XXIII

El día anterior había estado lloviendo, se dijo que seguramente era por eso, se sentía con frío y tiritaba, sentía la nariz cerrada y la cara muy pesada. Se giró de nuevo en la cama, azorado. Tenía que dormir, debía descansar al menos un poco, pues mañana debía volver al taller, faltaban sólo unos días para la exposición y no podía perder el tiempo. Sin embargo no logró conciliar el sueño, se removía una y otra vez, cansado pero ansioso, tenía algunas alucinaciones, quizá debido a la fiebre, sin lograr concentrarse en nada. Pensó en salir y comprar algún medicamento, pero era tarde en la noche y dudaba poder orientarse en la calle, pues seguía lloviendo.

Luego de lo que le pareció un rato muy largo sintió un toque fresco sobre su mejilla y después un paño realmente frío sobre su frente. Suspiró de placer, aquello se sentía realmente bien.

Aioria había llegado al apartamento temprano por la mañana, quería pasar a verlo antes de irse a la escuela, pero se lo había encontrado medio inconsciente y claramente enfermo y no pudo dejarlo así. Lego de ponerle el paño en la frente decidió que era mejor seguir adelante y le destapó, le quitó toda la ropa –el otro estaba aun muy ido para oponerse– y le echó una toalla húmeda por encima.

Ángelo comenzó a temblar, aquello estaba helado, pero luego de un rato se encontró menos ansioso y pudo quedarse dormido. El otro le quitó la toalla húmeda, le secó un poco y le cubrió con sábanas limpias. No sabía bien si sentirse molesto por aquel contratiempo o sentir ternura por ver al otro tan expuesto. Al final decidió que ese día no iba a ir a la escuela, tenía otras cosas más importantes de las que ocuparse, salió por algo de comida y un par de antipiréticos que le hizo tragar a sorbos. Y luego se quedó a esperar.

Cuando Ángelo despertó habían pasado ya unas cuantas horas, el sol de medio día podía adivinarse aun a través de la cortina echada y el ruido de la televisión le llegaba desde el salón. Se mesó los cabellos, algo confundido; estaba mucho mejor, todavía tenía fiebre pero era bastante más leve, la sed lo atacó de improvisto y paladeó la sequedad de su lengua. Había un vaso con agua en la mesita y una carterita de pastillas ya comenzada, se tragó otras dos y se tronó el cuello girando la cabeza. Tenía que ir a trabajar, se dijo, no podía perder más tiempo.

Fue el ruido de la puerta del baño lo que alertó al menor, que apagó el televisor y entró en la recamara, donde vio al otro lavarse la cara.

– ¿Ya te sientes mejor?

Ángelo lo miró a través del espejo, hasta ese momento no había captado completamente que aquel tenía que estar en su casa, que seguramente había sido él quien le había cuidado. Su mente estaba en otro lado y no tenía ganas de distraerse.

–Ya.

Se dirigió al armario y sacó un montón de ropas al azar y comenzó a vestirse. Aioria lo miraba un tanto serio, había esperado un agradecimiento, por más pequeño que fuera, pero al otro parecía darle lo mismo que estuviera allí.

–Preparé pasta, por si quieres comer.

–Tengo que irme al taller – le contestó incluso antes de que terminara de hablar.

–No puedes ir así, aún estás enfermo.

Frunció el seño debido a la preocupación, pero Ángelo no estaba de humor para recibir aquellos cuidados que lo molestaban.

–Ya te dije que estoy bien. Tengo que trabajar, yo no trabajo por entretenimiento, como otros, yo tengo que sacar para comer, ¿te enteras?

La cara de Aioria se crispó de furia, ¿qué era eso?, ¿qué tipo de reclamo era ese? Sin embargo fue sólo un instante, su corazón de oro era más fuerte que su orgullo y la preocupación pudo con él.

–Pero no estás bien, ¿cómo vas a poder hacer nada en ese estado? ¡Seguro que te regresa la fiebre a medio camino!

Por su parte el mayor ya había terminado de vestirse y estaba cogiendo las llaves, molesto se dijo a sí mismo que más le valía quitar la copia de repuesto de debajo del tapete, así el chico no volvía a meterse por su cuenta. Aioria al verlo dirigirse a la puerta le cogió de los hombros y lo forzó a girarse, estaba dispuesto a tumbarlo en la cama a viva fuerza, pero Ángelo era enérgico también y se trabaron en una pelea cuerpo a cuerpo donde no lograban avanzar ni retroceder.

–¡Entiende, Aioria! ¡Tengo una fecha límite, no puedo estar perdiendo mi tiempo contigo!

Finalmente lo soltó y el mayor aprovechó para irse sin despedirse siquiera. Aioria se quedó un rato allí, en medio de la sala, con una sensación de despecho y molestia que no supo interpretar; se estaba invirtiendo demasiado con un tipo al que no le importaba nada. Molesto consigo mismo se fue de allí, aun podía llegar a tiempo a su propio trabajo.

Sin embargo cuando llegó allí ya no estaba enojado. Estaba seguro de que Ángelo seguía con fiebre y quizá por eso se había puesto tan necio, además realmente él había sido muy rudo, cogiéndolo de esa forma, forcejeando con un enfermo. Se obligó a repasar la cuenta que estaba revisando en ese momento y descubrió un par de errores. Sabía que al mayor no le gustaba que lo viera vulnerable, que siempre prefería estar solo cuando pasaba por un mal rato y que debía haberse sentido invadido. En cierta forma convivir con él le parecía similar a domesticar a un lobo salvaje y eso no se lograba cerrando la correa.

Él mismo prefería que lo cuidaran cuando se sentía mal, pero quizá el otro no fuera así. Le sorprendió y agradó también su compromiso con su trabajo. Él había estado dispuesto a faltar por cuidar de Ángelo, pero posiblemente hubiera querido ir si el enfermo hubiera sido él mismo.

Frustrado se mordió los labios y corrigió la cuenta por tercera vez. ¡Al diablo con lo que el otro quisiera! Iba a volver allí por la noche para ver como seguía, también iba a llevarle algo de medicina, cualquier antibiótico estaría bien.

Fue a su propia casa saliendo del trabajo, para cambiarse y coger más dinero, estaba por salir cuando una figura se interpuso entre él y la puerta.