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XIV
Cuando despertó no supo bien dónde estaba, pero se sentía dolorido: tenía los muslos tensos y el cuello hecho nudos, además su nariz estaba mormada, posiblemente resfriado por dormir húmedo, desnudo y al descubierto. Fuera de eso se sentía de maravilla, con todo el cuerpo pleno y bien utilizado, como si hubiera exprimido todo su potencial físico y la vida hubiera cobrado color y forma.
No había dormido demasiado, una o dos horas y el trajín en la cocina fue lo que lo despertó.
Se sintió molesto por la sensación reseca y pegajosa en su cuerpo, así que sin consultar, se dirigió directo a la recamara para limpiarse un poco, utilizando una toalla húmeda, propiedad de su anfitrión; del cual volvió a ponerse su ropa sin preguntar, luego siguió el ruido y se metió a la cocina donde podía adivinarlo.
El mayor se había bañado, se había vestido y peinado, había lavado los platos, limpiado la barra y estaba reacomodando aquellas piedras barrosas que tenía por montones.
– ¿Qué haces? – preguntó en medio de un bostezo, mesándose el cabello.
El italiano gruñó, ignorándolo. Aun tenía que ir a trabajar, tenía que hacerlo, la ansiedad se lo comía por seguir allí pero no podía dejar su apartamento en ese estado, sencillamente no podía, tenía necesidad por el orden. Le habían vuelto las ganas de echar al griego al reencontrarse con el desastre en la cocina y optó por no responderle, lo habría hecho con una grosería.
Aioria no se ofendió por su silencio, se sentó sobre la barra con su natural chulería, mirándolo curioso y seductor.
– ¿Qué haces con toda esa tierra?
Ángelo bufó, francamente indignado, ese comentario era imposible que lo ignorara.
– ¡No es tierra! ¡Es arcilla! Y no vuelvas a moverla, ¡¿me oyes?! Son todas diferentes y no tienen que mezclarse ¡así que mantén tus manos lejos!
Jadeó un poco al terminar pero al menos había podido expresar su ira mucho mejor que antes. Aioria se quedó pasmado todo un minuto, no entendió cómo el otro podía estar tan enojado por una cosa tan tonta como ese lodo pero luego se rió, aquello le parecía un berrinche.
–Sí que te lo tomas enserio, ¿para qué quieres el barro de todas formas?
Ángelo apretó los dientes con tanta fuerza que le volvió a doler la cabeza.
– ¡Arcilla! –corrigió acalorado – ¡Es arcilla! ¡Me largo al taller, así que ya vete!
El griego no se inmutó por ser echado así, en realidad apenas y se dio cuenta. Estaba perdido en otras palabras, aquella pieza de información sobre la que se había preocupado la noche anterior.
– ¿Taller? ¿Taller y arcilla? ¿Eres artesano?
Hizo una mueca ante la palabra como si le hubieran picado con una aguja. Se limpió las manos terrosas en una franela y girándose para enfrentarlo le miró con mala cara.
–Artista – puntualizó con retintín.
–Debes ser realmente bueno – soltó Aioria con su aire infantil pero con mucha seguridad y determinación en la voz. Ángelo se quedó más que pasmado. Había conocido algunas personas que admiraban y apreciaban su trabajo sin saber nada de arte; aquel chico estudiaba contaduría y eso lo ponía en esa esfera –de no saber nada– pero que admirara su trabajo sin siquiera verlo era sencillamente demasiado.
– ¡Tú que vas a saber!, –reprendió– y ya vete, que tengo que irme a trabajar.
Aioria asintió, emocionado. Un artista, un alma sensible y expresiva, no le cuadraba nada al rudo y serio muchacho, tenía que saber más al respecto. Saltó de la barra, su piel seguía húmeda, llevaba el cabello despeinado y la sonrisa satisfecha.
– ¡Yo voy contigo!
Hasta allí, Ángelo había podido expresarse pero no más, de nuevo volvió a trabarse de tan enojado que estaba porque ese tipo lo pasara a llevar y además con ese aire de infantil inocencia.
–Quiero verte trabajar.
Lo dijo con un tono sensual, mientras se pegaba a él y le dejaba un beso en el cuello. Apenas y se había limpiado un poco luego de su encuentro y el aroma a sudor y sexo impregnado en su piel embotó los sentidos de Ángelo, que no pudo negarse, al contrario lo apretó fuerte entre sus brazos, a ese beso en el cuello le siguió uno en los labios y se agarraron con firmeza, a punto estuvieron de echar otro polvo en la cocina. Pero el italiano de verdad tenía que llegar al taller.
El viaje fue en silencio, era ya media tarde y el autobús estaba tan lleno que ellos iban en la escalerilla, sus cuerpos totalmente pegados. Aioria se sostenía de las barras de metal con una sola mano mientras que la otra la tenía sobre la del italiano y le hacía carias en una forma más bien infantil aunque provocativa.
Ángelo se alegró de que el murmullo de la gente fuera tan alto que no les permitiera decir nada, seguía mosqueado con el asunto del condón y no dejaba fluir las cosas. Durante el viaje se dedicó a pensar en todos los encuentros sexuales que había tenido desde la última vez que se hiciera los exámenes pero habían sido muchos para recordarlos todos.
El taller no estaba demasiado lejos de su casa y cuando finalmente bajaron Ángelo había pasado de preocuparse por aquel detalle a preocuparse el tiempo límite para su exposición. Caminaron unas cuantas calles y finalmente se detuvo ante un amplio portón vetusto y negro. El italiano fue directamente a abrir la puerta, que no estaba asegurada; al tomar la aldaba el portón se abrió desde dentro, dando paso a otra persona que chocó de frente con él.
Ante aquella inesperada presencia Ángelo gruñó con cansancio. Aioria sin embargo se sintió impresionado y confundido. La persona frente a él era joven, el cabello largo y muy rubio le caía en amplios rizos alrededor de una cara extraordinariamente bella, maquillada en un estilo sobrio que resaltaba sus ojos azules y profundos. Llevaba la boca de un carmín muy vivo y soltó una sonrisa.
– ¡Death! Ya iba a cerrar, creíamos que hoy no vendrías.
Aioria se fijó en su indumentaria: era elegante pero ambigua, el pantalón entallado delineaba unas piernas largas y atléticas que terminaban en unos botines de tacón cuadrado, ni masculinos ni femeninos. La blusa –casi parecía una túnica– de corte cuadrado resaltaba sus clavículas y disimulaba sus hombros, la tela era vaporosa y le desdibujaba el pecho y los fuertes brazos, se cerraba sobre la delgada cintura con una cadenita plateada.
– ¿Ya te vas, Afrodita?
Era una imagen hermosa, pero también confusa, porque aquella persona era tan alta como él –casi los dos metros– y además era fuerte. Era esbelta pero se adivinaban unos hombros anchos y unos brazos musculosos. Sin embargo llevaba pulseras sueltas y las uñas pintadas. Aioria pensó que aquello debía ser una de esas mujeres que viven en el gimnasio… fisicoculturistas, se dijo, al recordar la palabra.
–Ya. Debo ir al trabajo, todos tienen algo hoy, el lugar es tuyo pero volveré en la noche.
Se fijó en la voz también, era elegante y masculina. Durante aquel breve diálogo Aioria le había estado mirando fijamente, hasta el punto del descaro, con una expresión que revelaba su sorpresa pues se iba dando cuenta de que aquella persona no era ninguna mujer con esteroides, sino un hombre. Se sintió incómodo al reconocer que a pesar de la ropa de mujer y el maquillaje era extraordinariamente atractivo. Incluso su voz tenía una cualidad incitante, era muy ronca, como alguien que hubiera gritado mucho, quizá de pasión… se sonrojó por sus propios pensamientos.
Afrodita se giró para enfrentarlo, molesto por su mirada insistente. A él no le sonrió con alegría ni coquetería, como había hecho con el italiano; había cierta hostilidad en su mirada, un cierto aire despectivo. Lo barrió con la mirada y sustrajo toda su imagen, desde los zapatos aun boleados hasta la camisa que reconoció perfectamente como prestada. Luego volvió la cara hacia Ángelo con una expresión mucho más amable.
–Luego me presentas a tu amigo.
Había cierto tono insinuante en su voz que hizo que Aioria se sintiera irritado pero no pudo decir nada porque el otro ya se estaba inclinando sobre Ángelo para dejarle en la mejilla la marca pintada de un beso; aunque éste se limpió de inmediato –de forma automática– el griego sintió un nudo en el estómago. Luego miró al otro irse acera arriba con el repiqueteo de sus botines de tacón y balanceando su cabellera en un ondear agradable y coqueto.
– ¿Quién era ese? – preguntó Aioria con voz baja mirándolo con mala cara, ofendido y celoso.
–Afrodita–dijo sin darle importancia– es uno de los chicos con los que comparto el taller.
Había desapasionamiento en su voz, incluso molestia y eso calmó al menor, no quería ponerse suspicaz así que recapituló en otra cosa.
–Te dijo… algo. ¿Cómo… cómo fue que te llamó?
Ángelo rió, no se había fijado cuando el otro lo hizo pero encontró gracioso y agradable que lo hubiera hecho frente al griego; negando con la cabeza empujó el portón metálico y le hizo una seña para que entrara al lugar. Atravesaron un pasillito escueto y mal iluminado, luego entraron a una sala y el cambio de luces los cegó por un momento.
