13 – Flor – Aioros y Afrodita
Hizo un puchero con los labios, pero no dijo nada; obedeció y subió los bazos tal como el otro le estaba ordenando. No le agradaba el caballeo de Sagitario: su sonrisa estúpida, sus gestos comedidos y amables, su energía optimista y cálida, todo eso lo fastidiaba. Para Afrodita ese positivismo era absurdo, ingenuo y débil.
Pero siguió sin decir nada mientras el otro muchacho guiaba sus brazos y hasta sus dedos, en una postura de ataque que había practicado ya muchas veces sin el resultado deseado.
El patriarca había mandado a que le pidiera auxilio y aunque eso lo humillaba había obedecido, era obvio que por su cuenta no iba a lograr dominar la técnica y que necesitaba ayuda, pero hubiera preferido pedirla de Saga y no de aquel bobalicón que luego de observar el resultado le mesó los cabellos como a un niño –como a un perro, según pensó Afrodita–.
–Ya, está perfecta, inténtalo de nuevo, incendia tu cosmos.
Lo hizo de inmediato, casi sin darle tiempo de apartarse. La energía corrió a través de sus piernas, afianzándolo en su posición; luego subió a su estómago, contagiándose de su fuego interno; culebreó por sus brazos, hundiéndose en sus codos. Era allí donde siempre fallaba, su propia energía lo lastimaba, brotando por allí en lugar de seguir hasta sus dedos. Pero en esa ocasión la energía fluyó hacia sus muñecas, se controló para no apartar los dedos de la posición en la que Aioros los había puesto y se dejó ir a la sensación de poder y fuerza.
Las yemas de sus dedos ardieron, pero pudo sentir entre ellos la forma de un tallo largo y estilizado. No lo pensó siquiera, dando un paso adelante lo arrojó por la punta. La rosa describió un rayo rápido sobre el aire y fue a clavarse en un árbol que estaba a de cincuenta metros de distancia, se hundió dentro del duro tronco. De inmediato el árbol comenzó a amarillear y las hojas fueron cayendo.
Afrodita permaneció en aquella posición un poco más, estupefacto. La rosa era perfecta, había salido de sí fácilmente, con fuerza y con furia. Ni siquiera estaba cansado, al contrario, se sentía lleno de entusiasmo. Se giró a ver a Aioros y se encontró con que este le sonreía ampliamente, mostrando todos los dientes.
Se irguió, molesto; él también había estado mostrando la misma sonrisa estúpida. Se sintió ofendido y molesto consigo mismo. El mayor se sorprendió un poco al verlo borrar su expresión así que se puso serio él también.
–Lo has hecho muy bien. ¿Quieres que te muestre como arrojar dos al mismo tiempo?
"Lo que quiero es que te largues y me dejes en paz" pensó el sueco, pero no se atrevió a decirlo. Aioros era un caballero muy respetado, posiblemente sería el próximo patriarca, no iba a hacerse un enemigo de ese nivel, asintió y siguieron practicando. Además aquel muchacho ya no le desagradaba tanto, era un ingenuo pero no era débil en absoluto.
