08 – Violencia – Milo y Saga – 500 palabras
Saga se dejó llevar y le revolvió el cabello con un gesto espontáneo; siempre saludaba así al pequeño pero se sorprendió de encontrar en su rostro una mirada adusta y resentida.
–Vaya, estás muy serio.
Instintivamente su voz también se había puesto formal, incluso había corregido su postura para cuadrar los hombros e imponer su porte y su altura. El menor bajó la vista un momento ante tal despliegue de autoridad, pero luego volvió a elevarla.
–No me trates como a un niño.
Su voz no había sido del todo firme, había un dejo de súplica en alguna parte que conmovió poderosamente al mayor, sin embargo no volvió a relajarse.
–Eres un niño, Milo, ¿por qué te molesta?
Entonces el menor hizo algo que jamás hubiera esperado, se lanzó contra él y le hundió un golpe en el muslo. Saga no llevaba puesta la armadura y el ataque tuvo la fuerza suficiente para hacerlo dar un paso atrás; su reacción fue totalmente instintiva –aún no aprendía a atacar sin hacer daño– le lanzó un golpe firme y fuerte en la sien. Milo jadeó suavemente, giró los ojos hacia arriba y se desplomó sobre sí mismo, inconsciente.
El mayor sintió un instante de pánico, aun era un tanto inexperto y estaba entrenado para lastimar a otros, no para ayudarlos. Se acercó al cuerpo desmadejado y le palpó el cuello, sintió un profundo alivio al constatar que seguía teniendo pulso; luego le pasó los dedos por el cráneo, buscando heridas pero no había ninguna, el hueso había resistido bien.
Lo cargó con delicadeza hasta el tercer templo y se mantuvo vigilante, esperando a que despertara. Una parte de su conciencia le decía que debía llevarlo con el patriarca o con alguno de los caballeros mayores pero otra se sentía avergonzada y no quería que nadie supiera que había perdido el control tan estúpidamente.
Finalmente, luego de largos minutos de angustia, los párpados de Milo temblaron y luego abrió los ojos.
– ¿Saga?
El llamado se acercó, pero no se atrevió a tocarlo; quería ponerle la mano en la cabeza y revolverle el cabello, pero comprendía que eso solo lo haría enojar. En cambio dejó que su instinto tomara lugar para saber qué decirle.
–Por fin despertaste. Sobreviviste al ataque de un Santo dorado, tienes razón: ya no eres un niño.
La mirada del pequeño fue primero un poco asustada, luego pasó por distintas fases de asombro y finalmente se iluminó con una fuerza y una suficiencia que hicieron que Saga se sintiera orgulloso, le gustaba aquel aprendiz, siempre se habían llevado bien; siempre lo había consentido y mimado pero ahora estaba dispuesto a valorarlo como un futuro caballero, como su compañero.
Se irguió del todo y poniendo su pose más seria y más regia le tendió la mano.
Milo se paró a prisa, sin importarle el dolor de cabeza y con una sonrisa de desfachatez le tendió la suya. Ya no era un niño, pero nunca dejaría de sentir admiración por aquel hombre.
