Capítulo 10
Ese alguien especial
-¡Lo hemos conseguido, querida, sí señor, volvemos a estar en lo más alto, y todo gracias a ti! Esos jodidos comunistas se lo pensarán dos veces antes de volver a inmiscuirse en el distrito.
-Sí, menos mal que ya ha acabado…
-¡Y tanto! ¡Brindemos por el éxito, que no se diga!
Un par de días tras el fin de Starlight, Gravelli me llamó para celebrar las buenas nuevas y, además, para comunicarme algo de vital importancia para mí, tal y como me lo puso él por teléfono cuando me llamó. Algo me decía que se trataba de esa valiosa información acerca de mi madre, por lo que no tardé casi nada en hacer acto de presencia en su casa, donde actualmente nos encontrábamos.
El hombre cogió dos alargadas copas y vertió una buena cantidad de champán Blêuter'd, pasándome una y quedándose él con la otra.
-¡Por el statu quo!-exclamó Gravelli, alzando la suya.
-Sí, eso mismo…
Brindamos rápidamente y le di un pequeño sorbo, aunque Gravelli dio buena cuenta de la copa bebiéndosela del tirón.
-¡Fuah! ¡Cómo sube, éste sí que es champán del bueno, lo estaba reservando para una ocasión especial, y ésta bien lo merece!
-No está mal, aunque soy más de whisky…
-Buen gusto, sí señor… pero bueno, hablemos de negocios…
Esa frase me puso en alerta, sabiendo entonces que por fin había llegado el momento y prestándole toda mi atención. Gravelli me miró con gesto agradecido, murmurando de seguido.
-La verdad es que has hecho muchísimo por nosotros, querida, sin ti todo esto hubiera sido mucho más complicado, pero aun así te comprometiste y cumpliste con tu palabra. Has mostrado una gran lealtad para con nosotros. Y creo que ya va siendo hora de recompensarte como es debido.
Por mi parte no dije nada, tan solo asentí con gesto mecánico, esperando la ansiada respuesta. El hombre comentó acto seguido.
-He conseguido averiguar ciertas cosas acerca de lo de tu madre… y creo saber quien estuvo detrás de lo que ocurrió aquella vez en Bohan.
-¿Quién fue?-inquirí de golpe, con gesto serio.
-La verdad es que no me esperaba para nada algo semejante por su parte, pero el muy cabrón lo hizo a nuestras espaldas, sin consultarnos siquiera…
-Entonces sí que fue alguien de la Comisión…-mascullé entre dientes, casi sin darme cuenta.
-Así es… espera ¿lo sabías?
-¿Eh? Ah, no, no… sólo lo intuía, eso es todo…-murmuré atropelladamente, tratando de ocultar como podía mi nerviosismo ante tan abrupta cagada.
-Entonces si lo intuías ¿por qué no…?
Por un momento el hombre se quedó callado, mirando hacia delante con un gesto difícil de discernir; por mi parte vi enseguida que empezaba a darse cuenta de la situación, por lo que traté de disculparme lo más rápidamente posible.
-A ver, señor Gravelli, se lo puedo explicar, estoy segura de que podrá comprenderlo… yo no…
Sin embargo no pude continuar, puesto que en ese mismo instante el hombre se tambaleó hacia atrás mientras se llevaba una mano al pecho, comenzando a temblar con fuerza. Antes de que se diese la costalada padre lo sostuve a tiempo, mientras exclamaba.
-¡Señor Gravelli! ¿Qué le ocurre? ¿Se encuentra bien?
El anciano me miró con un gesto lleno de miedo que, por un instante, me hizo comprender lo que le ocurría.
-No… ¡no! ¡Aguante, señor Gravelli!
Le ayudé a recostarse en el sillón más cercano y rápidamente hice mano de mi móvil, marcando el 911 y llamando a no más tardar.
-Hola, este es el servicio de emergencias de Liberty City, por favor marque en su teclado el servicio que requiera, ya sea uno para la policía, dos para los paramédicos o tres para los bomberos.
Cliqué dos enseguida, redirigiéndose la llamada rápidamente al centro médico más cercano.
-Buenos días, hospital de Lancet ¿qué necesita?
-¡Necesito una ambulancia lo más rápidamente posible en Bajo Easton, justo enfrente de la estación central de policía, dense prisa, por favor!
-De acuerdo, una ambulancia va de camino.
Tras eso ayudé a reincorporarse a Gravelli, el cual tenía la cara arrugada en un gesto de gran dolor.
-Aguante, señor Gravelli, ya viene la ayuda…
Por suerte no tardaron mucho en llegar, abriéndoles la puerta y atendiendo enseguida al anciano hombre, llevándoselo en camilla hasta la ambulancia.
-¡Presenta signos de infarto de miocardio agudo, practicando los primeros auxilios, necesita estabilización!
-¡Podremos hacerlo, al hospital con él!
-¡Vamos, vamos, vamos!
Tras eso se lo llevaron rápidamente y yo me quedé en la calle, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Por un lado me sentí aliviada, ya que después de todo Gravelli era un buen hombre, a su manera, y había estado a punto de ayudarme; pero por otro lado ardía de rabia, puesto que esa abrupta interrupción había tirado por tierra la oportunidad de averiguar más cosas sobre la muerte de mi madre.
Dado que la situación era complicada de por sí y sólo yo estaba al tanto, opté por llamar a María Valvona para explicarla lo ocurrido.
-Hola querida ¿llamabas por algo?-inquirió ella, yendo al grano.
-Sí, se trata de Gravelli, se lo acaban de llevar en una ambulancia.
-¿¡Qué?! ¿¡Qué ha ocurrido?!
-Le ha dado un infarto, por suerte estaba con él y he actuado deprisa.
-Oh, no, esto es malo… sabía que el pobre Jon estaba bajo mucha presión, después de todo se encuentra pendiente de juicio-reveló entonces la mujer para mi sorpresa.
-¿Pendiente de juicio?
-Sí, después de todo es quien es, de hecho fue arrestado un par de veces a principios de los noventa acusado de chantaje, intimidación, asesinato y obstrucción a la justicia, pero al final fue absuelto de los cargos, no sin estar pendiente de juicio. Pero ahora… esto es malo, muy malo…
-Supongo…
-Voy a tener que llevar las riendas de la Comisión, al menos de momento. Estaré en contacto, puede que necesite tu ayuda.
-Ah, pero espere un momento…
Sin embargo la mujer ya había colgado, dejándome con la miel en los labios y ciertamente preocupada por el hombre. La situación había desembocado en un punto muerto del que poco o nada se podía hacer por el momento, por lo que no tuve más remedio que retirarme a la espera de noticias. Personalmente era lo último que quería, puesto que el simple hecho de vivir se había convertido en un auténtico infierno para mí. Ya no me quedaba nada, excepto la venganza. Y la obtendría de alguna forma u otra. Costase lo que costase.
Los siguientes días pasaron anodinamente, por mi parte traté de distraerme de alguna forma volviendo a trabajar en el Triangle Club y sin volver a aparecer por el Honkers, ya que después de todo no me apetecía volver a ver a Pegorino y compañía. Allí todo parecía permanecer intacto, como si nada hubiera cambiado, y el volver a esa barra que tanto odiaba me dio cierto alivio que, aunque pareciera mentira, me ayudó a sobrellevar mejor los acontecimientos. Ya no me importaba cómo me pudieran mirar, o si los Trúnchez me pagaran una miseria, al menos no me daban ganas de tirarme por un puente.
Sin embargo, un buen día recibí la llamada de una extrañamente nerviosa María Valvona, la cual me citó a no más tardar en Pequeña Italia. Me planté allí enseguida, motivada sobre todo por saber más acerca de Gravelli, puesto que no había vuelto a saber nada más de él desde que aquella ambulancia se lo llevó.
Nada más llegar vi en el mismo restaurante a Ray Boccino, el cual me saludó al verme.
-Hey, hola Sunny, están arriba…
-¿Ocurre algo?
-Pues… será mejor que vayas a verlos.
Las palabras de Ray me dieron qué pensar, subiendo las escaleras rápidamente hasta llegar al último piso; tras las dobles puertas cerradas se podían oír las voces de los líderes discutiendo acaloradamente, llamando de seguido y oyendo a Valvona exclamar.
-¡Pasa, querida!
Nada más entrar vi que la susodicha se encontraba sentada en el sillón de Gravelli, mientras que los demás la miraban con ojillos recelosos; estaban todos, incluso me sorprendió ver allí a Giovanni Ancelotti, ya que la última vez ni siquiera estuvo presente.
-¿Quién te ha dado permiso para sentarte ahí? No tengas tanta cara, María, esto lo tendríamos que haber hablado entre todos…-la espetó en ese momento Ancelotti.
-Como bien ya sabéis, los Pavano somos los más poderosos por detrás de los Gambetti, por lo que es lógico que yo asuma de forma temporal el cargo de Jon hasta que se recupere…
Visto así tenía cierto sentido que hasta yo misma podía ver, sin embargo los demás no opinaron igual, saltando enseguida.
-¡Sí, hombre, porque tú lo digas! ¡Esto no se hace así, hay que hablarlo!-exclamó Harvey Noto.
-¡Se supone que esto es un grupo, tenemos que hablarlo como tal, no decidirlo así sin más!-insistió Lupisella.
-¡No pienso seguir siendo un segundón porque a ti te dé la gana, María, esto no es serio ni justo!-añadió Giovanni Ancelotti.
Antes de que la cosa fuera a más aproveché para preguntar.
-¿Y el señor Gravelli?
-Ingresado en el centro médico Schottler, en Broker, parece ser que allí le pueden atender mejor, tienen un ala especializada en tratamientos cardiológicos y pulmonares. Se encuentra estable bajo vigilancia intensiva, por ahora no se le puede visitar-explicó Valvona.
-¿Pero qué tiene exactamente?
-De todo, sufre del corazón desde hace años, pero resulta que además le han detectado un cáncer de pulmón, ya que desde siempre ha sido muy fumador. Ya sabía yo que esos puros le acabarían pasando factura…-explicó la mujer, con gesto preocupado.
-Sí, sí, pobre Jon, pero esto debe hablarse, María…-insistió Noto.
-Ese asiento te viene grande, María, estás ahí sólo por la oportunidad-murmuró en ese momento Lupisella, con gesto serio.
-¡Perdona, Mark, pero no te consiento que me hables con ese tono, además, si hablamos de competencia podría decir muchas cosas de ti!
-¿Ah, sí? ¿Que soy tonto? ¡Vamos, dímelo, venga, ten huevos, ovarios o lo que sea que tengas!
Antes de que Valvona pudiera responder, Noto trató de mediar.
-A ver, tranquilidad, vamos a hablarlo…
-¡Vale, hablemos, hablemos de cómo María ha decidido todo ella sola! ¿Quién te ha nombrado madre naturaleza y madre superiora a la vez?-inquirió Ancelotti.
-¡Tú mejor no hables, Giovanni, que no eres el más indicado!
A partir de ahí la disputa se comenzó a concretar y, sin pena ni gloria, les observé discutir viendo que no iban a ningún lado. Eran lo más parecido a pollos sin cabeza, y estaba claro que sin la dirección de Gravelli su futuro era un tanto cuestionable. Fue en un momento como ese cuando recordé las palabras de Starlight, viendo que tal vez sí que tenía razón después de todo.
Sin decir nada más me retiré sin que se dieran cuenta, viendo que mi presencia allí sobraba completamente. Abajo me reencontré con Ray, el cual al verme se dirigió a mí.
-¿Cómo ha ido, qué te han dicho?
Le miré sin pena ni gloria, sin saber si sentir o no pena por ese pobre diablo, hasta que finalmente murmuré.
-Ya no es de mi incumbencia.
Eso dejó al hombre un tanto extrañado, sin comprenderlo del todo, pero por mi parte no dije nada más y me fui de allí con las manos vacías. Estaba claro que ya no podía contar para nada con esos cuatro, lo que era irónico de por sí, puesto que uno de esos cuatro había sido el responsable de la muerte de mi madre, directa o indirectamente. La rabia bullía dentro de mí, podía notar cómo me encendía a pasos agigantados, mientras me entraban unas ganas terribles de volver allí y sacarles, aunque fuera a la fuerza, la información que necesitaba. No obstante en ese momento el sentido común se interpuso entre mí y mis deseos de venganza, viendo enseguida que sería un suicidio. Debía de haber otra forma. Aunque, por ahora, no se podía hacer nada más salvo esperar.
La siguiente semana transcurrió de manera lenta y pesada, como si el tiempo se hubiese frenado de forma extraña. Para mí todo parecía perder el sentido, y me había convertido en poco menos que una marioneta guiada por la nada misma. Mi existencia parecía reducirse en todo momento a ese mismo instante, en el que no había nada más excepto yo misma y mi deseo de venganza, probablemente la única cosa que aún me mantenía con vida. Ni siquiera el trabajo me aliviaba, llegando a un punto en el que comencé a odiarlo, decidiendo dejar de ir y reduciendo mi actividad a simples paseos por la ciudad a paso lento y mirando a la nada.
Aprovechaba esos paseos para tratar de buscar algún tipo de sentido a mi vida, pero por más que lo intentaba, nada surgía. Ni siquiera la paz y tranquilidad de Middle Park ayudaron en ese sentido, llegando a recorrerlo de cabo a rabo e incluso visitando el museo Libertonian alojado en el mismo parque, cosa que nunca antes había hecho. En su interior había exposiciones de todo tipo, destacando varias piezas del antiguo Egipto, heráldica e historia, aunque lo que más destacaba de todo eran los modelos a escala real de antiguos dinosaurios prehistóricos, entre ellos el del triceratops y el del puto tiranosaurio rex. Aun así ni eso me animó.
En uno de esos tantos paseos por el parque sin rumbo fijo me llegué a cruzar con un pequeño grupo escolar de quinceañeras, iba tan absorta que ni siquiera vi venir a una, la cual también iba de igual de absorta que yo, aunque la única diferencia es que ella iba leyendo. El golpe fue directo, la chica dejó caer el libro y el resto de sus cosas.
-¡Oh, no, lo siento, lo siento, iba distraída!
Por mi parte no dije nada, ni siquiera me molesté en ayudarla, tan solo me limité a observarla anodinamente con gesto vacío mientras que la chica ocultaba como podía una incipiente vergüenza asomándose a sus mejillas. Nuestras miradas se cruzaron por un momento, era una chica de ojos violetas y de pelo de igual color aunque algo más oscuro, con una franja algo más clara y otra rosada.
-¡Twilight, vamos!-exclamó en ese momento una voz un tanto alejada.
-¡Voy! Lo siento, lo siento…
La chica se alejó y la observé alejarse hasta rencontrarse con el grupo, aunque se mantuvo separada de los demás y volviendo a su lectura. Cerré los ojos con fuerza, tratando de desterrar esos pensamientos de mi mente y seguí caminando hacia ninguna parte.
Los paseos también se concretaban por las calles de mi distrito natal, Bohan, siendo algo más arriesgados en ese sentido, sobre todo por la noche, pero a esas alturas de mi existencia ya todo me daba igual. Sin embargo un buen día, mientras paseaba por Welham Parkway, una voz conocida me llegó a llamar.
-¿Sunset Shimmer?
Miré hacia mi derecha y vi a un hombre sentado en un banco cercano que me resultaba familiar.
-¿Sí?
-No sé si se acordará de mí, me ayudó una vez a escapar de la policía, soy Moe, Moe Schwartz…
El nombre saltó enseguida en mi memoria, murmurando de seguido.
-Ah, sí, el contable de los Lupisella…
-Exactamente.
-Oh, vaya, hola señor Schwartz… ¿Qué está haciendo aquí?-inquirí, sentándome junto a él.
-Descansando un poco, querida, seguir llevando las cuentas de la familia llega a ser especialmente agotador, ya que normalmente hay mucho que declarar…
-Oh, claro, la última vez le vi un tanto estresado…
-Y lo sigo estando, querida, lo sigo estando, pero después de todo este tiempo me lo tomo con mucha filosofía. Benjamin Franklin solía decir: Con la paciencia y la tranquilidad se logra todo… y algo más. Personalmente prefiero quedarme con ese algo más-explicó el hombre, con salero.
-Je, y quién no…
Nos quedamos callados por un momento mientras observábamos a la gente pasar, aunque en ese momento comenté.
-Hay algo que me llama la atención, señor Schwartz…
-¿Qué es, querida?
-Si lo que quería Lupisella era protegerle de la policía para que no le capturara ¿por qué le traería aquí, a este distrito? En tal caso le podría haber llevado a Alderney, allí la policía de Liberty City no tiene acción alguna.
Ante ese comentario el contable asintió con la cabeza, concordando conmigo en ese aspecto, aunque entonces murmuró.
-Sí, bueno, cualquier otro hubiera hecho eso mismo, aunque por lo poco que sé, los Lupisella tienen aquí como una especie de permiso para poder estar…
-Ah, sí, me explicaron al respecto, pero es un simple trámite por lo que me dijeron…
-¿Sí? el caso es que yo tengo entendido otra cosa completamente distinta…
Ese comentario me llamó extrañamente la atención, inquiriendo de seguido.
-¿Qué tenía usted entendido?
-Por lo que me dijeron, los Lupisella llegaron a hacer aquí un par de negocios con las bandas locales hace unos cuantos años atrás, nada muy serio, aunque uno de ellos llegó a salir mal o algo por el estilo…
Para entonces mis ojos estaban abiertos como platos, viendo entonces a qué se estaba refiriendo exactamente; fue entonces cuando inquirí con voz seria.
-¿Qué pasó exactamente?
-Eh… pues no estoy seguro, parece ser que trataron de interceptar un cargamento de algo, pero se metieron de lleno en un intercambio y la cosa acabó en un intenso tiroteo entre todos los bandos.
Algo en mi interior comenzó a borbotear, viendo enseguida que se trataba del mismo trato que salió mal en el cual mi madre perdió la vida; sintiéndome cada vez más y más esperanzada musité.
-¿Quién? ¿Quién autorizó eso?
-Pues… supongo que el mismo Mark Lupisella, aunque normalmente manda a sus hombres a hacer el trabajo sucio, su hombre de mayor confianza era también su mejor sicario, un hombre entrado en años pero bastante eficiente, que de hecho fue el mismo hombre que me estuvo protegiendo a mí durante un tiempo… ¿cómo se llamaba?
-Trate de recordarlo, por favor…
Moe Schwartz se frotó la frente con la mano derecha mientras trataba de recordar el tal ansiado nombre, llegando a comentar entre medias.
-¿Cómo era? Creo que se tuvo que retirar hace poco de circulación, por así decirlo, ya que había terminado un trabajito para Lupisella y necesitaba pasar desapercibido por un tiempo, puede que buscara asilo en Alderney, por lo que sé tiene sus contactos allí, pero no sé cuáles exactamente…
Mi cerebro comenzó entonces a trabajar a toda velocidad, juntando las piezas que el hombre me estaba proporcionando y quedándome cada vez más y más muerta conforme todo comenzaba a tomar forma. Fue entonces cuando recordé el último encargo de Pegorino, en el cual tuve que relocalizar a un contacto suyo. No… no podía ser posible.
-¡Honorato!-exclamó en ese momento Schwartz.
-¿Quién?
-¡Honorato, eso es, Sonny Honorato, el sicario de los Lupisella! Sí, lo recuerdo, es un hombre mayor, de unos sesenta y pico años, de pelo lacio y algo canoso, ojos oscuros y porte intimidante. Era muy seco, un hombre de pocas palabras, pero si le daba cuerda se soltaba y hablaba de forma muy elocuente y filosófica. Un tipo de lo más particular, me estuvo protegiendo durante una temporada y luego le mandaron ese trabajo que le obligó posteriormente a pasar desapercibido.
Para entonces estaba atónita, sin creerme lo que me estaba contando. Pero era así, ni más ni menos, era exactamente el mismo hombre que llevé aquella vez a Tudor en coche por encargo del mismísimo Pegorino. Ahora todo encajaba. Y no podía sentirme más inútil y estúpida tras eso. Lo había tenido justo detrás de mí aquella vez, al hombre que estaba buscando.
-Aunque ahora no sé dónde parará… ¿por qué te interesa tanto, a todo esto?
No dije nada al respecto, aunque en ese momento inquirí.
-¿Tiene por un casual alguna forma de contactar con él?
-Ah, sí, creo que aún conservo su número…
Lo buscó por un momento en su agenda del móvil hasta encontrarlo, pasándomelo y guardándomelo en la mía. Tras eso me levanté y murmuré.
-Muchísimas gracias, señor Schwartz, me ha ayudado lo que no está escrito.
-Oh, no ha sido nada, querida, después de todo me ayudaste a evadirme de la policía, ahora estamos en paz.
Me despedí rápidamente de él y me fui de allí, mirando fijamente al número del hombre que mató a mi madre. Ahora sí. Por fin cumpliría mi venganza. Mi corazón latía furiosamente en mi pecho, presa de unas ansias terribles de venganza, sintiéndome más motivada que nunca. Con manos temblorosas marqué el número y me llevé el móvil a la oreja mientras daba tono. Tras unos breves segundos de espera el hombre lo cogió.
-¿Dígame?
Esa misma tarde me encontraba en los antiguos muelles del norte de Bohan, una zona normalmente desierta y muy deprimida. Antiguamente allí era donde llegaban muchos barcos de mercancías provenientes de Upstate Liberty, bajando la rivera del Humboldt, que estuvieron operativos hasta finales de los años setenta, entrando rápidamente en decadencia y dejándose de usar en cuanto los muelles fueron movidos a la rivera este y oeste de Algonquin y Broker respectivamente. Era allí donde me había citado con Sonny Honorato haciéndome pasar por un contacto de los Lupisella, por suerte no me llegó a reconocer la voz, y hablé con él con tanta convicción y seriedad que al final la trola coló, quedando con él exactamente a las ocho de la tarde. El sol comenzaba a esconderse por el oeste, tiñendo las aguas del Humboldt de un color anaranjado cobre.
Por mi parte me encontraba particularmente nerviosa, ya que después de todo iba a encontrarme con el hombre que mató a mi madre. Tenía varias preguntas para él, pero mi objetivo seguía intacto e inamovible: vengarme de él. Quizás, sólo así, se acabaría mi sufrimiento.
Por otro lado estaba el hecho de que aún no había podido recabar información sobre la muerte de Flash, aunque todo apuntaba que había sido cosa de Francis McReary en colaboración con alguien más, pero estaba ya tan protegido que acercarse a él sería muy complicado. Sin embargo en ese momento tenía cosas más importantes entre manos.
Tras unos cuantos minutos más de espera oí unos pasos tras mis espaldas, al tiempo que una voz conocida se dirigía a mí.
-¿Es usted quien me llamó?
Cerré los ojos por un momento y los abrí con gesto decidido. Me di la vuelta y le miré de arriba abajo. Era el mismo hombre que recogí aquella vez en Alderney City, apenas había cambiado, aunque iba ataviado en una gabardina gris que le hacía pasar desapercibido. Me miró con sus ojillos oscuros, tratando de recordar dónde me había visto, pero yo me adelanté.
-¿Es usted Sonny Honorato?
-Sí… un momento ¿tú no eres la chica de los recados de Jimmy P? ¿Qué estás haciendo aquí?
Ante eso no dije nada, tan solo saqué una foto de mi bolsillo trasero de mis desgastados vaqueros y se la lancé mientras le preguntaba.
-¿Sabe quién es?
Extrañado, Honorato recogió la foto y la estuvo observando un buen rato hasta que finalmente murmuró.
-No me suena de nada… ¿debería?
La vena de mi sien palpitó con fuerza, requiriendo de todo mi autocontrol para no estallar, aunque en ese momento mascullé.
-Era mi madre… murió hace varios años durante un intercambio aquí en Bohan… ¿le suena de algo?
Fue en ese momento cuando Honorato esbozó un gesto rápido, comprendiendo de alguna forma lo que estaba ocurriendo y comentando de seguido.
-Oh, sí… recuerdo esa incursión. Ya veo, entonces… por eso estoy aquí…
Hubo un breve silencio en el cual nos miramos fijamente, yo con odio contenido y él con un gesto de circunstancia grabado en su cara. Finalmente le espeté.
-Usted mató a mi madre…
-¿Perdón?
-¡No se haga el tonto conmigo! ¡Usted la mató! ¡Interfirió en el trato y la mató!-mascullé, con furia.
Sin embargo, y para mi sorpresa, el hombre se rió por lo bajo, lo cual me sentó como un tiro en el estómago, musitando de seguido.
-¿Se ríe? ¿¡Se ríe, hijo de la grandísima puta?!
-Sí, sí me río, pero no por lo que tú te crees…
-¿Que no? ¿¡Cómo se atreve?! ¿¡Entonces por qué lo hace?!
Ante eso Honorato me miró con un gesto apenado que me tocó aún más la moral, murmurando de seguido mientras me devolvía la foto.
-Querida, tengo una triste noticia para ti: yo no maté a tu madre.
Esa frase me dejó del todo descolocada, sin saber muy bien a qué se refería y aumentando un poco más mis ansias asesinas, las cuales cada vez me resultaban más complicado mantenerlas a raya.
-¿Cómo que no? Fue usted, lo acaba de decir, estuvo allí…
-Sí, claro que estuve allí, pero ¿te piensas que fui yo solo? Éramos unos cuantos, doce para ser exactos, y sí, interrumpimos el trato, pero no fui el único que disparó estando allí. Podría haber sido cualquiera el que mató a tu madre, éramos muchos los involucrados, y las balas llovían hacia todas las direcciones. ¿Qué te esperabas? ¿Qué saliera ilesa de allí? No seas ingenua.
Sus palabras se clavaban en mí como dagas envenenadas, por una parte me negaba a creerle, pero por otro lado sabía que tenía algo de razón. Sin embargo el mismo detalle echaba por tierra mi única razón de ser hasta el momento, y me negaba a aceptar que toda mi búsqueda había sido en vano. Todo lo que había hecho, todo en lo que había creído, todo por lo que había luchado… desvanecido por una simple coincidencia fatal. No. Me negaba a aceptarlo.
-No… ¡no, no, no! ¡Fue usted! ¡Tal vez no fue usted quien la disparó, pero usted provocó el tiroteo, fue culpa suya!
-Ja ¿en serio me vas a echar la culpa sólo por eso? Tu madre tuvo la desgraciada suerte de estar en el momento y lugar menos apropiado, simple y llanamente. Simplemente acéptalo.
Sentía que mi cabeza estaba a punto de estallar. Como bien decía, podía aceptarlo. Pero para entonces no había margen de mejora. No había marcha atrás. Había llegado hasta allí. Y no pensaba retractarme.
-No… ¡fue usted, joder!-rugí entonces, sacando mi arma y apuntándole con ella.
Sin embargo Honorato no hizo nada por defenderse, tan solo se quedó ahí frente a mí, con los brazos a la espalda y mirándome con cara de circunstancia.
-Di lo que quieras, eso no cambiará nada. Estuve allí, sí, organicé el ataque, sí, pero es lo que es. No maté a tu madre. Probablemente debió de ser otra persona, que seguramente también estará muerta. ¿Has hecho todo esto para encontrarme sólo por eso? Pues permíteme decirte que has perdido un tiempo precioso. Siento lo de tu madre, supéralo, no puedes hacer otra cosa.
-No. No, no, se equivoca, sí que puedo hacer algo… puedo matarle aquí y ahora-musité, apuntando a su cabeza.
-¿Y qué cambiaría eso? Yo te lo digo: nada. Es inútil, puedes matarme si quieres, pero eso no hará que tu madre vuelva ni nada parecido.
Era una opción, realmente la era, pero a esas alturas ya no, no para mí. Había sido él, de alguna forma u otra. Y encima tenía la desfachatez de decirme que lo superara como si tal cosa. Tal cachaza y pasividad me tocó demasiado las narices hasta que estallé.
-¡Ya basta, no me trate con esa asquerosa condescendencia, no sabe nada de mí, nada! ¡Usted no sabe por lo que he pasado, todos estos años sin nadie que me apoyara, sin un hombro sobre el que llorar! ¡Usted me jodió la vida!-chillé, con lágrimas en los ojos.
-Sigue diciendo eso si quieres, los dos sabemos que no es verdad.
-¡Cállese!
-Es una pena realmente, pero sí, la vida es una perra, pensaba que ya lo sabrías a estas alturas. Lo siento.
-¡No, no lo siente, no siente nada, es usted un cabrón! ¡Voy a matarle!
-Pues vale.
-¡Lo voy a hacer, lo juro, voy a hacerlo!
-Pues venga ¿a qué esperas, a que diga unas palabras? ¿A que me arrepienta? No tengo nada de lo que arrepentirme.
Hubo un breve silencio en el que nos sostuvimos fijamente la mirada, yo con un gesto infinito de odio y él con esa cara de circunstancia que me ponía enferma. Grité con todas mis fuerzas y, entonces, disparé.
Sonny Honorato se desplomó hacia atrás, sin volverse a mover. Yo me quedé estática en esa pose, con el arma en alto y con las lágrimas aún en mis ojos, llegándose a desbordar en cuanto pestañee. Ya está. Lo había hecho. Había vengado a mi madre. Había terminado. Sin embargo no había paz en mi roto corazón. Se suponía que debía sentirme mejor, pero al contrario, me sentía aún peor. Muy en el fondo sabía que el hombre tenía razón. Y aun así lo había matado. Miré a mi arma hasta llegar a soltarla, cayendo de rodillas al suelo y mirando al cadáver de Honorato. Finalmente no pude más y lo solté.
Todo lo que no había llorado hasta el momento lo lloré en ese instante, entre otras cosas la muerte de Flash y mi inacción ante la misma, lo que me resultó aún más duro. Me reduje a un cúmulo de sollozos y gemidos incontrolables mientras me tapaba la cara con las manos, sintiéndome lo peor del mundo. No sé cuánto tiempo estuve así, pero en un momento dado, y tras calmarme, oí unos pasos acercándome a mí y levanté la mirada. Entonces lo vi.
Era un hombre alto y delgado, de facciones rectas que le conferían un aspecto arrollador. De ojos verdes y pelo moreno muy bien peinado, me miraba con cierto interés que no me pasó desapercibido, e iba impolutamente vestido, con un traje negro y una corbata verde que le hacía ver aún más intimidante si cabía. En ese mismo instante, se dirigió a mí con una profunda voz grave.
-He visto lo que has hecho. Esa furia, ese arrojo, esa frialdad… es justo lo que yo ando buscando.
-¿Quién… quién es usted?-inquirí yo, intimidada.
-¿Yo? Nadie en especial, simplemente alguien que busca a gente apropiada para un trabajo en concreto. Puedo darte todo lo que tú quieras, siempre y cuando hagas lo que yo te pida. Necesito a alguien que conozca bien el mundillo criminal en esta ciudad. Y creo que tú eres la indicada para este trabajo.
Aún algo acobardada murmuré.
-No… no sé… yo sólo quiero… olvidar…
-Conmigo no tendrás nada de lo que preocuparte, tendrás todo lo que quieras y más, podrás olvidar lo que quieras, dejar atrás todo lo que te atormenta. Tan solo necesito que me seas fiel. Y yo te recompensaré, y con creces, todo lo que hagas para mí. ¿Qué me dices? ¿Aceptas mi propuesta?-inquirió entonces el hombre, tendiéndome su mano.
Le miré entonces, no muy segura de todo esto, sin embargo había algo en su mirada que me hacía sentir de alguna forma segura, como si algo en sus ojos me dijera que no había nada de lo que temer. Finalmente le cogí su mano y me ayudó a levantarme mientras trataba de verme algo más presentable.
-Buena decisión. ¿Cómo te llamas, bonita?-inquirió entonces el hombre.
-Sunset… Sunset Shimmer…
A puntito de terminar, notas finales tras el epílogo.
