Advertencias: lectura sólo para mayores de edad.

XIX

Ese día tampoco lo despertó la luz del amanecer, se había olvidado de descorrer la cortina, ¡otro día de llegar tarde al taller! Frotó la cabeza contra la almohada y luego escuchó: lo que lo había despertado era el trajín en la cocina. Gimió un poco contra el lecho, si Aioria volvía a desordenar sus materiales iba a golpearlo, iba a darle una paliza de miedo.

Le llegó un olor agradable y le rugió el estómago, sin embargo no quiso levantarse, realmente no quería volver a enojarse con él luego de la agradable faena de la noche anterior. Así que se quedó en la cama, sólo jaló la cobija para taparse y fingirse dormido, mientras escuchaba con atención los pasos del otro por su apartamento.

El menor había despertado temprano, nuevamente mormado y con tortícolis, se prometió que no iba a volver a quedarse dormido en aquel sillón; podía ser cómodo y práctico para algunas cosas pero definitivamente no para dormir. Pensarlo lo hizo sonreír, la noche anterior realmente había estado muy bien, un poco apresurada y accidentada, pero quería repetirla. La sensación de hueco le hizo buscar comida, desnudo y despeinado revolvió un poco las alacenas hasta encontrar algo medianamente comestible. Luego decidió que debía bañarse, Aioros ya le iba a echar una bronca por no haber llegado a casa y no haber contestado el celular, no quería que le echara otra por apestar a sexo.

Dudó sólo un momento pero al final se metió a la recamara, que seguía a obscuras, Ángelo estaba acostado boca abajo, cubierto hasta el cuello con la manta y sólo se le veía el cabello revuelto; la imagen le despertó cierta ternura y estuvo muy tentado a meterse en la cama con él y olvidarse de la escuela y el trabajo por ese día; pero se mordió los labios y se forzó a apartar la vista y entrar a la ducha. No podía hacer eso, no cuando acababan de contratarlo. Tenía que volver a casa a cambiarse y ya estaba atrasado, había perdido algunas clases.

Se duchó rápidamente con agua fría, usó de nuevo la toalla de su anfitrión y aun así escurrió bastante agua al salir. Rebuscó entre las ropas de Ángelo con bastante prisa y sin mucho cuidado, hasta encontrar unas más o menos presentables que –sin preguntar– usó para vestirse.

Mientras hacía todo eso, el italiano seguía ignorándolo, fingiéndose dormido; o eso intentaba pues las confianzas que Aioria se tomaba en su casa iban enardeciéndolo más y más. Al principio no se había levantado al escucharlo entrar en la habitación por simple obstinación, para no fingir que se despertaba ante su cercanía. Además no quería alargar la despedida, sólo quería que se fuera de una vez.

Sólo que no se había ido, se había metido en la ducha sin vacilación, eso bastó para hacerlo enojar bastante, tanto que no pudo decir nada, porque estaba trabado una vez más. A pesar de escuchar como trasteaba en su guardarropa no se atrevió levantarse; sabía que sólo podría gritarle descontroladamente y armar una escena. Prefería evitar toda esa porquería.

Él era siempre así. Podía reaccionar con ira y enojo cuando algo no le importaba, pero no era capaz de enfrentar cosas confusas y contradictorias, como era ese muchacho. Cuando alguien importante para él lo disgustaba, él solía ignorar la situación y ya, hasta que todo se calmara; esa era la forma en que siempre había lidiado con todo.

Así que no se movió, ni siquiera cuando un perfumado –con su perfume– Aioria se inclinó sobre la cama para darle un beso en la sien antes de irse, continuó fingiéndose dormido, tan rígido de coraje que el menor no se dio cuenta de que simulaba y se marchó alegremente, ignorando completamente el estado en que lo dejaba.

Una vez que escuchó la puerta cerrarse y se supo a solas se quitó la cobija de encima, molesto por el calor, pero aun tardó mucho rato en levantarse. El chico era una montaña rusa de emociones y le había dejado un mal sabor de boca y un ardor en el estómago. Sacó esas ideas de su mente diciéndose que tenía que largarse al taller.

Se forzó a levantarse y casi resbaló debido al piso mojado. Maldijo en voz alta y le echó una ojeada al baño, estaba empapado; aun así entró para lavarse los dientes; se miró en el espejo: tenía un aspecto de lo más horrible, ojeroso, despeinado, pálido… todas las preocupaciones le estaban haciendo daño, luego se miró el cuello, donde las nuevas marcas resaltaban en su piel morena. Aioria había estado particularmente atrevido la noche anterior, ver las marcas no lo enojó como la primera vez, sino que lo encendió. Ya que estaba desnudo comenzó a masturbarse mientras se metía a la ducha, recordando lo sucedido. El clímax llegó rápido y lo hizo calmarse.

Salió desnudo y húmedo, de cualquier forma tendría que repasar todo el suelo de la recamara antes de irse. Cuando fue a vestirse se dio cuenta de que todo estaba desordenado pero no tanto como esperaba; se puso cualquier cosa y se fue a la cocina. Soltó un gruñido de alivio, al menos el chico no había vuelto a mover su arcilla. En la barra se encontró un tazón con algo que identificó como atún con pasta –se preguntó cuándo había comprado la pasta– pero lo ignoró; lo que quería era una cerveza para calmar su estómago; fue a abrir el refrigerador mas se le habían terminado; no tenía ganas de salir por más. Se alejó de la cocina mesándose el cabello y vio que junto a la puerta había quedado la bolsa plástica, la abrió y se encontró con el regalo que Aioria había pensado en hacerle la noche anterior: una botellita pequeña, sin mucho detalle; la abrió y se la acercó a la nariz, el aroma era suave y dulzón así que le dio un buen sorbo, el licor le quemó la garganta y lo obligó toser pero también le dio una cálida sensación a su estómago que lo hizo sentir mejor.

Maldijo de nuevo, mucho más suavemente: cuando más sentía que odiaba a Aioria, le salía con aquel detalle. Ya calmado, se obligó a pensar ¿odiar al chico?, ¿por qué? No, no lo odiaba. Ni siquiera estaba enojado de verdad con él, ya no. Sí, había sentido ganas de alejarlo o lastimarlo y de todo lo contrario, de tomarlo y aferrarse a él; no estaba seguro de qué sentía, lo descontrolaba demasiado.

Era un tipo agradable y el sexo era bueno –aunque no del todo de su gusto–; pero se iba sintiendo un tanto vulnerable y las intromisiones en su casa realmente le fastidiaban; había estado esperando por días para tirárselo de nuevo y no había podido controlarse, había sido una buena experiencia pero todo había sido al ritmo de Aioria, eso lo molestó. Luego volvió a preocuparse por no haber utilizado condón la vez anterior, no acaba de olvidarse de aquel insignificante detalle, a pesar de haber pasado tantos días no dejaba de darle vueltas; no tenía ninguna incomodidad ni síntoma y Aioria parecía no tener nada anormal tampoco, mas nada era seguro. Se dijo que tenía que dejarse de tonterías y hacerse las pruebas, eso claro después de dejar su apartamento limpio de nuevo y pasar por el taller.

A pesar de todas sus preocupaciones y su enojo ese día pudo trabajar sin problema.