Advertencias: Lenguaje soez, lectura sólo para mayores de edad.

XVII

El barro se le deslizó entre los dedos, botándose ante su ruda presión y deformando la figura que apenas cobraba forma; ya era la cuarta vez que iniciaba un trabajo y de pronto se convertía en la cara de Aioria –o algo así – para terminar aplastado entre unos dedos llenos de frustración, si Ángelo se hubiera dado cuenta de su propia sensibilidad descubriría que ya no parecía sentir otra cosan que frustración.

Suspiró y paró el torno, no tenía caso. Llevaba días sin poder producir nada y la exposición se iba acercando. Se llevó la mano al bolsillo trasero y sacó los cigarros.

–Si vas a fumar, ve afuera.

Le reprendió Shura, uno de sus compañeros del taller, no por censura si no por seguridad, pues se dedicaba a pintar sobre una tela rugosa con laca en aerosol, altamente inflamable.

Ángelo le mostró el dedo medio pero obedeció y salió al jardín. Afuera, Afrodita estaba en cuclillas trazando marcas de quemaduras sobre una placa de madera con una lupa, sentado en un viejo tocón cercenado. El italiano se sentó también sobre el tronco y finalmente encendió su cigarro, el otro lo ignoró y él volvió a sumergirse en sus frustraciones.

Había visto a Aioria varias veces luego de aquel encuentro fogoso en la mitad de su sala pero no habían vuelto a tener sexo. Siempre estaban ocupados, Aioria con la universidad y él con su arte. Que justo ahora, por su malhumor, estaba estropeado.
Se limpió el barro ya seco de las manos y se levantó del tronco, inquieto. Quizá debiera intentar pintar… dirigió la vista hacia adentro donde la imagen raquítica y desvitalizada de un cadáver lo observó desde el caballete, no era la misma de la vez pasada pero todas sus pinturas eran similares especialmente desde que conoció a Aioria, porque le permitían desahogar su enfadado.

Pensó que casi podría estrangularlo la próxima vez que se vieran, para no tener que seguir soportando aquello; esas esperas que lo ponían cada día más inquieto y descentrado. Aioria le gustaba –aunque no se lo admitía ni a sí mismo– pero le sacaba de quicio. Seguía esperando por la próxima vez que su encuentro se volviera íntimo. Había dado un espectacular primer paso, pero Aioria le había dejado claro en aquellas salidas posteriores que aún esperaba más de su promesa de "introducirlo a placeres realmente buenos". Suspiró y se frotó la cara con las manos; se estaba enredando demasiado con aquel muchacho.

Se habían visto prácticamente todos los días de aquella semana, por las tardes; generalmente Aioria iba al taller, se sentaba sobre alguna mesa y lo miraba trabajar; en cuanto tenía oportunidad solía arrinconarlo y besarlo, especialmente si Afrodita estaba también por allí, porque no terminaba de creer que no estuvieran enrollados.

Ángelo gozaba de aquellas atenciones, pero también le cabreaban, aún tenían que preparar algunos trabajos y sus colegas –los otros artistas– solían burlarse un poco por llevar a aquel muchacho parlanchín que no se callaba nunca. Aioria hablaba hasta por los codos, de tanto oírlo el italiano sentía que le conocía ya toda la vida; le hablaba de sus viejos, del hermano mayor, de la universidad –la Nacional, no se había equivocado en eso–, de los amigos majos que le hacían insinuaciones de las cuales él fingía no enterarse, de la búsqueda de trabajo –aun infructuosa–, de sus deseos de quedarse de nuevo en su habitación… y él no terminaba de entender porqué no habían tenido sexo. Con que solo fueran al apartamento en lugar del taller podría echarle otro polvo como el anterior y esta vez no se arriesgaría, llevaba un condón consigo siempre en el pantalón, junto con los cigarros.

Eso seguía mosqueándole de vez en cuando, haberse sacudido al muchacho sin protección, aquel parecía tranquilo y normal, no le había hecho ningún reclamo ni un comentario al respecto, pero él no se quitaba de la cabeza que eso no estaba bien, que debía hacerse las pruebas de nuevo… por si acaso. Después de todo aun tenía ganas de hacerle más cosas lascivas, deseaba empinarlo sobre cada superficie de su casa, mientras le jalaba del cabello y le daba fieras palmadas en el trasero. Le carcomían las ganas de atarlo y forzarse en su boca para después…

– ¿En qué porquerías estas pensando? Llevas horas sin darle una calada al cigarrillo y además estás erguido.

Afrodita le miraba fijamente con sus ojos delineados de negro y sus pestañas cargadas de rímel; tan cerca, que Ángelo pudo oler su perfume de rosas. No se había dado cuenta siguiera en qué momento había dejado de trabajar aquel trozo de madera con la lupa para arrimarse a su lado.

Maldijo entre dientes, se había excitado demasiado rápido, seguramente debido a la abstinencia. La burla del otro terminó de enfríalo, se le bajó la erección, y arrojó la colilla al suelo, entre la hierba y la pisó. Apostaba a que su amigo iba a recomenzar con las burlas.

– ¡Nada!

El sueco rió pero estaba molesto. Su propio trabajo estaba resintiendo las interrupciones de Aioria pues el muchacho no le agradaba en absoluto y cada vez que iba a ver al italiano le esfumaba la inspiración y el buen humor. Lo que se estaba jugando era la carrera y de paso el alimento y la vivienda. Nunca le gustaba cuando los otros llevaban a sus parejas, para él toda esa gente de más eran una molestia y un incordio; especialmente el chico ese, que parecía disfrutar restregándole en la cara lo que dos hombres pueden disfrutar juntos. Afrodita no lo entendía para nada, pero claro, él nunca había necesitado de otra persona.

–Termina de divagar. Vamos a seguir pintando, esculpiendo y lo que haga falta, cada vez nos queda menos tiempo y no quiero que lo arruines. Quiero que trabajes.

Ángelo volvió a levantar su dedo medio, no necesitaba que Afrodita le dijera nada, él sabía de sobra los tiempos límites, de cualquier forma no podía concentrarse en el trabajo por culpa la tensión que cargaba con Aioria y los devaneos de Afrodita no ayudaban. Sin embargo cuando el otro volvió a sentarse para seguir trabajando el trozo de madera, él volvió adentro y puso el torno en funcionamiento. Si la exposición no salía bien iban a perder toda su inversión; tenía que trabajar, eso lo sabía de sobra.