12 – Enemigo – Aioros y Saga – 500 palabras

El sudor corría por sus cuerpos, hacia resbalar sus manos sobre la piel y los hacía tropezar constantemente sobre el piso de mármol. Las respiraciones ahogadas habían comenzado a condensarse cada vez más, según caía el frío de la noche, y ya no se distinguía qué hálito era de cada uno.

Un empujón fue seguido de un placaje con los tobillos y ninguno cayó, soltaron una risa comedida y baja y siguieron, jaloneándose la ropa, probando el equilibrio ajeno y sus propias fuerzas.

Aioros sonrió extasiado y volvió a unir su boca con la opuesta y a deslizar, suavemente, la lubricidad de su lengua, le parecía estar sorbiendo la energía de Saga: mientras más le besaba más creía estar ardiendo. Poder perder el control así –con alguien que era exactamente igual que él– era un regalo que Aioros nunca había esperado recibir.

Al comenzar a notar sus propios instintos había creído que tenía que sofocarlos: no poner en riesgo su entereza como santo y como hombre. Incluso se había negado a darse consuelo a sí mismo, negándose a todo tipo de pensamiento impuro, jamás había recibido instrucción al respecto, su maestro había ignorado totalmente esa parte de su educación y Aioros tenía ideas inconexas e inexactas al respecto. Había creído en las cosas que escuchara decir a los ancianos, sobre las viejas normas y el protocolo de pureza y castidad, había estado censurándose a sí mismo por mucho tiempo.

Hasta que había llegado Saga –todo luz y confianza– a mostrarle que el cuerpo no se manchaba por utilizarlo para lo que había sido hecho; si al final la carne se caía y se pudría con la muerte; durante la vida, durante a juventud tenían que entregar su ser a los dioses a través de aquel ritual de efusión y goce.

Sus encuentros solían comenzar como un enfrentamiento, un tira y afloja que siempre acercaba sus cuerpos y disparaba otra cosa. Aioros creía que era para enardecer sus sangres, para recordar que en la lucha y en la pasión le pertenecían a Atenea por entero.

Saga no pensaba eso en absoluto, él lo hacía para ocultar un ansia oscura y terribles, la voz que –muy opacamente en su subconsciente– le incitaba a destruir a su compañero, su competencia, su enemigo. Cada vez que tomaba posesión de la boca de Aioros o se abrazaba a su cuerpo sentía crecer dentro de sí mismo una absoluta superioridad sobre él. El arquero no había querido hacer nada de aquello, Saga no solo lo había convencido sino que lo obligaba a disfrutarlo.

Aioros era solo un muchacho, era débil. Él mismo en cambio había dominado todos los instintos y todos los goces y los había convertido en su arma, solo él podía regir el mundo completo y subyugar a los dioses a favor de la humanidad.

Ese era su ideal y estaba dispuesto a sacrificarle cualquier cosa, incluso a aquel destellante ser que le abrazaba con la dulzura y la entrega que da la ignorancia.