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XIII
Ángelo tardó mucho tiempo en recuperar el aliento y en poder fijar la vista de nuevo, sentía temblar las piernas, tuvo que sacudirlas una por una antes de atreverse a soltar la cadera ajena: le había dejado las marcas de sus dedos y se iban tornando violetas por momentos; eso estaba bien, se dijo, compensaba las que el otro le había hecho en el cuello. Al principio no encontró como quitárselo de encima, el menor yacía lánguido en el sillón como perdido del mundo, suspirando y jadeando complacido, como la criatura más satisfecha de la tierra.
Se giró un poco y batalló bastante con el pantalón para poder sacarle los zapatos. Cuando finalmente logró liberarle una pierna, Aioria soltó un suspiro y se deslizó completamente dentro del sillón, bajando finalmente su cadera, era un mueble realmente pequeño pero cabía recostado así, con las rodillas sobre una codera y su coronilla sobre la otra. Ángelo dio unos pasos vacilantes, una parte de él quería recostarse y disfrutar la agradable sensación en su cuerpo pero dudaba poder caminar hasta la recamara.
Finalmente decidió sentarse también en el sillón –en el hueco que dejaba la cintura del griego– estaba realmente hecho polvo luego de la borrachera, la mala noche en la que no había podido descansar –seguramente porque habían compartido la cama– y por la resaca.
Aioria le enredó los brazos en el talle, tardó un buen rato en volver a coger el ritmo de su respiración, y todo el tiempo estuvo concentrado en la respiración del otro, tan agitada como la suya. No sacaba de su cabeza la imagen de Ángelo erguido sobre él, mirándolo con pasión… era una imagen que no quería olvidar en la vida. Su corazón latió mal al darse cuenta de que un sentimiento fuerte y poderoso –al que no se atrevió a ponerle nombre– iba dominándolo. Se removió resintiendo el esfuerzo en su cuello, que antes había soportado todo su peso y ahora se doblaba contra la codera, para dar cabida a sus cuerpos.
Volvió a agitarse, aprovechando sus piernas libres para empujarse el otro zapato hasta quitárselo, junto con el pantalón y la ropa interior, se sintió extrañamente avergonzado de tener sólo la parte inferior descubierta, así que se incorporó un poco para quitarse también la camiseta, totalmente desnudo se sintió menos expuesto. Luego volvió a recostarse y a abrazarle un poco la cintura al mayor, que apoyando los codos en las rodillas se dedicaba a respirar, medio abstraído.
Estuvieron así un rato muy largo, hundidos en sus propias impresiones; Ángelo fue recuperando la cabeza fría y pensó que tenía que ir a trabajar, pero dudaba poder hacerlo, iba a quedarse dormido de un momento a otro. Tuvo el impulso de mandar al diablo al muchacho ahora que estaban a mano, especialmente antes de que soltara algún comentario sobre lo ocurrido. Había sido fantástico sin embargo comenzaba a sentir un cierto nerviosismo por lo que el otro pudiera decir.
Trató de removerse, pero Aioria apretó su abrazo en torno a él y girándose le acunó el rostro en las costillas.
–Hey, eso fue… – dudó y al mayor casi le dio un infarto.
Para Ángelo había sido muy intenso, había liberado toda su frustración, todas sus dudas, se sentía pleno y bien, pero sabía que si el muchacho decía alguna crítica iba a sentirse mucho peor que antes.
–…muy– continúo Aioria y su voz era tímida y bajita – muy bueno – dijo finalmente a viva voz, superando ese instante de apocamiento – ¡eres tan bueno!
Y elevándose le atrapó el cuello en un beso apasionado que le dejaría marcas. Ángelo suspiró aliviado. Su ego estaba resarcido luego de todos los pisotones que el griego le había dado y podía volver a tenerle paciencia. Se acomodaron sentados – dos hombres tan grandes no cabían de otra forma en un sillón de dos plazas – y continuaron por un rato largo con caricias menores, mientras sus mentes se iban relajando más cada vez.
–Tan bueno… – continuó murmurando Aioria, rememorando lo recién sucedido y relajándose, hasta quedarse dormido contra el cuerpo de Ángelo, éste no cabía en sí de orgullo, finalmente había podido sacarse toda la preocupación de la cabeza, había hecho lo que había prometido y ya no tenía presiones sobre sí; mucho de su nerviosismo y su agresividad eran sencillamente que se sentía en desventaja y presionado; olvidado eso, lo demás ya no le molestaba. ¡Le había dado al muchacho una lección! Incluso se lo había hecho sin condón.
Su felicidad se acabó allí.
No había usado condón. ¿Por qué? Siempre utilizaba, jamás se arriesgaba cuando se trataba de sexo, estaba totalmente sorprendido por su propio descuido. Aturdido, trató de recordar: la primera vez, cuando Aioria le había tomado a él, ¿había usado? Sí, lo había hecho, él mismo se lo había dado… no sabía si el chico tendría alguna cosa aunque lo había visto bien de cerca y su cuerpo se veía saludable; se avergonzó de sí mismo por pensar así, Aioria había tenido cuidado y él no. Él mismo, ¿tendría alguna cosa? De seguro ni todos los dioses sabían, solía tener sexo casual, y algunos de sus compañeros de cama también y hacía mucho que no se hacía los exámenes. Siempre usaba protección, sin falta, ¿qué le había sucedido para no hacerlo ésta vez?
Le frustró mucho que justo en ese momento –que debería haber sido de satisfacción– le atacara una idea tan estúpida. ¿A él qué diablos le importaba? Si en una movida se había infectado de alguna porquería era tarde, ya lo tenía… y si había contagiado a Aioria – que se había dormido sobre su hombro, confiado, con la cara más feliz del mundo –… ¡maldición! Pero el muchacho tampoco había preguntado; claro, hubiera sido de lo más absurdo que le saliera con eso de "oye no tienes nada raro, ¿verdad?" treinta segundos antes de tener sexo.
Se levantó de golpe, sin importarle si lo despertaba, debería ser aquel quien estuviera nervioso y asustado, quien se enojara, quien estuviera inquieto. Pero Aioria sólo lo miró con sorpresa, sin comprender para nada la mirada fiera que Ángelo le mandó, lo interpretó más bien como un "ya ves de lo que soy capaz" o algo así; así que con una sonrisa se tendió de nuevo sobre el sillón y siguió durmiendo.
Ángelo se quedó pasmado al verlo tan jodidamente tranquilo. Había querido hacerlo despertar, no sólo por su propia intranquilidad, sino porque el sexo bueno y seguido de caricias tiernas se merecía un mejor final que ese, pero al otro no pareció importarle nada. Y ahora se sintió –además– utilizado, como si hubiera sido importante para Aioria sólo mientras lo hacían y finalizado todo, no le interesara para nada.
Desbocado, se metió a su propia habitación y lo dejó allí, desnudo y descubierto, pero Aioria estaba tan satisfecho y cansado que no escuchó el portazo.
