Multitud – Aldebarán y Mu
Llevaba varias semanas en el santuario pero los otros niños seguían sin acercársele; podía sentirlos mirarle detrás de las columnas derruidas, podía escuchar sus risas o sus exclamaciones maliciosas pero casi nunca lograba verlos antes de que salieran corriendo. Nunca podía hablar con ellos.
El patriarca no le permitía entrar en el coliseo y ni siquiera había observado las peleas pero podía escuchar el ruido de los golpes y los gritos de la multitud desde afuera. Mu suspiró, quería ver, quería estar allí donde estaban todos los niños y al fin integrarse a su nueva vida. Pero estaba aislado, su maestro no lo había presentado ante los otros aprendices y tampoco le había enseñado el idioma; sólo le ordenaba entrenar por su cuenta y luego se iba, desaparecía por días enteros ocupado con los asuntos del Santuario.
Mu se sintió invadido por la necesidad de volver a su casa, cerró los ojos y se imaginó la vieja granja, la docena de hermanitos; aquellos días calurosos y hambrientos eran mejor que la soledad de aquel lugar, sus gritos y su aislamiento perpetuo. Apretó los dientes, no podía volver y lo sabía; se alejó de las paredes externas del coliseo y se fue rumbo a las cabañas donde vivían todos los niños, los aprendices y escuderos.
Vio una figura un poco agazapada detrás de una de las construcciones y se puso en alerta, pero al acercarse pudo constatar que el otro estaba dormido. Lo miró con fijeza, algo tenía de extraño: su rostro era especialmente infantil pero su tamaño era casi el doble del suyo. Dudó pero al final se sentó a su lado. Hacía tanto que no sentía aquello, la sensación de un costado cálido contra el suyo, escuchar la respiración de alguien más, no pudo evitarlo y lloró.
Ante el ruido el otro niño se removió y le habló, pero Mu no pudo entender ni una palabra, a penas y las sílabas, porque su lengua era florida y la entonación muy cerrada. Eso lo hizo llorar aún más fuerte; no entendía lo que decía nadie, por eso todos evitaban hablar con él. Comenzó a discutir a su vez, aunque sabía que el otro no entendería; sólo eran cosas que necesitaba gritar, reclamos que no se atrevía a soltar frente a ningún otro.
Cuando finalmente pudo controlarse se dio cuenta de que el otro niño le había puesto el brazo sobre el hombro y lo acunaba en silencio. Se alejó un poco para mirarlo a la cara y le susurró algunas frases en ese idioma exuberante, del cual no recogió ni una sola palabra.
Mu dudó, pero finalmente se inclinó hasta el suelo y con su dedo dibujó su nombre, era la única palabra que sabía escribir.
–Mu – dijo alargando la vocal.
El otro niño se rió, dibujó algo redondo y con cuernos y repitió "mooooo" y se señaló el pecho.
Él se ofendió, creyendo que era una burla. Hicieron falta varias docenas más de dibujos para que llegaran a entenderse.
