11 - Agridulce - Shion y Shura
Levantó su bazo y lo estrelló con fuerza contra la columna que tenía frente a sí. El dolor lo hizo apretar los dientes y gemir. No lograba hacerlo, no lograba que la energía lo recorriera en el momento justo; el miedo al dolor hacía que flaqueara justo cuando su brazo iba a hacer contacto.
Ya sentía la extremidad abotagada y lenta, además de tener la piel violeta; pero no iba a parar, no podía parar, ¡no iba a quedarse atrás mientras todos aprendían! Tenía que dominar la técnica, ¡tenía que hacerlo! Imprimió mucha más fuerza física al siguiente movimiento pero cuando escuchó el crujido supo de inmediato que no había sido la columna, sino su propio brazo lo que se había roto.
Se tambaleó hacia atrás, pálido y transido de dolor; comenzó a llorar, a fin de cuentas era solo un niño. Fue el ruido de su llanto lo que llamó la atención del patriarca. El dolor no le atraía, era el pan de cada día en el santuario, ¿pero el llanto? Era una señal de alarma que debía atender.
Shura escuchó los pasos y se mordió los labios tratando de calmarse, lo último que quería eran burlas. Se talló las mejillas y se forzó a levantarse, no podía siquiera mover el brazo derecho.
Shion caminó despacio, dándole tiempo. Finalmente se colocó delante de él y se retiró la máscara para mirarle con seriedad, tuvo la tentación de hincarse pues el niño le llegaba a la cintura, pero no lo hizo, aquello habría sido un gesto de piedad y sabía que el niño no la quería.
–Aprendiz –llamó con voz seria–, déjame ver tu brazo.
Shura tuvo que apretar los dientes con fuerza para obligarse a mover el hombro. El hueso no se había desplazado pero dolía, dolía tanto el moverse… estaba sudando cuando finalmente pudo dejar su extremidad inutilizada sobre las manos de Shion. Este le tomó entre sus dedos delgados y llenos de arrugas y le palpó despacio, sintiendo la lesión. Hizo subir el nivel de su energía, que era agridulce y bravía al mismo tiempo. El español suspiró de alivio, el dolor estaba desapareciendo rápidamente, luego sintió como si su brazo se encogiera, la inflamación se estaba yendo también. Hubo un rudo crujido cuando el hueso se acomodó.
Shion le soltó de súbito y Shura tuvo miedo un instante de que el dolor lo azotara, fue a detenerse la muñeca con el otro brazo, pero se encontró sano y completo. Abrió y cerró las manos, dobló y estiró el codo, estaba como nuevo.
–He salvado este brazo – dijo Shion con voz profunda y la mirada seria –ahora me pertenece, le pertenece a la Diosa y al Santuario. Cualquier golpe que des con él irá lleno de justicia. Nunca fallará.
Se fue sin decir más. Shura se aferró a esas palabras con todas sus fuerzas, creyó llevar la justicia en su brazo derecho hasta el día que murió. Solo entonces comprendió que todo había sido una mentira.
