17 – Solidez – Mu y Dohko

Jadeaba y corría, no lograba incendiar su energía para moverse a velocidad de la luz, así que tenía que correr. Había empleado toda su fuerza de voluntad en teletransportarse y no parecía tener más; además no había llegado al lugar adecuado, se había perdido en algún momento del viaje, estaba cerca, pero no lo suficiente.

Las lágrimas le corrían por la cara llena de suciedad, nublándole la vista. Sin poder ver a dónde iba terminó tropezándose entre los áridos riscos y al caer se los enterró en las manos y las rodillas. Se le abrió la herida de la muñeca y comenzó a sangrar. Su llanto se intensificó. Por más que estuviera listo para ser un caballero aún era un niño y acababa de perder todo lo que le daba sentido a su vida.

Eso le pasaba por desobedecer, nunca antes lo había hecho: su Maestro le había advertido furtivamente, le había ordenado permanecer lejos del Santuario por un tiempo, quedarse recluido en Jamil trabajando en su telequinesis, hasta le había dejado la armadura. Mu había tenido un mal presentimiento y lo había seguido; al llegar a Grecia se había encontrado con una sensación oscura y terrible, un malestar doloroso y cruel. Había un estado de alerta debido a la traición de Aioros y todo era un caos.

Había atravesado las doce casas lentamente, debido al revuelo y a las medidas críticas de seguridad, y al llegar al templo mayor se había encontrado con un hombre que no reconocía. Aquel sujeto se movía como su maestro, imitaba su voz y su forma de expresarse; pero no era él, era un extraño. Recordaba aquella sensación de miedo y de dolor, el horrible vacío de la pérdida.
Había huido precipitadamente, consciente del peligro en el que se encontraba. En medio de la desesperación se había visto dominado por su subconsciente –todavía infantil– y había escapado. Estaba perdido en las desoladas montañas de China, buscando aquella única fuente de consuelo que podía ver, sin embargo había caído, sangrante y perdido.

El repiqueteo de un bastón lo sacó de aquel pantano de miseria. Frente a él estaba el Antiguo Maestro, caminaba con una lentitud llena de dignidad y solidez. Era tan bajo como el niño, su rostro surcado de arrugas tenía una expresión tristísima y desolada, sus ojos estaban apagados, vacíos. Le llamó con una seña amable.

–Ven Mu, ya no estamos muy lejos, ven a la cabaña y descansa.

El niño se puso de pie, avergonzado de sí mismo, temblando de la impresión; era la primera vez que veía al anciano, pero su Maestro le había hablado de él y tenía esperanza en que podría ayudarle.

–Maestro –titubeó un poco – el Patriarca… debemos…

Dohko levantó una mano arrugadísima para hacerlo callar, el dolor creciendo dentro de él, consumiéndolo todo.

–Lo sé, pero ya no hay nada que podamos hacer.

Mu lloró con abandono infantil, en cambio Dohko sufrió con madura contención. No había nada por hacer, ya era demasiado tarde: Shion estaba muerto.