15 – Regazo – Shion y Dohko

Los pasos fueron lentos y el repiqueteo del bastón aun más, pero aguardó con calma, disfrutando del sonido. Finalmente el anciano maestro llegó a su lado, sonriéndole afablemente. De pie era tan alto como Shion sentado; se miraron a los ojos un rato, ambos pares de órbitas rodeadas de arrugas y surcadas de canas blancas.

–No deberías estar aquí.

Comentó el caballero de libra, pero no había censura en su voz, sino risa.

–Si alguien me pregunta, diré que no te he visto en doscientos años.

Volvieron a sonreírse, cómplices. Finalmente el mayor se sentó a su lado, a una distancia prudente.

–Pronto retoñarán los cerezos, debes venir entonces.

Su voz era muy ronca, pero casual; nunca hablaban del Santuario ni de las políticas ni los problemas del mundo. No cuando se veían en persona, al menos. Durante el principio de su patriarcado Shion solía enviarle largas cartas comunicándole el estado de la orden, y Dohko le contestaba con consejos sutiles o avalando sus decisiones. Con el paso de los años aquello había dejado de ser necesario y las cosas marchaban en paz.

Estuvieron un rato en silencio, dejando que la brisa de la cascada les empapara las ropas. Se miraban de perfil, absorbiendo los detalles en la apariencia del otro, en su energía y su expresión; podían ver los cambios ocurridos en los meses que habían estado separados.

La piel de Dohko había comenzado a volverse marmórea, como si las venas debajo se hubieran expandido hasta abarcarlo todo; había terminado de perder el cabello en la coronilla y el de la nuca lo llevaba atado en una trenza totalmente blanca; y su estatura seguía mermando.

A Shion no le parecía extraño, después de dos siglos, incluso un hombre tan poderoso como aquel debía ceder ante el paso del tiempo. Él mismo comenzaba a desmejorarse, conservaba la fuerza y la habilidad de pensamiento, pero era fácil darse cuenta de las arrugas y las manchas en sus manos; además su cabello había perdido todo color desde hacía más de cincuenta años. Incluso comenzaba a sentir sus dientes flojos y sus rodillas doloridas. Suspiró de nuevo, dando por finalizado el escrutinio y se removió un poco para ir acercándose más a Dohko. Este respondió acercándose también, despacio, hasta finalmente posar su cabeza sobre regazo del lemuriano. Shion sonrió, a pesar de los años, su amante seguía conservando el mismo aroma; le arropó entre sus brazos, sintiendo lo frágiles que se habían vuelto sus huesos y le apretó con fuerza.

–Debes venir de nuevo en primavera, el sol te hará bien.

–Y los brotes, sí, vendré a verlos.

La voz de Shion era risueña y alegre, le acarició despacio, acunándolo mientras hablaban de todo y de nada; abrazándose podían olvidar por un momento las cadenas que los mantenían separados, pero las horas corrieron y llegó el ocaso. Le dijo adiós con un beso en los labios y se fue con la promesa de volver, más nunca llegaría a ver los cerezos en flor.