Viaje – Afrodita y Aldebarán
El sueco se sentía bastante satisfecho aquella mañana, acaba de darle un fiero susto a un par de aprendices mayores y luego les había robado la merienda. No disfrutaba del todo aquellas pequeñas escaramuzas, buscaba el resultado: las habladurías corrían rápido y no tardaría en ser reconocido en aquel lugar. Eso era mejor que ser atacado siempre, era mejor si el miedo mantenía a los demás apartados. Además aquella comida estaba buena, mucho mejor que la que recibía como aprendiz en el templo de Piscis.
Cuando atravesaba el refugio percibió un grupo de energías desconocidas, sonrió con malicia: nuevos aprendices; mejor dejarles las cosas claras de una vez, antes de que creyeran que por su 'apariencia bonita' era una víctima fácil. Al acercarse un poco más se molestó, estaban algo dispersos… aquello iba a tomar mucho tiempo, tenía que darse prisa o su maestro le castigaría de nuevo.
Entró de forma apresurada la zona de las cabañas más deterioradas, donde albergaban a los recién llegados, estaba prácticamente vacía, alcanzaba a ver sólo una cabeza castaña en una de las camas. Con decisión le lanzó una patada a aquella figura cubierta y estaba dispuesto a continuar cuando ésta se incorporó rápidamente y le enfrentó.
Afrodita dio un brinco hacia atrás y se tropezó, cayó sentado y alzó la vista hacia la colosal imagen frente a él. Aquel chiquillo era enorme, alto y macizo, con una cara ruda y una expresión un tanto amenazante. El sueco se quedó helado viendo lo grueso de sus hombros y los anchos músculos de los brazos; estaba muy asustado, aquel chico iba a atacarle, estaba seguro.
Esperó el golpe por mucho rato hasta que finalmente se dio cuenta que aquel asalto no iba a llegar. El otro niño seguía allí, firme y un poco fiero pero no atacaba. Se levantó finalmente y obligado por su propio orgullo le lanzó un puñetazo al costado.
Aldebarán recibió la nueva agresión por sorpresa, jadeó al perder un poco de aire pero no atinó a reaccionar de ninguna otra forma. Había sido arrebatado de su hogar con una explicación que no había entendido en absoluto, el viaje hacia aquel lugar había durado semanas y ahora lo despertaba la dolorosa agresión de una niña de lo más agresiva y extraña. No se atrevió a contraatacar. Aguantó una patada en la cadera y un segundo puñetazo en la boca del estómago. Quizá todo era parte del entrenamiento, tendría que soportar.
Afrodita siguió con aquel injustificado ataque, pero con cada puñetazo y patada se iba asustando aun más. Aquel gigante no le respondía pero tampoco sucumbía ante su agresión, ni siquiera parecía sentir dolor. Tuvo la impresión de que no podía ganarle, de que lo mejor que podía hacer esa salir pitando de allí antes de que se decidiera a vengarse, seguro que podía matarle.
Se giró de improviso y huyó corriendo. Aldebarán por su parte finalmente relajó su postura y lloró, no había querido hacerlo frente a él pero realmente lo necesitaba.
