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XV

Parpadeó rápidamente para obligar a sus pupilas a acostumbrarse a la luz y miró el lugar. Era una única estancia, grande, amplia e intensamente iluminada por amplios ventanales en las tres paredes que daban a un jardín amplio y muy descuidado que chocaba contra un muro que rodeaba todo. El aire estaba impregnado de una mezcla fuerte pero agradable de pintura, aserrín, barro y perfume. El lugar estaba lleno de cosas que al principio Aioria no reconoció, cuando pudo enfocar del todo la vista se dio cuenta que había conjuntos, pequeños espacios de trabajo al rededor de múltiples mesas, había caballetes con pinturas a medio hacer, esculturas, orfebrería, tallas de madera, platería, arcilla… las formas eran distintas y caprichosas.

Ángelo se encendió un cigarrillo mientras dejaba que se hiciera una idea, luego le puso la mano en el hombro y lo guió a una de las áreas de trabajo, había mucha variedad en las técnicas utilizadas allí pero todo tenía un punto en común: todo versaba sobre cadáveres.

–Este es mi trabajo.

Lo acercó a una pintura en específico, que estaba recién terminada, mostraba el torso de un hombre anciano, medio descarnado y desdentado, en una expresión de horror y sufrimiento. Había algo muy expresivo en su mirada y su gesto y casi podía escucharse el grito contenido. Le señaló el borde de una pintura, donde podía leerse "Death Mask" como firma.

–Ese es el seudónimo con el que firmo. Ese soy yo.

Aioria le dirigió una mirada llena de impresión, estar frente a aquel cuadro lo hizo sentir algo incómodo, como estar frente a la pesadilla de otra persona. Carraspeó y se forzó a hablar:

– ¿Death Mask? ¿Máscara muerta?

Dio una calada a su cigarro, disfrutando un poco de la consternación ajena, sabía que su arte no era del todo agradable, que solía causar rechazo; pero eso estaba bien, inquietaba y producía malestar, pero les emocionaba.

–Máscara de muerte – corrigió – empezó por éstas.

Le arrastró un poco, para que mirara sobe una de las mesas laterales; él suspiró, más sorprendido; sobre la mesa había una colección de máscaras: eran todas distintas, no sólo la expresión y el tamaño sino los materiales, había talladas en madera, en coco, en barro, unas pocas eran de plata, incluso había un par de yeso que se apreciaban muy frágiles. Se fijo más en las expresiones, la mayoría estaban sufriendo pero otras reían en una mueca sardónica que le puso los pelos de punta. Escondió la cabeza en su propio pecho y se fijó en la imagen que portaba la camiseta que llevaba puesta.

– ¿Tu dibujaste esto también?

Ángelo asintió y seguía fumando, podía ver la piel enchinada en los brazos del griego y el nerviosismo en el fondo de sus ojos. Aioria pensó que era lo primero que había visto de él, la imagen estampada en su playera cuando chocaron en el metro. Volvió a acercarse a la pintura y la miró largo rato; al principio le había parecido sangrienta y desagradable, pero a fuerza de mirar se fue dando cuenta del uso del color, la luz y el relieve; aún más, se contagió de su sentimiento, de la sensación de dolor, intranquilidad y crueldad que trasmitía la pintura. Quiso apartar la vista pero se forzó a no hacerlo y el sentimiento cambió: ya no le transmitía horror ni morbo sino una dulce melancolía. Era una pintura viva, dolorosa.

–Es… es buena –murmuró.

Ángelo gruñó, no se había perdido nada en la reacción de Aioria pues había estado escrutándole la expresión con el rabillo del ojo y visto la trasparencia cambiante de sus emociones al admirar su trabajo.

–Bah, tú no sabes nada de arte como para decir eso.

Aquello era un insulto pero Aioria se encogió de hombros, por más que fuera un insulto también era verdad.

–Sí, ya sé. Pero a mí me parece buena.

Hubo un momento de silencio enrarecido entre ellos y pasó la vista por la estancia, mirando los trabajos de los demás.

– ¿Qué es eso?

Preguntó acercándose a una pieza rara, tridimensional; parecía tejida con hilos de alambre y formaba un espectro abstracto pero hermoso que se movía y destilaba con la luz.

–Ese es el trabajo de Afrodita.

Hizo un mohín. No le había gustado aquel travesti, tan provocativo con el mayor y tan despectivo con él; de pronto le volvieron los celos, no le gustó pensar en esos dos encerrados allí, trabajando juntos donde había tantas mesas, sillas y pasto donde pudieran tumbarse juntos. Sabía que no tenía derechos sobre Ángelo pero la sensación de posesividad le burbujeó el estomago automáticamente, en especial porque aquel trabajo era bueno, era original, estético y brillante; tanto que lo hizo sentir en desventaja.

– ¿Tú y Afrodita…? –dejó la pregunta al aire, arrepentido de haber dejado vislumbrar su molestia, pero ya no podía evitarlo.

Ángelo ya había comenzado a abrir los tubos de pintura acrílica y a alinearlos en la barra de un caballete a medio pintar cuando lo escuchó, tuvo que controlarse para no apretar el que llevaba entre los dedos.

– ¡Afrodita y yo nada! – exclamó, molesto por la implicación, tan concentrado estaba en los planes para su arte que no se dio cuenta de los celos del otro, pues si lo hubiera hecho le habría contestado con "¡qué coño te importa!" pero como estaba ocupado fue más instintivo y le dijo– Afrodita podrá parecer un maruja pero no le van los hombres.

La cara del menor pasó por varias etapas, de la incredulidad al enojo, luego a la risa y finalmente a la incredulidad de nuevo, aquel chiste tenía que ser eso justamente: un chiste.

–Juegas, ¿verdad?

La cara de Death reflejaba fastidio, torció los ojos hacia atrás, pensando y deliberando consigo mismo un poco. Pensó en decir muchas cosas, todas desagradables pero al final sólo logró escupir la verdad.

–No. Ya lo viste, admira tanto a las mujeres que se viste como una, pero no le interesan para nada los hombres.

Aioria no quitó la incredulidad de su semblante.

– ¿Se tira con mujeres?

Ángelo rió, esa idea era aún más absurda. No era asunto suyo decir esas cosas pero tampoco era un secreto, así que continuó:

–No. Afrodita no se tira a nadie. Es autosexual, dice que siempre se la pasa mejor solo que con cualquier otro pendejo. ¿Ya?

–Ya.

Dijo Aioria mas apocado, se estaba inmiscuyendo en la vida de un tipo que no conocía de nada sólo por celos y por haberse sentido ofendido; todo de forma innecesaria, si Ángelo decía que entre ellos no pasaba nada tendría que creerle, además que él no tenía ningún derecho.

Se quedó callado por un rato, viendo como aquel Death Mask se colocaba un batín para cubrirse la ropa e iba mezclando colores en la paleta, preparándose.

–Ahora déjame trabajar, tengo que terminar dos cuadros más, tendremos una exposición en unos meses.

Aioria asintió, sin ganas, aunque de todas formas tenía que ir a casa y hacer su tarea… no quería. Lo que quería quedarse y echar un polvo en el taller, para que quedara oliendo a él y el otro tipo supiera que el territorio era suyo, pero había interpretado la indiferencia de Death como rechazo –justamente – y sabía que tenía que irse. Sin embargo, quiso alargarlo un poco más.

– ¿Estuviste en la Academia Nacional de arte?

Preguntó mientras tonteaba con su maletín, como yéndose pero sin hacerlo. Ángelo bufó. No iba a comenzar a pintar hasta que el otro se fuera, y se estaba retrasando aun más; pero la pregunta en si misma era un insulto. La Academia Nacional era la mejor universidad, la más prestigiosa y la más cara; de seguro que el chico estudiaba contaduría allí; pero él no había aprendido arte en ese lugar.

–No. En la local.

Aioria hizo un mohín y se giró a ver si hablaba en serio, esa escuela era una burla, sus estudiantes eran conocidos por ser un grupillo de yonkis de poca monta sin esperanza. Ángelo percibió el gesto y se irritó; muchas veces había tenido que aguantar esa mierda de segregación. Azotó la paleta en una de las mesas, se acercó a Aioria, lo cogió del hombro y lo hizo avanzar hasta una pared, girándolo para que enfrentara a una escultura que yacía terminada. Estaba tallada de una sola pieza, a mano, era un hombre con el cuerpo torcido, en partes no tenía piel, se apreciaba la estructura del músculo y del hueso, con una gran continuidad. Era de madera veteada y estaba trabajada de tal manera que las partes más rojizas eran las descarnadas lo que le daba no solo relieve sino también color.

–Estuve un tiempo en la Nacional de medicina – Aioria lo miró asombrado pero él no se dejó interrumpir –. En el primer año te hacen ir al anfiteatro, te prueban para ver si tienes el estómago. Algunos vomitan, la mayoría se ríe… yo lo encontré hermoso. La estética de la forma –pasó la punta de sus dedos sobre la mandíbula de la estatua, abierta y sin base – la función de cada ligamento –señaló los del cuello–, la estructura de cada músculo.

Tragó un nudo de emoción en su garganta y se giró hacia el griego que lo miraba muy atento.

–La conformación anatómica del hombre tiene una perfección y una exquisitez que pocos comprenden. Hay forma y fuerza, estética. Fui el mejor en esa clase –hubo una nota de orgullo en su voz–. Me gustaba cortar y mirar, disecar cada parte, cada…. Esencia – estaba realmente emocionado a pesar suyo – así que cuando todo se volvió teórico y aburrido, mandé la Nacional al carajo y me vine a la pública de arte. Mis viejos estaban como locos, se negaron a pagar las cuotas –se encogió de hombros–. No todos somos niños mimados, yo trabajo para ganarme las cosas.

Aioria había sentido que a su corazón le faltaban latidos al oírlo hablar, era la primera vez que hablaban de algo serio y personal, de algo real y que significara tanto para el otro. Un puño dentro de su corazón terminó de cerrarse y supo que estaba totalmente enganchado. Miró al otro que lo veía con cara de satisfacción luego de haberle dado aquel sermón pero no sintió enojo, realmente lo habían sacudido.

– ¡Quiero verte de nuevo!

Soltó, como si de pronto tuviera miedo de que desapareciera, con miedo de no volver a ese taller o al departamento, miedo de no verlo más; en ese momento tuvo mucho miedo.

Ángelo se sorprendió, no había hecho planes de ese tipo, después de cobrárselas al muchacho creía que hasta allí iban a llegar… pensó en rechazarlo, pero aquellas palabras eran un halago como no había recibido en años y Aioria seguía oliendo así –a sexo y a entrega– y no pudo. La idea de repetir lo que habían hecho por la mañana fue demasiado tentadora: una vez no era suficiente. Se encogió de hombros y no protestó ante la idea.

Aioria se acercó más, lo cogió por el guardapolvo y lo besó intensamente como despedida, luego alegremente le dijo adiós con la mano y se fue. Y mientras él se iba feliz y esperanzado Ángelo se quedó con un cierto malestar en el estomago que le decía que sus problemas apenas comenzaban.