Advertencias: lectura sólo para mayores de edad.
XXI
Hubo muchas noches así, llenas de pasión lúbrica y descontrolada en la cual exploraron sus propias habilidades. También hubo muchos días que no pudieron verse y otros en los que no terminaban en la cama por una razón u otra, pero Ángelo ya no se preocupaba por eso, aunque se vieran sólo para otras cosas, era agradable pasar tiempo juntos.
Con los días, poco a poco conoció otras cosas que le gustaron de él… y otras que no tanto. Le daba risa que Aioria cantara en la ducha y que supiera cocinar algo más que comidas instantáneas –como él–, aunque no fuera gran cosa. Seguía poniéndolo de un humor raro y descontrolado, generalmente se le olvidaba en la cama, así paliaba su enojo cada vez que el muchacho hacía desastres en su apartamento, pues Ángelo en realidad era un maniático del orden y la limpieza; era un fastidio tener al chico moviendo sus cosas y dejando restos de comida por toda la sala, pero se aguantaba y nunca decía nada porque no quería enfrascarse en discusiones cuando todo lo demás iba bien. Hacía años que no tenía un compañero estable y no tenía ganas de arruinarlo por algo así.
Aioria, por su parte, también estaba satisfecho, el italiano le abría puertas a mundos y experiencias que le eran desconocidos; apreciaba y admiraba profundamente su arte, a pesar de encontrarlo sátiro y de que realmente no lo entendía. En la cama iba tomando más confianza para actuar conforme a sus caprichos y arrastraba al otro a ellos, se volvían más y más íntimos. En su casa incluso habían dejado de preguntarle o sermonearle cada vez que llegaba tarde. Su vida estaba en el mejor punto posible.
Un día, mientras el mayor compraba algunos condones, se encontró con unos que le resultaron curiosos, un poco gruesos, texturizados, de un marcado color cereza y la promesa de ese sabor. Los compró pensando en la cara que pondría el griego si le insinuaba que los probara, que le hiciera sexo oral nuevamente, porque desde aquella única vez, no lo había repetido, ni siquiera quería hablar de ello; así que los compró esperando ver su sobresalto al recibirlos.
Pero como Aioria era Aioria, su reacción no fue la recatada indignación que se había imaginado, si no todo lo contrario; el menor recibió la propuesta con emoción y entusiasmo. Sí, se sintió nervioso, y también excitado, aquello se le había quedado como un pendiente por superar y ya que tenía la oportunidad se decidió a hacerlo.
–Quizá así pueda… ya sabes, hacértelo yo a ti.
Su mirada era esperanzada y un tanto inocente, muy en contraste con lo que estaba a punto de hacer; estaba dispuesto, luego de aquel asalto por sorpresa en el sofá, sutilmente le indicaba a Ángelo que se lo hiciera cada vez que estaban juntos, empujándole apenas la cabeza, o acercándose a su boca; tomar su garganta se sentía casi tan bien como penetrarlo, con la diferencia de que podía ver muy bien su cara al hacerlo, lo que lo excitaba, y aunque el italiano no le había exigido corresponder, él seguía evitando el tema todo lo posible, recordando el desagradable sabor y la sensación de las arcadas: la idea le revolvía el estómago, el olor, la textura, todo le causaba disgusto.
–Quizá con esto sí pueda…
Así no tendría que soportar ninguna de esas molestias, debía intentarlo, valía la pena. Sin otra palabra, lo llevó a la recamara y lo hizo acostarse en la cama. Ángelo se sintió extrañamente apocado por haber calculado mal su respuesta pero también porque aquella vez había sido su pérdida de control la que había arruinado el momento, hasta entonces Aioria lo había hecho bien. Así que no respondió nada pero se desabrochó los pantalones, sin quitárselos del todo, pensando en que quizá ayudaría que Aioria no viera todo.
–Ponte el condón – le dijo el griego mientras se desnudaba él mismo.
Contestó con un gruñido, no le gustó que pasaran directo a eso sin ningún trato menos carnal, habría sido bochornoso pedirlo así que se masturbo para conseguir algo de firmeza y se colocó el profiláctico. El látex realmente era grueso y pensó que de cualquier forma no iba a sentir nada… se equivocó.
Aioria se arrodilló sobre él en la cama, inseguro de dónde apoyarse, para finalmente hacerlo en sus muslos, pensó para sí que de esa forma podría evitar que el otro moviera la cadera. Acercó la cara y lo asaltó un olor agradable, dulzón. Se rió, nervioso; luego le sostuvo con una mano, se sentía extraño, ligeramente viscoso, menos firme que de costumbre pero agradable. Finalmente, animándose a cada momento, acercó su rostro y le dio una lamida.
Ni rastro de sal ni viscosidad, sólo un agradable sabor, algo menos dulce que una paleta. La textura del profiláctico hizo que el mayor sintiera como si un montón de pequeñas hormigas hubieran caminado sobre él y se removió. Fue ese sutil movimiento, más que nada, lo que incitó al menor a seguir. Sujetando con su peso la cadera ajena contra la cama, le lamió una y otra vez, luego de comprobar cuidadosamente que aquello no era desagradable, se atrevió a succionarle, sentía un poco el reflejo de vomitar mas el agradable sabor en su boca ayudaba.
Realmente lo encontró grandioso. Tenía a Ángelo en sus manos, podía excitarlo fácilmente, apenas sin esfuerzo y manteniendo todo control sobre sí mismo. Bastaba un suave recorrido de sus labios o un poco de succión para escucharlo gruñir y jadear; podía sentir sus muslos tensándose y relajándose alternadamente bajo sus manos, mientras lo obligaba a quedarse quieto. Podía también molestarlo un poco si apretaba fuerte la mano en su base y eso le daba tiempo para nuevas inventivas. Todo eso sin perder la cabeza para nada, pues él se mantenía relativamente frío y tranquilo, mientras observaba y se deleitaba con sus reacciones, sus gestos y cada uno de sus respiros. ¡Era fantástico!
Se sintió en control total de la situación, dominante, y a pesar de que lo que tenía en su boca era un miembro, ¡se sintió tan hombre! Dejó que su inventiva lo guiara, una y otra vez, succionó y lamió, no quiso morder –por miedo a rasgar el plástico– y siguió haciéndolo hasta que Ángelo no pudo más y alcanzó el orgasmo. Lo vio contraerse y jadear y esa imagen no se le olvidó en la vida. Siempre se habían venido relativamente al mismo tiempo y nunca había podido verlo así, a detalle y le pareció muy hermoso. No tuvo que preocuparse tampoco por el semen, pues había quedado en la punta de látex.
El mayor se removió por un par de minutos, bufando alucinado. El chico no era demasiado bueno, le faltaba experiencia; en realidad lo que lo había excitado tanto era que Aioria no había hecho eso con nadie más, era especial, entre ellos. Quizá le hubiera gustado un poco distinto, más de su lengua, o de sus dientes, pero no externó sus quejas; se rió, pensando en cómo podía enseñarle el arte de la felación.
El chico se rió también, contagiado aunque no sabía de qué.
– ¿Estuvo bien? – preguntó con timidez.
Por un momento – y sólo por uno, a dios gracias– Ángelo estuvo a punto de decir algo desagradable como "regular", pero se mordió la lengua a tiempo, reprimió su deseo malicioso de hacer sentir mal a su compañero y tragando saliva le dijo:
–Oh, sí.
Aioria se acercó a él y le escondió la cara en el cuello
– ¡Cielos! Me sentía tan torpe.
–No torpe – dijo sin aliento – no fuiste nada torpe – mentía a medias pero quería hacer sentir bien a Aioria para poder repetir la experiencia – casi como un profesional.
– ¿Como un prostituto? – dijo enarcando la ceja, dudando si aquello era un halago o un insulto.
–No… pero puedes tomar mi dinero si quieres, te lo ganaste.
Aioria bufó, no le encontró sentido a ese humor pero no quiso seguir con ello. Como al otro le faltó el aliento al hablar, no se dio cuenta de que no había gran entusiasmo en su voz. Se recostó sobre él, sabiendo que esa no sería la última vez que aquello pasaría entre ellos, aunque tuvieran que surtirse muchas veces de aquellos profilácticos especiales. Era un paso adelante aunque no supieran en qué dirección.
