XXII
El ruido de las olas le golpeó antes de ver el mar; el olor cálido y picante le gustó y el viento salado le hizo sacar la legua y probar la brisa.
– ¡Más rápido, ve más rápido! – gritó con entusiasmo, para que su compañero pedaleara la bicicleta de alquiler sobre la que ambos iban montados.
Ángelo gruñó con molestia, no le gustaba mucho el mar, ni le gustaba que Aioria lo estuviera increpando con sus caprichos. Habían tomado el autobús por la madrugada y luego habían rentado una bicicleta en la estación y pedaleado desde allí. El otro llevaba la gruesa maleta con las provisiones mientras que él cargaba la sombrilla a su espalda. Se sentía un tanto ridículo con aquella escena, con aquella actividad de "pareja casada" que lo abrumaba e irritaba a partes iguales. Cuando el menor le había propuesto ir a la playa se había negado de tajo, pero el chico era insistente y se había puesto tan pesado que al final le había dado por su lado con tal de quitárselo de encima.
Aioria en cambio se sentía pletórico y satisfecho, el paseo le estaba resultado tan fascinante que ni siquiera reparó en el mutismo del otro. Era muy temprano y el frío apenas comenzaba a caldearse. No intentó evitar un grito de emoción cuando finalmente el mar se perfiló ante ellos y bajaron a la bahía. Saltó de la bicicleta antes de que se detuviera y sin esperar al otro comenzó a trepar sobre las rocas de la orilla, eligió una bastante grande y rápidamente comenzó a sacar el contenido de la maleta: provisiones, bebidas y una manta delgada.
– ¡Ven Ángelo!, ¡trae la sombrilla!
Llamó a gritos en medio de su labor. El mayor gruñó, acomodando la rueda trasera de la bicicleta entre las rocas y lo arremedó en voz baja: "trae la maldita sombrilla Ángelo, méteme la puta sombrilla por el culo, Ángelo". Su mohín fue captado perfectamente por el griego, pero en lugar de enojarse lo encontró gracioso, así que cuando lo tuvo finalmente a su lado lo besó profundamente, hasta hacerlo suspirar; sin embargo cuando lo soltó, el mayor volvió a gruñir y arrojó sin cuidado la sombrilla empaquetada, echándose sobre la manta sin mover un dedo. Fue Aioria quien la sacó de su estuche y la ajustó entre las rocas; pensó en enojarse por su poca cooperación, sin embargo le agradecía el viaje así que no dijo nada.
Luego, sin más preámbulo, se sacó la ropa de encima. Ángelo no pudo evitar que los ojos se le fueran sobre él, a esas alturas conocía su cuerpo más que bien, pero seguía admirando su apostura y lo estético de sus líneas.
– ¿Qué haces? Está helando.
–Vinimos a la playa para entrar al mar, no para acostarnos en las piedras.
Había una censura infantil en su voz que molestó vivamente al italiano.
–Haz lo que quieras. Yo me quedo aquí.
Quería hacerlo enojar, pero el otro se encogió de hombros.
–Bien, cuida las cosas.
Soltó un gruñido ofendido, ¿cuidar de quién? Si allí no había nadie, solo ellos dos. No era una playa comercial, era sólo un trozo de bahía de cien metros de largo, con más rocas que arena en la orilla y sin sombra. Suspiró y removió entre las provisiones en busca de cerveza, pero sólo encontró paquetes de comida.
– ¡Aioria!
Llamó sin muchas ganas, porque el griego se había metido ya mar adentro y daba recias brazadas en el agua helada, alejándose. Atraído por la imagen se puso de pie y trepó un poco sobre las rocas, para tener una mejor vista. Podía verle la espalda fuerte y cuando chapoteaba un poco, las piernas musculosas. Había algo muy hermoso y estético en aquel chico: fuerza, delicadeza y belleza. Su alma de artista vibró ante aquella visión que era sólo para sus ojos, no lo soportó mucho más, se sacó los zapatos de un par de certeros puntapiés y saltando hacia abajo en las piedras se fue desnudando.
Finalmente quedó sólo en el bañador y se lanzó al mar, el agua estaba tan fría que lo hizo estremecer, pero en cuanto perdió el piso comenzó a patalear. Hacía años que no nadaba en el mar y aunque la bahía era serena se sintió un poco intranquilo. Sintió algo rozar su pierna y sufrió un sobresalto antes de darse cuenta de que se trataba de uno de los pies de Aioria.
–Vaya – saludo el menor –creí que no vendrías.
El italiano escupió un poco de agua y luego le jaló un mechón húmedo
–Ya, no encuentro la cerveza, ¿dónde diablos la pusiste?
El menor rió bastante, animado y feliz.
–Olvídate de eso, ven.
Comenzó a nadar de nuevo, en círculos largos, subiendo y bajando con las olas, Ángelo se relajó y comenzó a imitarlo, soltando su cuerpo y flotando mejor de aquella manera. Se persiguieron entre las olas por horas, empujándose a veces, recogiendo conchas y rocas, asustando a los peces; besándose y rozándose.
A pesar del agua fría, el artista no tardó en excitarse, se alegró de que la playa estuviera vacía, lo único que quería era tirar al otro contra la manta –o contra las rocas, a esa altura le daba igual– y poseerlo. Al demonio si no tenían protección, iba a hacérselo, estaba seguro. Pero cada vez que trataba de meterle mano, el griego se soltaba con gracia y nadaba lejos. Era bastante mejor nadando así que no lograba alcanzarlo del todo.
Finalmente se hartó del juego y de la frustración y nadó directo a la orilla, hasta que salió se dio cuenta de lo mucho que se había cansado. Y sólo atinó a echarse sobre la manta, empapado y exhausto. Rebuscó en la maleta, comiéndose lo primero que encontró: una bolsa de papas fritas. Aioria no tardó en seguirlo, mas no se sentó de inmediato si no que sacó una toalla corta y se secó lo más que pudo antes de echarse. Luego imitó al otro y comenzó a comer. Ya pasaba de medio día y el sol estaba muy alto pero cando el viento comenzó a soplar, Ángelo comenzó a lamentar no haberse secado, estaba tiritando de frío.
Molesto, se hizo más hacia Aioria, buscando su espacio seco. El griego se rió por su actitud infantil.
–Ven, necesitas calentarte.
Lo jaló del cuello, hasta colocarlo sobre sí. Ángelo pensó que ya, que por fin iban a yacer juntos, que en realidad todo el viajecito era una escusa para tener sexo en un ambiente distinto; no tardó en ponerse sobre él, besándolo, metiéndole la lengua hasta la garganta y sintiendo la calidez de su cuerpo en contraste con la frialdad del propio. Se rozó contra él y consiguió de inmediato una erección.
Aioria apoyó una rodilla en la estera y lo hizo dar la vuelta para quedar encima, le sujetó las manos, sonriendo, y se agachó despacio para darle un beso muy casto, apenas rozando sus labios; luego se puso en pie y salió corriendo.
Ángelo reaccionó instintivamente, levantándose y corriendo tras él, luego, por sentirse un poco tonto, siguió corriendo. La playa no daba para mucho, pero al llegar al final Aioria comenzó a trepar por las rocas sin detenerse. El mayor tenía menos condición física y poco a poco iba atrasándose. El otro se burlaba a medias, bailando un poco antes de retomar su camino, en una de esas ocasiones Ángelo se lanzó hacia adelante tratando de sujetarlo y sólo logró bajarle el traje de baño.
El griego lanzó un grito sorprendido y se puso rojo hasta la punta del cabello aunque no había nadie para mirarlo. Ángelo aprovechó para tirarse sobre él y atraparlo finalmente.
–Ya estate quieto, te cogí y no voy a soltarte.
No hubo ninguna queja por parte de Aioria, estaba sin aire y aquella posesividad le excitaba. No iban a soltarse, se repitió, no iban a soltarse nunca. Comenzaron a frotarse, húmedos debido al sudor y con los cuerpos muy calientes.
–Espera, vamos bajo la sombrilla.
Se quejó, porque la roca en su espalda lo estaba lastimando.
–Olvídalo, lo haremos aquí.
Se removió de nuevo, queriendo levantarse.
–Pero los condones están en la maleta.
El mayor gruñó, en todo aquel tiempo habían seguido utilizándolos. Era una jodida molestia, quería poder venirse dentro de Aioria sin preocupaciones, pero luego caviló que era una mala idea: se había hecho los exámenes mas nunca había ido a recoger los resultados. Además tendría que pedirle al otro que se los hiciera también y no tenía ánimo para eso.
Su divagación duró unos instantes que Aioria aprovechó para quitárselo de encima y correr y saltar entre las rocas hasta el sitio donde habían dejado sus cosas. Ángelo lo siguió, esta vez con calma. Esos comportamientos infantiles del otro le causaban una sensación extraña –como un ligero temblor en los hombros– que no le gustaba. Cuando lo alcanzó vio que estaba bebiendo cerveza.
–Así que sí había…
–Sí, debajo de la comida, no sabes ni buscar…
En lugar de contestar la pulla le arrancó la cerveza de las manos y se bebió el resto. Luego se desnudó, pudo percibir el brillo y el interés en la expresión del menor, lo que lo hizo sentir satisfecho.
–Quizá deba correr ahora yo – comentó guasón. Aioria le sonrió
– ¿Quieres perder más tiempo con eso? – y sacudiendo la bolsita de aluminio del profiláctico entre sus dedos se la puso luego en la boca para quitarse también el bañador.
No dijeron mucho más después de eso, sus cuerpos hicieron toda la charla, no tenían que preocuparse por nadie más ni por ser discretos y aunque el escandaloso era más bien Aioria el otro no se enojó.
El viento cálido y el aroma a mar de pronto le parecieron agradables, más porque estaban mezclados con el aroma del sexo y la pasión. Se sentó, haciendo resbalar el brazo de Aioria sobre su torso hasta su cadera y miró el lugar. Era tan agradable y cálido, la espuma meciéndose en cada ola, el sol deslumbrando sus ojos, el juego de colores, la iluminación… le inspiraron. Fue a hacerle un comentario al griego cuando se dio cuenta que se había quedado dormido, así sin más. Desnudo, sudoroso y despeinado. La luz era menos intensa sobre él, debido a la sombrilla, sin embargo su cabello despedía reflejos dorados. Tenía las manos rudas, los hombros anchos, la frente alta. Ángelo jamás se había fijado en él con tanto detalle. Al respirar se le inflaba un poco el estómago, y a veces entreabría los labios.
Ángelo sacó un sándwich de la maleta y siguió captando detalles de su compañero mientras comía. Los granos de arena pegados a sus pies, el escaso vello sobre su pecho, las cejas gruesas y despeinadas.
La emoción dentro de sí se intensificó, aquel hueco extraño que era como un peso en sus hombros. Algo había en aquel muchacho que lo emocionaba, algo que no podía definir. Se obligó a pensar en eso y parecía a punto de alcanzar una respuesta cuando el otro se removió un poco y abrió los ojos.
–¡Hey!, no te acabes la comida.
Se talló los ojos con el puño, sentándose. Ángelo le encajó el sándwich en la mano.
–Come, tenemos que volver pronto, no tardará en anochecer.
Aioria seguía medio dormido y no se percató de la extraña expresión del otro y es que Ángelo se decía a sí mismo que no había ningún sentimiento allí, el chico era demasiado molesto para eso.
Cuando volvieron a subir a la bicicleta y dejaron la playa no miró atrás.
