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XII

El mayor se estiró un poco sobre él, haciéndole doblar las rodillas para acercarse y subirle la camisa, a estirones, le pellizcó duramente y aunque Aioria se quejó no hizo nada por apartarlo. Eso volvió a disipar su enojo, allí, en ese momento podía hacer con el griego lo que quisiera, tenía una buena posición y no la iba a desperdiciar.

Le acarició despacio la cara interior de los muslos y soltó un gruñido socarrón al verlo retorcerse. Excitado, le acomodó las piernas por detrás de su propia cabeza, se inclinó un poco, le levantó la cadera –obligándolo a cargar todo su peso sobre el cuello y hombros– y sin más avisos volvió a utilizar la boca.

El menor se removió, intentó zafarse de sus pantalones pero estaban atascados en los zapatos; estaba muy sensible por todo lo anterior y el delirio no tardó en hacer presa de él pero no pudo disfrutar de aquello mucho tiempo, Ángelo volvió a incorporarse y contorsionándose, logró meter los brazos y los hombros en aquel espacio entre sus piernas, luego las bajó sobre su torso y dejándolo reposar sobre la codera alineó sus cuerpos.

Aioria supo de inmediato lo que iba a suceder y todos los vellos del cuerpo se le pusieron de punta, hacía tanto tiempo que no… gimió.

Ángelo apenas podía maniobrar en el pequeño espacio, no logró avanzar mucho, pues el chico estaba muy tenso, pero no esperó, comenzó el vaivén al ritmo rápido y devastador que a él le gustaba.

Aquello se tornó un poco dolorosa para ambos, debido a la posición, Aioria trató de levantarse, aprovechando la palanca que sus pies le proporcionaban sobre su compañero pero éste lo tiró de vuelta sobre el sofá.

– ¡Dios!

Se quejó, pero el otro ya había comenzado a moverse nuevamente. Se esforzó por relajarse y como estaba bien preparado, a pesar de que el movimiento le ardía no era desagradable. La estimulación era mucho más intensa de lo esperado. Su pecho estaba doloridos por el trato rudo de antes e incluso sus tobillos, atascados en su propio pantalón le resultaron una importante fuente de placer. Dejó de pensar y hundió los dedos en el tapizado del sofá para tener algo a que aferrarse.

Aioria gritó mientras rasguñaba su propio abdomen, apretaba las piernas sobre los costados de Ángelo hasta lastimarlo y movió la cabeza de un lado a otro, alucinado, trataba de apoyarse un poco, pero solo podía variar su peso de su cadera a su nuca, esas ondas también le proporcionaban placer, trató de sostenerse del respaldo pero Ángelo lo impidió dándole un palmazo en las manos, quería su peso sobre su nuca. Aioria no se quejó, apenas y podía pensar, menos logar un comentario coherente.

El italiano usaba ambas manos para sostenerlo, para que no resbalara fuera del sillón, que traqueteaba por la presión y el movimiento. Sus rodillas dobladas para dejarlo a la altura y para darse impulso.

No le importó que sólo parte de su cuerpo estuviera en contacto con el otro, viendo su cara había olvidado por completo toda su negatividad y estaba gozando locamente por hacerlo suyo. Se movió con más fuerza y más rápido pero no le hizo daño, sentía la tensión en el cuerpo del menor, como aumentaba la rigidez en sus piernas que apretaban dolorosamente su cintura. Podía sentir su propia ropa empapándose de sudor, sus piernas temblar, anunciando un final inminente y se movió aun más rápido, totalmente fuera de sí.

Aioria gritó –literalmente gritó – y tembló con más fuerza, débil y turbado. Más que su fuerte estremecimiento, fue ese sutil temblor posterior el que hizo terminar a Ángelo, se dejó contagiar de aquella sensación febril, ardorosa y divina.

Una parte de sí pensó en salir de inmediato –como solía hacer siempre– pero en ese momento su mente se volcó y se dejó ir a la ola de pasión y placer que le recorría. Fue una suerte, porque Aioria lo sintió palpitar dentro de sí y eso le provocó la misma sensación de antes, un fuerte temblor de emoción en todo el cuerpo, que lo hizo alcanzar la cima nuevamente. El segundo orgasmo los sorprendió a ambos, duro y exigente. Ángelo tuvo que esforzarse para no dejarse caer de rodillas. Usó toda su fuerza de voluntad para mantenerse de pie, sosteniendo a Aioria dentro de la codera. Se miraron fijamente a los ojos y el menor supo que a ese hombre no iba a poder soltarlo. Aquello había sido fantástico.

Ambos volvieron a jadear, cuando una tercera ola recorrió sus cuerpos y los forzó a cerrar los ojos. Ninguno había conocido una sensación como esa.