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XVI

La sensación burbujeante y cálida que Aioria llevaba en el estómago se apagó en cuanto llegó a la puerta de su casa. Balanceó el peso sobre un pie y el otro, sin atreverse a abrir; el llavero le temblaba en la mano. Finalmente suspiró y encajó la llave en la cerradura, pero antes siquiera de girarla, la puerta fue jalada hacia adentro por otra persona que le miraba con una seriedad inusitada. Allí estaba su hermano mayor, serio, firme y duro; lo observaba intensamente y tenía la boca retorcida en una mueca de disgusto.

–Vaya, hasta que te apareces.

Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no bajar la cabeza, como un niño culpable; sin embargo palideció un poco al responder.

–Sí… ya… ya vine.

Hizo el amago de entrar, mas el otro no se apartó.

–Tus padres salieron, pero estaban esperándote.

Esa forma de hablar hizo que el menor sonriera. Siempre hablaban así de los padres de ambos, generando confusión entre quienes los escuchaban. Aioros no apreció la sonrisa.

–Tuve que mentirles y decirles que te habías quedado a estudiar con Milo, me echaron una bronca por no decírselos más temprano y dejar que se preocuparan. ¿Por qué no contestaste el celular?

Aioria frunció los labios, ya no era un adolescente, era un adulto; aquel control sobre su persona lo estaba fastidiando.

–Lo apagué… no esperaba quedarme toda la noche fuera, ¿vale?

Había un tono de disculpa en su voz y aunque no dijo más, la expresión del mayor se suavizó un poco. Volvió a observar a su único hermano cayendo en cuenta de otra cosa.

– ¿De dónde sacaste esa ropa horrible? Creía que habías ido a buscar trabajo.

– ¡Sí fui!, a una entrevista. Luego me encontré con un amigo y estuvimos bebiendo… se hizo tarde… perdona.

Ante su disculpa Aioros finalmente se hizo a un lado para dejarlo entrar en la casa. El menor suspiró, agradecido; sin embargo al pasar junto a él, el mayor pudo percibir claramente su aroma.

– ¡Dios!, ¡apestas!

Aioria se detuvo, sorprendido, se había limpiado un poco y había creído que estaría presentable, no percibía ningún aroma.

– ¿De verdad?

–Hueles a alcohol, a resaca, a sexo y a cabello sucio –dijo sin adornos –, estás hecho un asco. Báñate antes de que ellos lleguen.

Había mucha censura en su voz y debajo un poco de desprecio que hirió vivamente al muchacho.

–Aioros, no te enojes – le pidió una voz más bien comedida pero el otro se giró para alejarse, aun molesto por aquel olor penetrante y aciago.

– ¿Con quién estuviste?

Rebatió molesto, siempre había sido él quien cuidaba al menor, quien le guiaba y le aconsejaba, siempre se hacía cargo de que sus padres lo tuvieran en buena estima, y le sorprendía aquella rebeldía inútil y perjudicial. Sin embargo Aioria se irritó de nuevo. Quería muchísimo a su hermano pero comenzaba a sentirse asfixiado por él. Quiso lastimarlo y por eso le dijo la verdad:

–Estuve acostándome con un tipo que apenas conozco, un artista de la periferia… y bebiendo tanto como pude.

Aioros se quedó estático un momento, sorprendido, furioso y herido; pero luego pareció desinflarse. Aquello era demasiado, no dudaba de que aquello fuera verdad, no terminaba de entender qué estaba pasándole a su hermanito y no estaba seguro de querer saberlo.

– ¿Estás haciendo esas locuras de nuevo? ¿Qué no puedes ser normal y relacionarte con mujeres? ¿O es que sólo quieres hacerme enojar?

Aioria había querido herir al mayor, pero ahora el dolor se regresaba hacia él: "anormal", su hermano lo había llamado anormal…

–Voy… voy a bañarme.

Sin otra palaba dio la vuelta y se alejó. Lloró un poco en la ducha. Él no era gay, o al menos no era sólo gay pero quería ver de nuevo a Ángelo, quería volver a dormir en su cama o en su sillón y verlo pintar. No importaba lo que su hermano dijera, no importaba si sus padres llegaban a enterarse, iba a verlo de nuevo, estaba decidido.

Ángelo, por su parte, daba fieros brochazos al cuadro cuando escuchó el ruido del portón. No se giró hasta que los pasos estuvieron justo a su espalda.

–Mmm, te está quedando bien.

Susurró Afrodita sobre su cuello, tan cerca que Ángelo podía oler su perfume y sentir algunos de sus cabellos. Dejó la paleta a un lado y se volvió hacia su amigo. Se veía más despeinado que en su encuentro anterior y su maquillaje estaba un poco borrado.

–Realmente volviste, pensé que ya no lo harías.

El rubio se hizo a un lado, dándole espacio y se recargó en una de las mesas llenas de trastos.

–Aún tengo que finalizar ese –dijo, señalando con la cabeza a su escultura de alambre – y todavía faltan dos horas para el último tren.

Ángelo se desató el guardapolvo, decidió que no iba a pintar más por ese día, la luz de la bombilla engañaba y necesitaba luz natural para saber si el cuadro iba avanzando o no.

–A Aioria le gustó, dijo que era bueno.

Lo dijo con algo de burla, sacando el tema a colación de inmediato porque sabía que su amigo iba a abordarlo de todas formas. Afrodita no reaccionó al halago –si es que lo era–, sólo se quedó mirándolo, serio y compuesto.

– ¿De dónde sacaste a ese muchacho? –preguntó haciendo gala de su acento sueco, era una pregunta con trampa.

–Del metro –respondió el otro con chulería, esperando su movida.

El rubio se levantó de la mesa y se le acercó, jalando el borde de su playera, revelando del todo las marcas rojas que adornaban su clavícula, había visto otras muy claras sobre su cuello. Trató de levantarle la camiseta para ver si había otras más abajo pero Ángelo le sujetó las manos y lo empujó, divertido.

–Con lo intenso que es pensé que lo habías sacado de un prostíbulo.

Había burla en su voz, más que molestia; además de un brillo de incomprensión en sus ojos.

– ¿Qué te importa, Afrodita?, ¿o te da envidia? Está bien que tú no necesites a nadie para revolcarte, pero la gente normal sí, ¿te enteras?

El italiano le sonrió, supo que había magullado el orgullo de su camarada pero no se sintió culpable. Había pasado una tarde muy agradable, pintando a solas en el taller y no iba a permitir que el otro le arruinara el día. Afrodita dio un pisotón en el suelo que resonó a causa de sus tacones.

–Me importa un comino a quien te coges; tenías que llegar a trabajar tempano, ¡Shura estuvo esperándote toda la mañana para avanzar la pieza que están haciendo juntos! ¡Lo que me importa es que tenemos una fecha límite y una agenda que estás arruinando!

A pesar de la importancia de las palabas su voz no sonó ni irritada ni molesta, sonó fuerte y clara, como si estuviera regañando a un niño. Ángelo se mesó los cabellos, fastidiado.

– ¡Mierda! ¡Ya cállate, que pareces una puta histérica! ¡Ya casi terminé el jodido cuadro de todas formas! y la colección de máscaras no tardará mucho tampoco. Vendré a ver a Shura mañana así que relájate. De todas formas no es cosa tuya, si nosotros no terminamos tú tendrás más espacio para exponer lo tuyo.

El sueco asintió, sin reaccionar nada a su insulto, ya se sabía sus provocaciones y su chulería de memoria, con la promesa del trabajo lo demás le daba igual. Se relajó de golpe y un brillo travieso le iluminó los ojos.

–Fuera de eso, admito que tienes buen gusto, era atractivo. Y la cosa debió estar buena si te dejó así de marcado.

Rió y se fue poniendo las protecciones para trabajar con el alambre: gruesos guantes y lentes de seguridad, así como una bata para evitar que las esquirlas se le pegaran a la ropa.

Death Mask sonrió, claro que él tenía buen gusto, aquel chico era un dolor de cabeza pero tenía potencial. Cogió su cuaderno de bosquejos y se sentó en el suelo, tenía que ir pensando en su siguiente cuadro. Y también ir pensando en qué haría cuando viera a Aioria otra vez.