Advertencias: lectura sólo para mayores de edad.
XX
Las cosas marcharon bien entre ellos por un tiempo, pero cuando llegó el fin de semana Aioria no fue a verlo. Ni al día siguiente. Ni al que siguió de ese.
Ángelo había creído que respiraría libre sin él, que retomaría su ritmo normal; que todo lo que necesitaba de él era volver a tener sexo. Tuvo que admitirse a sí mismo que no era así. No podía sacárselo de la cabeza; no sólo el deseo de encamarse de nuevo con él, también extrañaba que fuera a molestarlo al taller, extrañaba su plática, su humor raro, la forma en que se reía, lo guapo que era. Y sobre todo se comía la cabeza preguntándose por qué no había ido a verlo.
No podía llamarlo, pues no tenía su número… ni siquiera había pensado en pedírselo, solían verse en citas acordadas previamente o con el chico cayendo por sorpresa a su apartamento o al taller; pero durante aquella última noche no habían concertado ninguna cita, así que la única forma de que se encontraran era que Aioria fuera a buscarlo nuevamente. Él no podía ir a la casa del muchacho, no tenía idea de dónde vivía, nunca le había preguntado; tampoco sabía dónde era que trabajaba y la idea de ir a buscarlo a la Universidad le parecía demasiado desesperada.
Trató de calmarse, seguramente estaba muy ocupado, él mismo lo estaba también. Se había sumergido en el trabajo aquellos días y al principio había sido especialmente creativo, para luego ir apagándose y al final sentirse frustrado por las ansias de verlo nuevamente. Él no podía buscarlo, era Aioria el que tenía que hacerlo, como siempre; pero no lo había hecho. ¿Por qué no? Quizá estaba enojado… pero no podía ser, le había dado un beso de buenos días aquella mañana antes de irse, ¿o era un beso de despedida? No, se dijo, Aioria no era tan maricón como para dar un beso de despedida.
Entonces, ¿por qué?, bien, en realidad no tenía por qué ir a verle, puesto que no habían concertado ninguna cita y no tenían ningún compromiso. Le remarcó las mejillas a la máscara que trabajaba, tallando más la suave madera y trató de olvidar aquel asunto absurdo, a fin de cuentas ellos no tenían una relación, daba lo mismo si no volvían a verse en la vida.
Finalmente pasaron más de diez días antes de que tocaran a la puerta de su apartamento, era temprano por la mañana. No quería abrir, estaba enfrascado a la mitad de un libro y de todas formas no tenía amigos tan cercanos como para que fueran a su casa sin avisar. Seguramente sería un vendedor ambulante con molesta e inútil mercancía. No hizo ruido y se negó a abrir, pero los golpes sobre la puerta insistieron, insistieron e insistieron.
– ¡Con un carajo! – gritó finalmente a la puerta, ya harto y siguió gritando mientras abría – ¿Qué quieres?
La cara de Aioria denotó sorpresa y hasta un poco de afectación por esa respuesta tan poco educada a su inesperada visita. El italiano no pudo sino mirarlo con hastío; no porque lo sintiera, sino porque estaba demasiado pasmado para cambiar su expresión; ya casi había perdido la esperanza de que el muchacho volviera y menos a esa hora, pues debería estar en la escuela. El chico, viendo su mutismo, se enojó.
–Vine a devolverte la ropa que tomé prestada el otro día, aquí tienes.
Y se la dio de un empujón, dándose la vuelta para marcharse. Ángelo lo miró atónito, ¿por eso sí se enojaba? Antes apenas si había respondido por cosas mucho peores; finalmente reaccionó, soltó un gruñido y fue tras él.
– ¡Hey! ¡Hey! ¡Espérate!
Lo alcanzó a la mitad de la escalera y lo agarró del brazo.
– ¡Espérate, mierda! No sabía que eras tú.
Sus propias palabras le sonaron a disculpa y eso le enojó, pero como al menor también le sonó a disculpa, cambió su ánimo. Mucho más relajado le sonrió con chulería.
–Disculpa que viniera sin avisar – y el tono de su voz no sonó a disculpa en absoluto–. Pero no tengo tu número, pásamelo.
– ¿Eh? – de nuevo estaba atónito por las reacciones del menor– Ah, sí, es…
No alcanzó a pensar siquiera en si deseaba dárselo o no porque lo tomó desprevenido. Se lo dijo allí, a mitad de la escalera. Aioria asintió mientras lo guardaba en su celular y marcaba. Ángelo tardó un momento en darse cuenta que el molesto tomo de un timbre venía de su apartamento y se precipitó dentro de sus habitaciones antes de darse cuenta de que el que llamaba era –obviamente– el mismo Aioria.
–Bien – dijo éste que se había metido tras él, sin percatarse (para no variar) del estado en que ponía a su amante – ya tienes también el mío.
Abrazándole le besó con entusiasmo, había extrañado su contacto y su cercanía. Desconcertado como estaba, el mayor sólo atinó a apretarlo contra sí y responder; no tardó en excitarse, había estado tan ocupado en su taller que no había tenido tiempo de salir y no había estado con nadie desde la última vez. Comenzó a levantarle la camisa pero cuando el otro se dio cuenta lo alejó de sí.
–Lo siento, tengo que irme, sólo fue una visita rápida, tengo que llegar a la escuela. ¿Tú no irás a trabajar?
– ¿Eh? – y parecía que no podía decir otra cosa. Sí, tenía que ir a trabajar, ya se había retrasado bastante, pero no quería soltar a Aioria ni quería dejarlo ir así – ¿Tienes tiempo por la noche?
Se lo preguntó sin pensarlo realmente, le salió en automático y aunque se arrepintió, ya era muy tarde para retirar su palabra. El chico, por su parte, sonrió, pero se le veía dudoso.
–No sé… el trabajo ha estado bastante pesado… es un verdadero lío, saldré bastante tarde ya. Y si nos tardamos mucho tendré que volver en taxi…
Ángelo se mordió la lengua un momento, esa insinuación la comprendió bien, sabía que sólo había una salida. Dudó, pero la presión en sus pantalones terminó por convencerlo.
–Pasa la noche aquí.
Aioria le sonrió encantadoramente, de forma un tanto maliciosa, como diciéndole "ya sabía". Se soltó de sus brazos para acomodarse la ropa.
–Bien pero tendrás que prestarme ropa de nuevo, y no creas que ésta vez me conformaré con el sillón – se rió – adiós, nos vemos en la noche.
Le dio un último beso rápido y suave, como un soplo de viento y antes de que Ángelo pudiera agregar nada, se había ido. El mayor suspiró, el chico podía ser pesado cuando quería, pero también era sensual y eso le podía más; se sentía mejor ahora que finalmente lo había visto, le gustaba pasar tiempo con él, ¿le gustaba Aioria? No, no iría tan lejos como para aceptar eso. Además no necesitaba poner lo suyo sobre un nivel o bajo una etiqueta.
Súbitamente estaba más alegre que antes, se fue a trabajar. Tuvo un día especialmente productivo y logró terminar dos máscaras más y una pintura. Salió temprano de la galería y pasó por una clínica para hacerse los exámenes que había dejado pendientes, quería quitarse esas preocupaciones de la cabeza de una vez por todas.
Finalmente volvió a su apartamento y esperó. Ya había demostrado ante Aioria que era un buen amante varias veces, así que cuando éste llegó a la noche, estaba tranquilo y resignado; no esperaba más sorpresas de su parte y no las hubo. El menor le saltó directo al cuello, apenas abrir la puerta y él lo recibió bien; había extrañado su contacto, sus brazos fuertes y hasta su aroma; la satisfacción lo recorrió como una ola y no trató de controlar su ímpetu.
El griego tampoco había tenido relaciones desde la última vez, pero recordando aquellos encuentros tan intensos se había consolado por muchas noches solitarias. En ese momento tampoco se iba a tomar tiempo de repetir la primera experiencia –la que más le había gustado–, estaba muy necesitado de tener al mayor junto a sí; realmente había disfrutado de llevar el papel receptivo para variar y se moría de ganas de repetir. Así que le abrazó fuerte y dejó que sus bocas se entendieran por su cuenta; el otro acababa de rasurarse y extrañó la sensación picante que solía acompañar sus besos, su rostro suave y liso no resultaba tan estimulante sin aquella sensación quemante, dejó su boca y le besó el cuello, en aquellos puntos que había descubierto como sensibles y les dio un amable repaso, dejando sus habituales marcas rojizas.
El mayor había comenzado a excitarse desde la tarde, había fantaseado durante todo el rato que había trabajado y mas durante el tiempo que estuvo esperándolo, y sólo por eso no le dijo nada a pesar de que sabía que las marcas durarían un tiempo; lo dejó seguir a su ritmo, resignado a medias, mientras de forma discreta lo guiaba hacia la recamara. El sillón era interesante pero deseaba un poco más de comodidad.
Finalmente se dejaron caer sobre la cama, emocionados y riendo sin causa alguna. Se desnudaron aprisa, con los dedos temblando por la contención, y volvieron a su apretado abrazo. Luego de un rato Aioria se separó, abrió el cajón de la mesita sin preguntar y sacó el tubo de lubricante que su compañero guardaba allí, se embadurnó los dedos, dudando si llevarlos hacia la cadera del otro o la propia.
Ángelo le ahorró tomar una decisión tumbándose boca abajo, con la cadera un poco elevada y las rodillas separadas, él también necesitaba sentir al otro, necesitaba una buena movida y quitarse las ganas de una vez. Sin embargo no lo apresuró cuando fue notando que actuaba despacio, poco a poco metiendo una falange y luego otra en su interior. Cuando sintió al menor a punto de penetrarlo decidió tomar el control; se lo quitó de encima con un gesto decidido y disfrutó de un momento de su expresión desconcertada, antes de empujarlo para obligarlo a recostarse y montar sobre su cadera. Tomó el miembro del menor, notando que ya se había puesto el profiláctico y decidido, lo guió dentro de su cuerpo.
Aioria se removió un poco para finalmente sentarse y abrazarlo; le escondió el rostro en el hombro, en un gesto ambiguo de entrega, necesidad y dominio. Comenzó a moverse, sosteniendo su espalda para que pudiera moverse también.
El mayor cabalgaba sobre él mientras le arañaba los hombros; atrapado en un ritmo apresurado. Apretaba los dientes y soltaba gruñidos roncos llenos de maldiciones. Mientras que el otro le acariciaba despacio, moviéndose apenas, pues no tenía forma de sostener su propia cadera. Aquella fue una combinación extraña y especial de sus formas tan distintas de estar en la cama; allí estaba la calidez cariñosa de Aioria, sus reacciones inesperadas y su entrega y estaba también la pasión febril y agresiva de Ángelo, que se aferró a su lengua al culminar.
