Aprendizaje – Mu y Afrodita
Hacia rodar las piedras entre sus dedos, tallándolas entre sí hasta dales una forma más o menos redonda, luego las apilaba en un pequeño montoncito. Lo hacía rápido y en silencio, sin levantar la vista, incluso cuando los pies del otro niño invadieron su campo visual continuó ignorándolo.
– ¿Qué haces?
La voz era infantil y aflautada, amable, pero Afrodita no levantó la vista; siguió moviendo los dedos, tallando las piedras de arenisca sin responder.
El otro niño balanceó su peso sobre sus pies, para finalmente ponerse en cuclillas y acercarle el rostro.
– ¿Qué haces? ¿Quieres que te ayude?
Afrodita siguió en silencio, no le gustaba ese niño, no le gustaba ninguno de los niños del santuario, siempre estaban burlándose de él, siempre estaban abusando, golpeándole… la ira le hizo detener sus movimientos y el otro niño aprovechó para quitarle los pedruscos de las manos.
–Mira.
Elevó su cosmos un momento, era una energía dulce y traviesa y al abrir las manos reveló dos perfectas esferitas de idéntico tamaño. Mu sonrió satisfecho, aún no había aprendido del todo a controlar sus habilidades psicoquinéticas y haber logrado la pequeña modificación le emocionó muchísimo. Le tendió las piedras al mayor pero éste no dudó, le contestó el ofrecimiento con un fuete manotazo que las hizo saltar de su puño.
Afrodita había sentido aquello como una burla, él se había tardado tanto en hacerlas y ese niño llegaba a insultarlo así. Ciego de irritación tomó entre sus manos el montón que había ido reuniendo y las lanzó con fuerza contra él.
– ¡Lárgate!
Mu fue a cubrirse la cara, pero las piedras ya le habían golpeado los ojos y la arena le había obligado a cerrarlos. No podía tallarse sin lastimarse y comenzó a llorar, no por el manotazo ni por las pedradas, ni siquiera por sus ojos. Lloró de desazón y desilusión.
Había pasado sus primeros años en una granja del Tíbet, mimado y protegido, conocía el trabajo duro pero también la calidez y el afecto familiar. Cuando Shion había ido por él, le había explicado todo sobre el Santuario y le había mostrado su verdadera naturaleza y Mu –que ya la adivinaba diferente– no tardó en aceptarla.
Jamás había vivido la injusticia. Aquella experiencia lo dejó impotente: todos los niños reaccionan así la primera vez que los tratan con crueldad. Creía que si él se aproximaba a alguien de buena fe recibiría correspondencia, fue terriblemente doloroso para él aceptar que no funcionaba así, que sus ideas estaban erradas, que el mundo en sí mismo no era como él había creído. Sus ideales se tambalearon y cayeron mientras Afrodita se ponía en pie y erguido en toda su altura le gritaba.
– ¡Lárgate! ¿Qué tienes tú que ver conmigo? ¿Qué buscas ensuciándote las manos en la tierra cuando en el templo mayor juegas con canicas de cristal? ¡Tu burla me sobra! ¡Lárgate!
Mas no esperó, se dio la vuelta y se fue; lloraba también, pero Mu –cegado por la tierra– no llegó a darse cuenta.
