22 – Carrusel – Death Mask y Mu
–Me gusta tu decoración –dijo, luego soltó una risa ronca y burlesca que reverberó por todo el lugar.
Death Mask estaba echando una mirada por el borde del abismo que mantenía aislada la torre de Jamil donde Mu se había refugiado. No era la mejor idea del mundo estar allí cuando la mitad de los dorados estaban batiéndose en guerra contra los titanes, pero había comenzado a aburrirse, solo esperando en el santuario a que llegara su turno de atacar… no tenía la paciencia necesaria para hacer eso. Había preferido viajar para ver al hijo pródigo, aquel traidor descarado que se aparecía cuando quería y volvía a ocultarse en las sombras con la misma facilidad.
Mu lo había sentido llegar y había abandonado sus dependencias para no darle una excusa para entrar en ellas. Aquel era uno de los perros del patriarca, una visita que había estado temiendo y deseando, en un carrusel de emociones contradictorias
–No deberías estar aquí, Caballero de Cáncer, el Santuario se encuentra en peligro, tu presencia es necesaria allí.
–¡Y un cuerno! A la casa de Aries que se la jodan, ¿verdad? Te parece mejor proteger este asqueroso trozo de tierra, como si hubiera algo aquí que valiera la pena…
Mu no respondió, se le quedó mirando con parsimonia, preguntándose si sería más prudente dar el primer golpe, estaba exhausto, había enfrentado a un titán hacia pocas horas, si Death Mask lo atacaba, sería poco lo que podía hacer para defenderse, después de todo el italiano era un guerrero más experimentado.
Ante su silencio el mayor continuó:
–Lo único medianamente interesante de este lugar es esa horda de guerreros muertos que mantienes allí abajo para asustar a los intrusos. Te gusta coleccionar a tus presas, exhibirlas. No es un gusto que yo pueda criticar –le sonrió pelando los colmillos –, ¿es por éstas pasiones que has olvidado tus auténticos deberes?
En algún momento Mu perdió el control, no por las palabras –infantiles y vacías– sino por algo en su expresión o en su forma de moverse que le resulto intolerable. Se quitó el manto de encima –no llevaba la armadura– dio tres zancadas hasta él y le abofeteó. Golpeó con el pleno de la mano, desde la comisura de la boca hasta el nacimiento del pelo. El asalto fue tan raudo, fuerte e inesperado que el italiano se balanceó hacia atrás; respondió de inmediato gracias a su entrenamiento, y antes de darse cuenta ya estaba alzando al otro por el cuello. La túnica ondeaba por el fuerte viento, y debajo pudo ver unos pies descalzos, muy blancos.
Una sensación de disgusto se extendió por todo el brazo del italiano. Aquel muchachito flaco y poca cosa no era la magnífica presa que había esperado. Lo soltó para ver si le devolvía un ataque más fuerte, para poder en lazarse en un combate de verdad, pero Mu desapareció. Por más que lo buscó no lo encontró en el ningún sitio. Tuvo que volver con las manos vacías.
