XXIV

De pronto, allí frente a la puerta de entrada, con los brazos cruzados y la mirada seria, estaba su hermano. Aioria vaciló visiblemente, tenso. Había creído que siendo tan tarde, todos estarían dormidos.

–¿A dónde vas? – le preguntó el mayor con su voz profunda y ronca, sin disimular su mal humor y su disgusto.

Volvió a titubear, Ángelo se había portado como un idiota y quizá lo mejor era dejarlo solo, quedarse en casa y evitar una pelea, pero el recuerdo de sus labios pálidos debido a la fiebre lo hizo preocuparse y afianzarse en su posición.

–Voy a salir un rato – su voz no sonó muy segura y eso lo hizo enojar.

–¿Un rato? ¿Y por eso llevas tu mochila con todas las cosas listas para mañana?

Aioros no descruzó los brazos, no quería que su hermano viera que le temblaban las manos del coraje, estaba preocupado y tenso; jamás había tenido problemas para hablar con él, ni habían tenido que enfrentarse tan abiertamente, pero la situación le estaba desquiciando. Sus padres también estaban angustiados y nadie se atrevía a hablar con el muchacho. Las cosas no podían seguir así.

–¿Sabes cuántas noches has pasado en casa en ésta semana? ¿O en la anterior? ¡Cielos, Aioria! Vienes sólo a cambiarte de ropa y a coger algo de dinero. ¿Crees que no te escucho cuando te escapas a media noche, cuando crees que todos estamos dormidos? ¿Qué crees que estás haciendo?

Sus reproches no eran duros, lo duro era su pose férrea y la desaprobación en su mirada. El menor tuvo que apretar los puños para obligarse a no bajar los ojos, pero le tomó un largo muy rato poder responder:

–No es nada malo, ¿ya? No es como si… yo… sólo voy a casa de Ángelo, me quedaré allí con él y…

–¡¿Nada malo?! –estalló entonces, sin poder contenerse –¡¿Nada malo?! ¡¿No es como si… qué?! ¿Cómo si no te dejaras follar por ese sujeto? ¿Cómo si no fueras allí sólo para embriagarte, joder y drogarte?

Aioria estaba impresionado, jamás había visto a su hermano perder el control ni mucho menos le había escuchado groserías; sin embargo los insultos le dolieron y su ánimo reaccionó, indignado.

–¡Ángelo no utiliza drogas!

Defender al otro no fue un movimiento inteligente, Aioros lo sujetó de los hombros y lo sacudió dos, tres veces.

–¡No seas ingenuo! ¡Todos los bastardos de la local lo hacen, ese barrio en el que vive, eso en lo que finge que trabaja! ¡Todo te lo dice! ¡Llegas a casa apestando a alcohol y a sexo! ¿Cuánto daño quieres hacerle a tu familia?

Aioria se arrepintió de haberle contado tanto sobre Ángelo, en aquel momento lo que quería era que llegando a conocerlo, se relajara un poco; jamás había creído que utilizaría aquello en su contra. Además comprendía un poco mejor las palabras que el italiano le había dedicado aquella mañana, "algunos tenemos que trabajar", comprendió cómo veía el mundo la relación entre ellos, la desventaja en la cual lo ponía. Se sacó a su hermano de encima de un empujón, su cara dolida y aún incrédula.

– ¿Cuál daño? Si mamá ya sabe que estoy con él, me dijo que lo aprueba…

A ella no le había dado tantos detalles, sino una versión resumida y superflua, indicándole que salía con otro hombre.

–¡Por supuesto que eso te dijo! ¿Qué más podía haber hecho? Pero cuando tú estás divirtiéndote con ese idiota ella se la pasa llorando, sintiéndose culpable porque tú seas un pervertido.

Las palabras le cayeron encima. ¿Un pervertido?, ¿de verdad eso creía ella?, ¿lloraba por él, por su hijo menor? Una sensación pesada de culpa le corrió en el estómago y por las manos, temblorosas. Iba a abrir la boca, aunque no sabía qué iba decir, quizá una disculpa, cuando la voz de su hermano le calló.

–A papá no le dijiste, cobarde, sabes que él te habría corregido a golpes.

Aioria cerró la boca muy despacio. Su padre era un hombre fuerte y muy rígido, pero jamás le había pegado. Sin embargo su hermano tenía razón, ese era su miedo y por eso no le había dicho nada. De quien jamás había esperado esas reacciones eran de él, de Aioros, podía sentir su disgusto y su desprecio. Levantó una mirada decidida y fría. Su hermano pareció desmoronarse bajo ella, comprendiendo que había ido demasiado lejos.

–Aioria –comenzó, su voz mucho más suave ahora– ya nunca estás en casa… todos estamos preocupados por ti. Sabemos que luego que rompiste con Marín estuviste muy triste y todo pero… deja de hacer esas locuras, si lo dejas…

–No –interrumpió, su voz firme y su rostro muy serio– no voy a dejarlo.

El mayor hizo un gesto de dolor.

– ¿Tanto te importa ese tipo que le das la espalda a tu familia?

–No sé si me importa o no –rebatió rápidamente– ¡por dios, Aioros! Es una relación de qué, ¿cuatro meses? No es como si fuera a ser para siempre o algo así. Me voy porque son ustedes quienes me dan la espalda. Porque sea Ángelo o sea cualquier otro, me gustan los hombres. Y si a ti y a papá no les parece… bien pueden pasársela sin mí, no es como si fueran a perder nada.

–Aioria…

Murmuró el otro, ahora asustado e impresionado, cuando su hermano caminó hacia él, se apartó de la puerta, temiendo de pronto que fuera a devolverle la agresión anterior.

–Ya no me esperes, no voy a volver.

Salió de allí sin pensar bien hacia donde se dirigía. Por más firme que se hubiera mostrado no sabía lo que estaba haciendo ni lo que había dicho. Estaba herido y furioso, pero sobre todos sus pensamientos había uno que se repetía sobre los demás, enérgico: ya no quiero vivir aquí.

Era más de media noche cuando llegó al apartamento, la llave seguía debajo del felpudo y pudo entrar sin problema, se encontró a Ángelo dormido bajo las cobijas y sin preguntar se metió a la cama con él.

El italiano no dijo nada, estaba agotado, había tomado muchísimas pastillas, pero la fiebre no se había ido del todo. El calor del cuerpo ajeno le hizo sentir confortado y se abrazó a él sin despertarse por completo. Aioria se prensó a él también, comprendiendo que lo que había dicho a su hermano no era cierto, ese hombre le importaba mucho, muchísimo y quería que aquello no terminara jamás.