Tonelada – Shion y Milo

El humo le escocía la cara, el calor comenzaba a resultar amenazante y los soportes de la vieja choza estaban desintegrándose, amenazando con dejar caer una tonelada de techo y escombro sobre el niño que se mantenía agazapado en el bulto de ropa sucia, casi sin moverse.

"Métete allí y no te muevas", le había ordenado su madre hacía unos pocos minutos y Milo tenía la impresión de que era mejor continuar obedeciendo. No importaba nada que su madre se hubiera echado a dormir sobre el suelo ni que su padre estuviera gritando en la habitación de al lado. Tampoco le interesaban aquellos hombres que habían arrojado la lámpara de brea contra la pared – la que había comenzado el fuego– y se habían ido riendo.

Se dijo que solo importaba quedarse callado, quieto y esperar; su mente infantil no alcanzaba a comprender del todo lo que estaba pasando pero estuvo seguro de que pronto terminaría. El crujido de la madera al calcinarse creció y los gritos del padre cesaron. Estaba a punto de salir de aquel hatillo apestoso cuando una sombra inmensa entró en la habitación, el pequeño volvió a arrebujarse en su escondite y evitó respirar con la esperanza de no ser notado, pero el hombre parecía saber exactamente en dónde se encontraba pues fue directo hacia él, metió una mano cubierta de dorado en el montón de harapos y le sacó jalándolo de un codo.

Milo se asustó pero no demasiado, no tenía idea de qué era todo aquello, quizá lo pusieran a dormir también –como a mamá– y se acabara el juego. Quizá sólo era una de esas pesadillas malas que tenía de noche y se despertaría para irse corriendo al lecho de sus padres.

El hombre era anciano, tenía el cabello muy blanco – como una nube esponjosa – y los ojos bordeados de profundas arrugas, su movimiento era lento pero su porte y su constitución parecían desmentir su edad. Forzó al niño sobre su brazo sin demasiada ceremonia y le tapó con su manto para protegerlo del fuego y el humo. Milo se removió contra las duras placas de la armadura que le pinchaban y al asomar la cara entre los pliegues de la túnica alcanzó a ver el cuerpo de su madre siendo lamido por las llamas, la carne volviéndose negra donde el fuego era más intenso. No lloró ni gritó, porque no entendía.

Cuando salieron al aire libre rompió a toser, hasta entonces no se dio cuenta de cuánto le había faltado el aliento. Se mareó un poco y se dejó llevar más dócilmente. Los cuerpos regados alrededor de la propiedad no le dijeron nada, todos estaban muertos. La casa se derruyó cuando apenas iban unos metros más allá; estaba tan impresionado que no alcanzó a reaccionar.

Milo nunca olvidó aquel día, pero tardó muchos años en comprenderlo. Odióo a Shion con todas sus fuerzas, porque aunque lo había salvado, habría podido llegar diez minutos antes y salvarlos a todos. Habría podido… de haber querido.