió a zancadas de la recamara, tan violento que no podía consigo mismo. Lo movía la pura determinación.

Se paró entre Aioria y el televisor, con las manos echas puños y los dientes apretados; pero nuevamente, estaba tan furioso que no logró decir nada. El griego le dirigió una mirada de sorpresa, pero luego le sonrió con un brillo juguetón; chico ingenuo, creyó que la determinación de Ángelo era otra cosa, libido.

–Ya es otro día.

Dijo recordando sus palabras de la noche anterior.

El mayor le leyó la expresión al momento y le sudaron las manos. El chico quería sexo y lo quería ahora… justo cuando él estaba enojado, furioso y además seguía sin idea de qué debía hacer para complacerlo.

Miles de ideas cruzaron por su mente, en un torbellino rápido pero inútil, no se le ocurrió nada, sólo llegó a imaginarse –y en eso desperdició ese precioso tiempo– todo lo que le gustaría hacerle. Se imaginó su cuerpo grande y sudoroso, atado a la cama, amordazado, su mirada suplicante mientras le impedía moverse, o quejarse, o contradecirlo. Susurrarle cosas sucias al oído, darle una buena nalgada que dejara su carne roja y brillante… no, eso no iba. Supo que si lo intentaba siquiera aquel chico le respondería furioso y violento, verdaderamente enojado, alejándose para siempre.

Algo como un vahído le invadió el pecho al darse cuenta que no quería que se alejara, solo hacía un momento lo único que podía pensar era echarlo de su casa pero luego una mezcla de emociones contradictorias se apoderó de él y lo hicieron tomar al chico del cuello de la camiseta –su camiseta, se dio cuenta por fin –, lo obligó a hincarse sobre el sofá y lo jaló hacia si para besarlo de forma exigente y rabiosa.

Aioria fue como mantequilla en sus manos, dócil y manejable. Se acomodó de inmediato a su ritmo y se dejó ir. Sus lenguas no tardaron en tomar parte y se rozaban fogosas, no tardaron en aparecer también los dientes, mordiendo y chocando entre sí. Ángelo le subió la camiseta para masajearle rudamente el torso. Aioria gimió contra él, descontrolado por aquel arrebato súbito y agresivo. Aquello no era la chispa cálida que había experimentado antes, aquello era una explosión de lúbrica y pasión. Se sumergió en ella directamente.