16 – Abismo – Shion y Mu
Shion le cogió el brazo con rudeza, Mu gimió y trató de soltarse un momento, francamente asustado, mas al cabo de un instante se obligó a quedarse quieto. El mayor cogió la daga y se la clavó profundamente en la muñeca, casi hasta el hueso y la arrebató enseguida, dejando que la sangre saliera a borbotones.
–No puedes tener miedo a sangrar, Mu.
Oprimió aquella tremenda herida, pero el pequeño se forzó a apretar los dientes para no quejarse. Cuando Shion le había dado el cuchillo y le había ordenado herirse a sí mismo para regar con su sangre la torre de Jamil, no había tenido miedo, había estado perfectamente dispuesto, sin embargo no pudo seguir, pero no porque tuviera miedo: había sido el instinto de supervivencia el que le había impedido hacerse daño. Tras largos años luchando por mantenerse vivo no podía herirse, sin embargo no lograba explicárselo a su maestro, mudo por su mirada de ira y desaprobación.
–Ésta es la última lección que tengo que darte, Mu. A la sangre no puedes tenerle miedo.
Tomó entre sus manos una gran cantidad de aquel líquido y luego se la derramó en la cabeza.
–La sangre es fuerza, es pureza. En ella radica toda la concentración de nuestro poder, el cosmos mismo. Con la sangre formamos lazos, nos unimos de forma imperecedera.
Llenó de nuevo sus manos y las derramó sobre la base de la torre, aquella única estructura en la tierra yerma de Jamil.
–Ahora enciende tu cosmos.
Mu obedeció, cerró los ojos, elevó su concentración y sintió toda su sangre palpitar, la que estaba dentro de su cuerpo, pero también la que impregnaba sus cabellos y la que bañaba el edificio; era toda una misma, un solo centro y una misma fuerza. La controló, la poseyó y supo que había dejado parte de su vida allí, en Jamil, que ese lazo sería permanente. Abrió los ojos y de pronto la tierra le pareció más hermosa, dorada; el aire ya no era estéril sino tibio y melancólico. Aquello ya no era solo un abismo, era su hogar.
Se tambaleó, la sangre continuaba manando de su muñeca cercenada. Shion lo acogió entre sus brazos en un gesto protector, extraordinariamente tierno e íntimo, tanto que Mu creyó por un momento que se había desmayado y estaba soñando. Luego sintió la punta de su dedo índice rozar la herida, al momento la piel se cerró y el dolor desapareció; se sorprendió al descubrir que podía mover los dedos de nuevo y sonrió.
Shion no le soltó, le mantuvo en el cerco de sus brazos un momento muy largo, acariciándole el cabello húmedo.
–Esto es lo último que debía enseñarte, Mu, ahora estás listo, la armadura te merece y ahora es tuya.
Poco a poco fue soltándolo, al asegurarse que podía tenerse en pie. Mu se dejó llevar por la emoción y le estrechó las manos, aun manchadas de sangre. Aquella parte del camino había terminado, ya era el Caballero de Aries.
