Advertencias: lectura sólo para mayores de edad.
XVIII
Aioria se sentía en una racha de buena suerte, le gustaba que su relación –porque a esas alturas no tenía duda de que lo era– hubiera tomado un cauce menos sexual, disfrutaba salir con él y sencillamente hablarle, reírse y besarse; discutían a veces pero –la verdad– lo encontraba divertido, especialmente porque de común ganaba él.
Su vida había estado llena de luz y de entusiasmo, aquellos días le resultaron excelentes. Había podido pasar todos sus exámenes de medio semestre y –finalmente– había conseguido trabajo como ayudante en una oficina pequeña, para él (que era inexperto) era todo un reto. Entusiasmado y deseando celebrar, pasó por una licorería pequeña pero en lugar de cerveza decidió comprar licor de arroz para Ángelo, pues a pesar de su sabor fuerte tenía poco contenido alcohólico, se había hecho el propósito de que aquel tomara cada vez menos. En aquellos días lo había ido logrado y esa era una de las razones por las cuales seguía frecuentándolo.
Habían quedado de verse hasta el fin de semana, pero decidió que no iba a esperar, no pensó siquiera en que el italiano podría enojarse, se fue directo al apartamento y tocó la puerta por cinco minutos enteros antes de comprender que no estaba en casa. Dudó entre irse o quedarse; quería verlo, lo quería tanto… no le importó lo que pudiera tardar, decidió esperarlo.
Así que cuando Ángelo llegó a casa ese día se sorprendió bastante por ver a Aioria allí, sentado sobre el descansillo de la escalera que daba a su apartamento, aguardando por él. Y junto con la sorpresa, se irritó; había sido otro mal día en el taller y sólo quería echarse a descansar; que dispusiera así de su tiempo no le gustó, pero el enojo fue tan súbito que no pudo decirle nada; sólo le hizo una seña con la cabeza, a modo de saludo, y se apartó al abrir la puerta para dejarlo pasar.
Aioria estaba tan feliz por sus propios pensamientos que no reparó en absoluto en el mutismo y la frialdad del otro. Se metió deprisa en el apartamento y se estiró, desperezándose, había estado a punto de quedarse dormido sobre los escalones.
– ¡Ya tengo trabajo!, te dije que esta vez lo lograría.
Le soltó sin saludarlo siquiera, y con pleno ímpetu le cogió de los hombros antes de que pudiera cerrar la puerta para besarlo intensamente. Cortó el beso igual de rápido, demasiado emocionado para contenerse.
–Es algo muy básico, de medio tiempo, pero estoy seguro que me irá bien, ¿no es genial?
Se giró sobre sí mismo, feliz y exultante, contrastaba totalmente con la cara cansada del mayor, que iba sintiéndose más exhausto por momentos.
–Te traje un regalo – le tendió la bolsa de la licorería, con un gesto infantil y travieso.
Ángelo suspiró tomando la bolsa que le ofrecían pero no llegó a abrirla; estaba superado por sus preocupaciones, no había podido trabajar bien en absoluto por culpa de ese chico que volvía a restregarse contra su cuerpo; sin embargo a pesar del cansancio y el enojo no tardó en dejarse llevar por la pasión y azotó la puerta a su espalda, buscando descargar esa mezcla de sentimientos; Aioria tomó aquel gesto rudo como pasión, como descontrol y eso lo encendió más, incluso cuando fue empujado rudamente hacia el sillón, a penas se resistió.
Ángelo le mordió un poco, buscando hacerlo enojar, pero Aioria no se enojó –parecía no enojarse nunca–, estaba fascinando mirando a su compañero que lucía arrebatador: despeinado, el rostro sudoroso, la camiseta llena de barro, la ruda barbilla con restos de pintura y una punta de barba que raspaba como el demonio y hacía que cada beso quemara.
Se sentaron enfrentados en aquel sofá que ya conocía sus cuerpos, se apresaron entre sí, febriles; esa vez no habría tiempo para previos ni para juegos, ambos tenían una total necesidad del otro, de sentir aquel cuerpo entre sus brazos, los besos se tornaron mordidas y las caricias rasguños.
Se sacaron la ropa tan rápido como les fue posible sin incorporarse del todo, necesitados. Guiado únicamente por su instinto, Aioria no dudó en subirse a las rodillas del mayor, indicándole por aquel gesto sencillo y franco que le brindaba acceso a su cuerpo. El italiano palmoteó rápido en busca de sus pantalones para poder colocarse el profiláctico mientras sus dedos tanteaban el pasaje que no tardó en recibirlo. Los movimientos de su pelvis fueron concisos y firmes y Aioria sólo atinó a sostenerse de sus hombros, dolía un poco pero no quería parar, había estado masturbándose por muchas noches, esperando y deseando que pasara de nuevo, pero la sensación era totalmente distinta a como la recordaba, era mucho más intensa y poderosa.
Se sorprendió a sí mismo jalando el cabello ajeno y rasguñándole los hombros, Aioria jamás había tenido ese tipo de gestos violentos durante el sexo, pero encontró algo terriblemente erótico en las líneas rojas sobre aquella piel y en su mueca desesperada y algo dolida. Cuando sumó sus propios movimientos a los ajenos perdieron totalmente el control y terminaron allí mismo, mirándose a los ojos.
Después de aquel febril asalto se quedaron en silencio y muy quietos. Respiraban con dificultad y no pudieron decir nada; sólo se miraron uno al otro, mitad embelesados, mitad sorprendidos. Ángelo se sentía extrañamente sereno, ya no experimentaba preocupación, ni enojo, ni nada, se encontró de pronto muy relajado y muy a gusto; ver la desesperación y entrega del menor le había dado una sensación de confort y de dominio que agradecía.
Aioria por su parte estaba un tanto fascinado consigo mismo, se había sentido seguro, asertivo, atractivo y otras cosas para las cuales no tenía nombre. Había sentido muchas dudas luego del enfrentamiento con su hermano, pero justo allí (viendo la cara sudorosa y sonrosada de Ángelo) tuvo la certeza de que estaba haciendo lo correcto.
Con lentitud se le quitó de encima, sentándose a su lado sin soltarlo del todo. Le pasaba los dedos por el cabello húmedo mientras se entretenía en su cuello, besándolo hasta dejar aquellas marcas rojas que tanto le gustaban. El italiano no se opuso, necesitaba aquel momento de relajación, sin intención de por medio se quedó dormido.
Cuando despertó estaba oscuro; no pudo recordar del todo su sueño pero tenía una sensación algo pesada en el estómago, luego descubrió que no, que eso pesado era la cabeza de Aioria. De alguna forma rara e increíble, se habían quedado los dos dormidos en aquel sofá que de pronto se le antojó diminuto. Decidió que tenía que irse a la cama. Tuvo especial cuidado al mover al menor, no tanto por temor a despertarlo, sino por temor de que quisiera irse a la recamara también; no podría descansar si compartían la cama.
No se tomó la molestia de vestirse ni de limpiarse; directamente se echó sobre las cobijas y volvió a quedarse dormido inmediatamente; satisfecho, feliz y egoísta, igual que siempre.
