Hielo – Aioros y Shion

No podía creerlo, ¡no podía ser!, ¿eran tan crueles los dioses y el destino para someterle a aquella prueba? Aioros temblaba de consternación y de pesar viendo al grupo de niños entrar al Santuario, aquellas caras llenas de incomprensión y miedo nunca le habían dolido como aquel día. Se marchó antes de ser reconocido, preguntándose si podría evitarlo, si habría alguna solución.

Se presentó en el Templo Mayor con temor a no ser recibido pero el Patriarca concedió su audiencia y lo hizo pasar casi de inmediato. Sus pasos traicionaban su excitación, sin embargo se obligó a pararse en el lugar adecuado, posar una rodilla sobre el suelo y bajar la cabeza. El mármol –frío como hielo– le devolvió su propio reflejo, su cara pálida coronada por el casco de Sagitario, su mirada agitada y llena de interrogantes, la nubosa capa satinada.

Shion no estaba sorprendido, sabía que su caballero iba a actuar así, aquello era también una prueba, la misma que el santo de Géminis había fallado.

–Levanta el rostro, caballero de Sagitario y responde ante mí, ¿te consideras un digno sirviente de la paz y la justicia?

Aioros sintió las palabras morderle el pecho.

–Sí. He entregado mi vida y mis fuerzas para servir a esos nobles propósitos, a la Sagrada Diosa Atenea y a usted, su excelencia.

El Patriarca se incorporó, pensó que era ya demasiado viejo para tener que vivir aquellas escenas trágicas pero era su deber.

–Se te pide que entregues algo más.

Aioros no respondió de inmediato, si hubiera renunciado a toda su individualidad para entregarse a la orden no habría reconocido la cara de su hermano menor aquella mañana. Pero una vez que había conseguido la armadura había vuelto a casa, para tranquilizar a sus padres sobre su suerte y al ver el bebé que era Aioria en ese entonces supo que lo amaba demasiado para alejarlo de sí. Quizá aquello era un castigo por su actitud tan mundana…

–No ha sido traído aquí a causa tuya – Shion pareció leer su mente –, las estrellas lo eligieron, el universo mismo lo señaló como uno de nosotros.

El menor tembló con más fuerza aún, él había logrado sobrevivir, se había convertido en santo dorado pero recordaba perfectamente el duro camino que lo había llevado hasta allí y también los rostros de todos los que había visto morir a su paso, los días de hambre y miseria.

–Tú serás su maestro – continuó el patriarca, dispuesto a brindarle una esperanza –, lo obligarás a crecer y a ser fuerte. Protegerás su vida y le mostrarás por qué tiene que luchar. Conoces los ideales, Aioros, tú sabes por qué todos aquí estamos dispuestos a morir. Él lo estará también, si lo haces bien. Cumple con ésta orden y él podrá pararse ante ti como un digno Caballero de la Orden.

Aioros asintió, sí, aquel era su deber, amaba a Atenea apasionadamente, Aioria la amaría también, lo ayudaría, lo guiaría y lo haría superarse; aquel era su destino.