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XI

Le jaló el cabello en un gesto descontrolado. Ángelo recibió la agresión sólo con un gruñido, ver a Aioria tan entregado lo irritó, un fuego subió por sus entrañas, tan físico que casi pudo escupirlo. Iba a tomar a ese chico, estaba seguro de eso, mas una pequeña parte de su mente –la que quedaba libe del enojo y la excitación– aun estaba buscando la mejor forma, no quería darle tiempo a Aioria para pensar, eso podría enfriarlo. No estaba seguro de cómo proceder para mantener en pie su chulería y como seguía enojado, quería descargarse de alguna forma que sacudiera al chico.

Se fue portando un poco más y más rudo, si el otro se enojaba ya no tendría que demostrarle nada quizá sería mejor sólo acabar con todo y volver a su tranquila vida de siempre. Pero Aioria no se enojó, desde la noche anterior había pensando qué podrían ser aquellas sorpresas que el otro le había prometido, había pensado en él, en volver a su cama, ya estaba achispado desde antes, y esas pequeñas durezas le tuvieron sin cuidado. Le excitó la brusquedad de Ángelo porque la confundió con desesperación.

–Ven.

Exigió el italiano y jalando su cintura lo hizo terminar de incorporarse, dar un paso al costado del sofá y luego sentarse sobre una de las gruesas coderas. Sin interrumpir el trabajo de su boca le abrió el cierre del pantalón y le bajó un poco la tela para acariciarle. Se separó con un chasquido húmedo y sin mayor preámbulo se dejó caer sobre sus rodillas, sosteniéndose de su cuerpo y hundió la cara sobre su cadera.

– ¡Oye! – llamó Aioria sintiendo una urgencia tremenda ante su acto – ¡No! ¿Qué vas a…? – su queja se apagó en un hondo jadeo. Se removió para tratar de quitárselo de encima, incluso le empujó los hombros. A pesar de su naturaleza entregada y cariñosa, le faltaba confianza y el nerviosismo le impelía a quitarse al otro hombre de encima.

Sin embargo Ángelo no le preguntó, ni se detuvo a ver si estaba de acuerdo. Dejó que su aliento lo estimulara antes de retirarse y acometer de nuevo. Aioria no trató de alejarlo más, comenzó a bufar y retorcerse, su cuerpo entero estaba tenso, no trató de acometer contra la garganta del mayor porque ni siquiera pensó en moverse; estaba fuera de sí, cogió mucho aire y se removió suavemente, tratando de escapar de aquella presión incómoda.

Finalmente Ángelo se lo permitió, aflojando los labios, mas no lo dejó ir para desatenderlo, si no para centrar su atención en una zona diferente. Le separó las rodillas y levantándole un poco el muslo pasó de largo, tocando a penas con su lengua una zona mucho más íntima.

Aioria gritó y se soltó a temblar. Aquello era… era… ni siquiera sabía qué era. Había pasado tan rápido que no había tenido tiempo de incomodarse ni ponerse tímido, ni siquiera de sentirse invadido; sólo sentía calidez y humedad: mil hormigas sobre su cuerpo y su cerebro licuándose. Se estremeció, era más de lo que podía soportar. Nunca le habían hecho algo así y se removió, bufando, casi hasta deslizarse fuera de la codera. No tenía forma de saberlo pero Ángelo era bueno, realmente bueno y estaba invirtiéndose a fondo, espoleado por su propia ira que lejos de desvanecerse, ardía intensamente, expresándose de aquella manera.

Se retiró a tiempo, dejándolo temblando y le sostuvo firmemente por detrás de las rodillas.

–Sostente.

Le ordenó, obligándolo a subir las piernas, que seguían trabadas con el pantalón de mezclilla, pues tenía los zapatos puestos. Lo hizo sacar lo más posible la cadera y colocar las piernas abiertas sobre sus hombros, quedándose en el pequeño espacio bajo él. Con la libertad que le daba el espacio, comenzó a moverse con toda la maestría que era capaz.

Aioria gritó , trató de alejarse, pero no tenía sostén y las manos de Ángelo lo forzaron a acercarse. El griego estaba tan fuera de sí que se mordió los labios con fiereza, intentando controlarse, sus brazos sostuvieron su propio peso sobre la codera y procuraba no mecerse para no caer. Sufrió una fuerte serie de estremecimientos que culminó en un placer tan fuerte lo hizo pensar que iba a desmayarse, su mirada nublada en un blanco resplandor aunque sus ojos estaban abiertos; sin embargo no se vino, aquella combinación fue tan extraña para él que terminó por quedarse quieto, completamente entregado a las artes del mayor.

Death en cambio se iba sintiéndose incómodo y vulnerable, había comenzado aquel ataque esperando causar una reacción diferente –de disgusto, quizá– y de nuevo todos sus esfuerzos por hacer actuar al chico de cierta manera fallaban irremediablemente. Su cabeza estaba rodeada por las piernas de Aioria, sus pantalones y su cadera. Había frustración en cada acto, hasta que finalmente no pudo con ello y tuvo que parar.

Apoyándose las piernas ajenas en un brazo se levantó y fue por rechazo que empujó a Aioria de los hombros hacia atrás, para obligarlo a alejarse, lánguidamente el mejor se dejó caer soltando, aliviado de tener un respiro ente todas aquellas sensaciones estremecedoras. Su cadera volvió a apoyarse del todo en la codera, sus piernas temblando en los brazos de Ángelo, y su cabeza hacia abajo, sobre los asientos. No era la posición más cómoda del mundo pero se rió, aquello era fantástico, se sentía cómodo y poderoso, confiado y atractivo, se apoyó en los codos para levantarse pero Ángelo lo empujó de nuevo.

–Recuéstate.

Le ordenó con tono soez. Sin importar nada de lo que había pasado antes verlo así le incitó; aquella posición tan sometida a él no pudo menos que encenderle. Su alma de artista temblando ante aquella estampa tan bella.

El menor lo hizo, apoyó de nuevo su peso sobre su nuca, con el resto del cuerpo hacia arriba, estiró las manos pero no alcanzó a tocar el cuerpo ajeno. De pronto se sintió tan expuesto, tan sensual al estar así sólo con su cadera desnuda, tan a la vista, apenas y podía esperar por más.