XXVI
Era ya un poco tarde, se había excedido corriendo esa mañana y tenían las piernas acalambradas. Cuando entró a su apartamento se encontró con que Aioria ya se había levantado, mas aún no se arreglaba. A pesar de que su trabajo era de tiempo completo, entraba después de las diez y siempre lo encontraba remoloneando antes de irse. Él mismo no tenía horarios, pero apuraba cada hora en una persecución que parecía destinado a perder. Suspiró, no le había dicho nada al chico, pero a llevaban un mes de retraso en la renta del taller y el dueño amenazaba con echarles. Las cosas iban a complicarse mucho; y él no podía controlar su estrés.
Aioria le saludó sin mucho entusiasmo, sabía que era imposible sacar nada de él en las mañanas, pues siempre iba apurado; sólo le dejó el contenedor de comida que le preparaba todos los días sobre la barra de la cocina y siguió con su desayuno. Cada día iba mejorando un poco al cocinar y le gustaba regalarse a sí mismo comidas sabrosas para inicar la mañana. No había vuelto a casa de su familia más que para recoger sus cosas; la independencia económica le estaba sentando bien, tenía que conducirse con mucho cuidado en el trabajo y ser siempre muy correcto y educado, pero jamás había podido disponer de tanto dinero.
El mayor se metió a la ducha y se dio un baño rápido, luego se secó con brío y salió a buscar algo de ropa. Removió rápidamente en el armario y no encontró ninguna camiseta suya. Estaba lleno de las camisas de Aioria, se irritó, ¿desde cuándo Aioria tenía tanta ropa en su casa? Parecía que le había invadido completamente el closet. La molestia le borboteó en el estómago vacío y decidió que tenía que decírselo en ese mismo momento, así que salió de la recamara para enfrentarlo.
Se llevó una sorpresa al verlo girarse y ver que tenía una camiseta puesta, una de las suyas, con uno de sus cuadros pintado. Su enojo subió aún más, amenazando con sellar su garganta.
– ¡Quítate esa camiseta!
Le gritó finalmente, incapaz de expresarse. Aioria rodó los ojos, no demasiado sorprendido por aquel exabrupto, conocía bastante al italiano como para no darle importancia a sus arrebatos.
–Siempre estás muy irritable en las mañanas– le contestó con resignación, pero su actitud calmada no se le contagió al mayor.
–¿Irritado? ¿Irritado? ¡Claro que estoy irritado! ¿Por qué mierdas te apropias de lo que no es tuyo? ¡Y saca todas esas porquerías de allí, que no hay espacio para nada!
El griego no alcanzó a comprender de qué le hablaba así que lo dejó seguir, mientras se bebía el café a sorbos. Las palabras se le resbalaban, pensó un momento en enojarse, pero la verdad todo aquello le daba más bien pena. Aquel hombre era como un niño pequeño, no se le podían tomar los desplantes muy en serio; pero tampoco iba a dejarse ningunear así. Cuando finalmente el mayor se cansó de gritar y se quedó callado aprovechó para hacerlo enojar aún más:
–No sé de qué hablas.
Le dijo mientras dejaba la taza en la barra, sonriendo con chulería. Ángelo sintió su cara ponerse roja.
–Quítate. Esa. Camiseta. ¡YA!
Aioria se la sacó de inmediato y se la arrojó al rostro.
–Toma, ¡trágatela!
Su voz no estaba enojada, pero sí bastante altiva. ¿Tanto por una estúpida playera?, ¡qué temperamento!, él en cambio sabía controlarse y se lo estaba demostrando.
El mayor se la encajó de inmediato y sin decir nada más se dio la vuelta. Junto con las llaves se llevó la comida, por pura costumbre. Aioria estuvo a punto de soltar una carcajada, aquello era lo bueno de su amante: podía parecer un pesado egoísta y malparido pero debajo ocultaba una persona bastante atolondrada y necesitada de afecto. Se dijo que de cualquier forma tenía que bañarse pronto y luego cambiarse de ropa, y lo hizo. A la hora de vestirse se dio cuenta de que realmente el armario estaba colmado de ropa suya y a fin de cuentas jamás había pedido permiso para poner nada allí.
Su amante jamás se había quejado, pero tampoco movía nada que fuera suyo, él en cambio utilizaba bastante la ropa del italiano, principalmente para dormir, pues como olía a él le relajaba. Pensó que aún tenía tiempo, sí, apenas eran las ocho de la mañana, tenía tiempo de sobra.
Ángelo no tardó mucho en llegar al taller, y se puso de inmediato a trabajar con un bloque de piedra. Darle fieros golpes con el cincel le ayudó a calmarse, para entonces ya había llenado toda su área de esquirlas. Afrodita se acercó con una sonrisa burlona.
– ¿Qué sucede, Death Mask, problemas con el gatito?
–No –respondió de inmediato, molesto –, nos va perfecto, estuvimos cogiendo toda la mañana y estoy molesto por haber tenido que venir aquí a trabajar con esta mierda en lugar de seguírmelo tirando.
Sus palabras consiguieron el efecto deseado: el sueco frunció los labios en una mueca que afeaba su rostro, mitad de repulsión, mitad de desazón; siempre reaccionaba así cuando escuchaba del sexo interpersonal.
–Ya, sí me lo creo, apestas a él.
Ángelo frunció el seño, ahora que se lo habían señalado se daba cuenta que era verdad. Llevaba el olor de Aioria impregnado en la camiseta. Se turbó un poco porque no sólo olía a la piel del otro, también había un cierto aroma a sexo. Continúo golpeando aquella piedra sin poder librarse de la imagen del chico, estuvo todo el día con aquel pensamiento sobre él.
Se dijo a sí mismo que todo era una exageración y un despropósito, había sido una cosa tan tonta; generalmente no reñían, él se enojaba con frecuencia, pero solía apartarse y resolver sus emociones solo. Las pocas veces que le había gritado a Aioria éste no le respondía así, aquel "trágatela" y la camiseta en el rostro le habían molestado, le habían herido, pero eso no quería reconocérselo. Quizá Aioria estaba ofendidísimo también, a saber. El chico continuaba sorprendiéndolo con sus reacciones, tan imprevisibles.
El aroma de la camiseta le asaltó todo el día, impidiéndole olvidar el tema, se quedó trabajando hasta tarde porque no quería volver al apartamento y encontrarse con él; Aioria pasaba por allí sin avisar y lo que menos quería en el mundo era otra escena. Ángelo era un hombre muy visceral, rápido para la furia, sin embargo rehuía los enfrentamientos, nada le fastidiaba más que perder los estribos frente a otra persona, lo hacía sentir débil.
Ya era tarde en la noche cuando finalmente renunció a seguir trabajando, ya no había transporte y tuvo que regresar caminando, aquello le llevó más de una hora y llegó aterido de frío.
Encontró la salita vacía, las luces apagadas. Quizá realmente Aioria seguía molesto y no había ido ese día. Sin saber si sentirse aliviado o molesto se sacó los zapatos y se metió en la recamara. Se desnudó y no fue hasta que abrió la cortina que se dio cuenta de que había alguien en su cama. Un poco molesto por la luz de la lámpara de la calle el chico se removió:
–Tú y tu manía de abrir la cortina…
Pero luego se dio la vuelta, dispuesto a seguir durmiendo. Ángelo se sintió extrañado, ¿el chico había ido allí sólo para dormir?, no tenía sentido. En ese momento se fijó que la puerta del closet estaba abierta y acercándose se dio cuenta de que estaba lleno con ropa suya, Aioria la había lavado y puesto en su sitio. Frunció los labios, era un buen detalle y sin embargo era una invasión más. Se dirigió a su lado de la cama y le sacudió el hombro, dispuesto a echarle un sermón, sin embargo el chico no había podido conciliar el sueño nuevamente y decidió que quería hacer otra cosa. Cuando sintió al mayor tan cerca de él se incorporó, le lanzó los brazos al cuello y arrastró su cuerpo hacia la cama, colocándoselo encima.
El italiano estaba más que estupefacto, esa movida no se la había esperado. Cuando la boca ajena se apropió de la suya dejó de pensar y se dejó ir en aquella sensación agradable y húmeda. No entendía al chico para nada, pero entendía aquel abrazo y la calidez de sus labios.
