Samuel había salido de la habitación, directamente a la calle. Se quedó parado cerca de la puerta, metió la mano en sus bolsillos y sacó una caja de cigarrillos y su mechero. Encendió uno y dio una larga aspirada, conteniendo el humo y soplando luego, lentamente. Por dios que tenía ganas de fumar. Más allá de toda su fuerza de voluntad para no hacerlo, aquello era un vicio muy difícil de dejar a un lado tan rápidamente.
Se quedó quieto, bajo una luz patética, mirando las pocas casas que había, el cielo ya oscuro, el humo de su cigarro que se mezclaba con el aire húmedo, condensado, que respiraba.
Tenía muchas cosas en su cabeza, demasiadas realmente. Pensaba en el tesoro, en las historias que ya se sabía, en lo que vendría, en el futuro lejano, pero sobre todo, en Edna. En sus años de cárcel, su cariño por ella casi se había convertido en un tótem de salvación, alejando su locura y desesperación con los recuerdos de su pasado con ella. En quince años ella se había dejado de ser la mujer de su vida, para ser la mujer de sus ideas.
Pero ahora, nuevamente codo a codo con ella, todo se había ido al cuerno. Ella ya no era un tótem o una idea, era una maldita mujer de carne y hueso, con más carne que hueso, pero que lo estaba volviendo loco.
Tanto tiempo entre rejas había ablandado un poco esa necesidad por oírla, verla, olerla, sentirla. Cosas que se había juntado nuevamente. Quizás se estaba volviendo viejo, no lo sabía. Solo tenía en claro de que lo que sentía por ella, crecía con los días, si acaso era posible. Ella era una maldita necesidad.
Pensó de inmediato en el ultimátum que su hermano le había dado. Ese momento se acercaba, inevitablemente, segundo a segundo, y estaba comenzando a sentirse ansioso y temeroso, aunque todavía faltara mucho tiempo. Obviamente no iba a dejar que Nathan se lo dijera. Además de ser algo sumamente cobarde y estúpido, se podía imaginar cómo su hermanito se lo diría, con su poca y nula delicadeza… "Sam está loco por ti, y tiene tanto miedo de decírtelo que se hace en los pantalones" sería el estilo Nathan.
Pero estar cara a cara con ella, y tener que decírselo, de verdad… Le temblaban las manos de solo pensarlo.
Ella se merecía saber eso, que llevaba oculto casi toda su vida, pero sería una tarea más difícil que encontrar el tesoro de Avery.
Aun pensando en eso, escuchó la puerta de la habitación abrirse. Miró a un lado, con el cigarrillo encendido en los labios, viendo a Edna salir y clavarle los ojos.
- ¡Mierda!- Él se sacó el cigarrillo de la boca, velozmente, tosiendo, soplando el humo para el lado contrario- Lo siento…
- Sam…
- ¿Qué?- Él sacudió el aire alrededor, con las manos.
- Puedes fumar tranquilo…
- No, no… Tu no…
- Sam, en serio- Tocó su brazo- Sé que fumas como condenado. Y sé que es un vicio difícil de dejar. ¿Cuándo fue la última vez que fumaste?
- Emm…- Miró al suelo- En el avión, Tailandia… Antes de que aparecieras con esa ropa de soldado.
- Eso fue hace unos cuantos días. Y antes de eso fumabas a todas horas ¿Cierto?
- Si.
- Bastante voluntad has tenido. Fuma tranquilo, en serio. Además, mírate, has salido, por respeto. Víctor, allí dentro, parece una maldita chimenea y no le digo nada.
- ¿En serio?
- Mientras no soples el humo en mi cara…
- Bueno… Gracias princesa- Le sonrió- ¿Y a dónde vas?
- Cuando veníamos vi una máquina expendedora- Lo vio fumar un poco y soplar lo más lejos posible- Quiero ver si hay algo apetecible. Además creo que tengo un poco baja el azúcar.
Ella empezó a caminar y tras unos cuantos pasos, miró hacia atrás, a un Drake que seguía contra la pared.
- ¿Me acompañas?- Le preguntó Shaareim.
- Seguro.
Samuel caminó a su lado, fumando tranquilamente el par de calles largas y vacías que los separaba de una máquina expendedora. Allí estaba el aparato pobremente iluminado, a un lado de lo que parecía ser un almacén cerrado.
- Esperemos que no salga otra rata- Miró el artefacto, mientras veía a Drake arrojar la colilla- El cesto de basura no es decorativo.
- Este lugar es un chiquero, Edna… No empieces.
- Está bien- Miró la maquina llena de cosas variadas- Nate me pidió una gaseosa…
- Que cómodo- La vio poner monedas y sacar dos botellas- Agua tónica. Genial.
- ¿Te sigue gustando el agua tónica?- Ella le alcanzó la botella.
- ¿Y tú aun recuerdas que me gusta?- La abrió.
- No soy tan vieja- Lo vio tomar- ¿Esta buena?
- Si, sabe a lo que debe saber- Eructó- Lo siento.
- ¿Ves algo que te interese?- Ella compró una barra de chocolate simple.
- Mmmm…- Él le tocó la frente, con un dedo- Pip… Un abrazo para llevar.
- Que tonto eres…- Se ruborizó levemente.
- Aww… Tomatedna… Hace mucho que no te veía- Le dio un leve abrazo.
- Eres imposible- Lo soltó.
- Lo se…
Ella se tomó un momento para poner las pocas cosas compradas en sus bolsillos sobrantes, mientras pensaba. Luego lo miró un momento.
- Sam…- Ella se tornó seria- Estoy consciente de que jamás te pregunté sobre las heridas de balas. Yo no sé con cuanta delicadeza debería hablarte del tema o si te molesta, o si aún tienes algún trastorno con eso… Es por eso que si jamás saco el tema, es porque no sé si debería.
- Es un tema tan complicado como cualquiera de mis miles de cicatrices. Me afectan tanto como esta, por ejemplo- Señaló un viejo corte en su pómulo derecho- Es decir, nada.
- No es lo mismo un corte leve que un puñado de balas atravesándote.
- Está bien, Edna, en serio- Tomó su brazo- Dolieron en su momento, pero eso es todo. Solo son marcas.
- ¿Puedo…?- Lo miró.
- ¿Verlas?- La vio asentir- Claro.
Él se subió el suéter del lado izquierdo, mostrando sus heridas. Shaareim se agachó un poco para verlas mejor.
- Cielos…- Murmuró ella- ¿Puedo tocar?
- Con confianza.
Edna tocó suavemente la zona, casi temiendo que sus dedos lo volvieran a lastimar, como si en quince años no se hubiesen curado completamente. Y por encima de todo, notó perfectamente lo cálido de su piel, los músculos firmes debajo.
Mientras, Sam la miraba, algo seducido por eso. Podía sentir su caricia gentil, algo fría por el clima, pero increíblemente placentera.
- Al menos estas bien ahora- Ella se separó.
- Si- Pensó, acomodando su suéter- ¿Quieres que te cuente un secreto?
- ¿Qué?- Dijo en tono de queja.
- Pero debes prometerme que no te volverás una culpable insufrible- La señaló- Ni se lo dirás a Nathan.
- Está bien…- Suspiró.
- Promételo por el meñique- Le extendió su meñique izquierdo.
- Por el meñique- Ella enganchó su meñique con el propio.
- Le mentí a Nathan- Dijo, sin soltarla- Le mentí a todos, pero quiero que tu sepas la verdad con respecto a eso. No fue exactamente como lo conté. No hubo médico en Panamá. Inclusive, en la espalda son cuatro heridas, no tres, una bala no me atravesó y un loco con una pinza me la sacó.
- Sam…- Se entristeció.
- Estuve desangrándome por cuatro días, no morí de milagro. Tuve una leve perforación de estómago y me tomó cuatro meses para poder levantarme de la cama solo. Por eso me tatué cuatro pájaros.
- Dios…- Murmuró ella.
- Edna…- La soltó- Lo prometiste por el meñique, no te vuelvas culpable de eso.
- ¿Por qué tenías que contármelo?- Se quejó.
- Porque quería que alguien lo supiera. ¿Y quién mejor que mi Edy para contarle estas cosas?
- Que oportuno…- Ella empezó a caminar.
Drake la siguió, sonriendo. Disfrutaba enormemente de decirle la verdad, aunque la única verdad que debía decirle, quizás no sería tan grata de anunciar.
El secreto de Samuel hace alusión a un post escrito con anterioridad donde se explica la teoría de las cuatro balas, el tatuaje y sus heridas
post/146378915209/lets-talk-a-moment-of-these-gunshot-wounds-and
