Tras el largo e infernal vuelo a través del Atlántico hasta Georgetown, Edna tuvo tiempo necesario como para calmarse completamente y dejar atrás su reencuentro con su pasado.

Y Samuel seguía sonriendo internamente después de todo el tiempo. Generalmente las mujeres violentas no le atraían, mientras que respetaba a aquellas que sabían defenderse. Pero ver a Shaareim peleando de nuevo, como hacía años, le produjo una dulce sensación de orgullo indescriptible. Y también lo encendió un poco, a decir verdad.

A pesar de ser tan dulce, ella era capaz de romperle la cara a alguien. Y a pesar de que ella era capaz de romperle la cara a alguien, recurría a él para que la defendiera. Y él adoraba defenderla. Se sentía un poco más hombre cuando lo hacía. Un suave mimo a su ego.

Pensaba en eso cuando la veía sufrir en el asiento frente a él, luego de haber despegado de Georgetown, aquella zona de la Isla Ascensión separada de todo el mundo y clavada en el medio del mar.

Ella detestaba volar, casi de forma fóbica, siempre temía que el avión en el que estuviese se cayera en picada hacia la tierra. Más aun cuando pasaban cosas como la que Víctor había anunciado: turbulencia.

El hidroavión se sacudía sonoramente, con tétricos sonidos metálicos, algo que Sullivan había dicho que era completamente normal. A ella le importaba una mierda. Estaba aterrada.

- Edna- Le dijo Sam.

- ¿Qué?- Preguntó ella, aferrada a una correa, sintiendo una sacudida- Mierda… joder…

- ¿Tienes tu reproductor con música?

- Si ¿Y qué?

- Póntelos- Él le hizo señas en los oídos- Así no escuchas los ruidos.

- Buena idea- Ella intentó acercarse a su mochila, pero una sacudida la obligó a quedarse quieta- No. No. Nope.

- Deberías estar acostumbrada ya- Él le acercó la mochila.

- Y una mierda- Ella empezó a sacar su música.

- Por suerte no hay serpientes a bordo- Sonrió.

- Te voy a romper la nariz si no te callas.

Drake rio suavemente. Por encima del miedo a volar, ella tenía el miedo a las serpientes. Una boa pequeña era suficiente para que saliera corriendo.

- Edy- La vio ponerse un auricular en un oído.

- ¿Qué, Sam, que?- Suspiró, agotada.

- ¿Quieres…?- Él se palmeó su propio brazo.

- Si, por favor…

Samuel se levantó, solo para sentarse al lado de ella. Automáticamente la sintió tomar su brazo con fuerza, casi abrazándolo, apoyando el rostro en su hombro. La vio colocarse el auricular restante y, estando cerca, pudo oír a penas la música que desprendía. Música clásica, Vivaldi. Era evidente. Esa maldita nerd le derretía el corazón con tonterías como esa.

La miró nuevamente, a penas. Shaareim había cerrado los ojos. Obviamente ella no se iba a dormir así, no con el miedo que tenía, pero no dejaba de ser adorable. Mejor aún, cada vez que el avión se sacudía, si bien ella no lo oía, si lo sentía, y de inmediato estrujaba un poco el brazo de Sam.

Él sabía que algo positivo le generaba. No era la primera vez que tuvo que darle su brazo para calmarse. A decir verdad, de jóvenes, era bastante usual. Cada vez que debían volar era un calvario.

Recordó la primera vez que los tres tomaron un vuelo. Edna estaba aterrada. Y la razón era muy simple, ella se los había dicho hacía tiempo. Cuando ella vivía en Marruecos, los bombarderos eran moneda común. Todo el mundo allí conocía el sonido de los motores de los enormes aviones cargados de bombas. Todo el mundo allí sabía que oírlos siempre precedía el estruendo de las explosiones. Y un avión de esos había sido el que destruyó su hogar.

Era por eso, los hermanos Drake jamás hacían bromas de mal gusto sobre eso. Un trauma no era motivo de risa.

Nathan, junto a Sullivan, miró hacia atrás, viendo a Edna pegada a su hermano, como era costumbre años atrás. Vio a Sam, mirarlo un momento y sonreír, a gusto. Él siempre tenía métodos para sacar provecho.

Natal era una ciudad turística de Brasil, casi en el extremo más oriente del país. Un lugar de hoteles altos y costosos, de arena blanca como polvo de perlas, un cielo casi sin nubes, calor, sol, y las aguas más cristalinas de la región.

Sullivan bajó su avión suavemente, rozando aquel espejo azul casi carente de olas, y estacionándolo correctamente en un muelle lleno de otros hidroaviones.

Nathan pisó el muelle de madera, con una camisa holgada y un pantalón corto, estirándose.

- No sé ustedes- Dijo él- Pero yo creo que nos merecemos un día o dos antes de seguir. Es decir… miren este lugar…

- Pienso lo mismo- Victor encendió su cigarro.

- Apoyo la idea- Samuel terminó de acomodar su camiseta de manga corta.

- Dios- Suspiró Edna- Calor…

Samuel la miró, riendo.

- ¿Vas a andar por ahí, así?- Dijo él- Te vas a morir en una hora…

Era un comentario acertado, ya que Edna seguía con su ropa oscura, militar, pesada.

- ¿Qué?- Murmuró ella- No traje ropa de verano.

- Compra algo- Sullivan se arqueó de hombros- Un bikini por ejemplo.

- Oh si…- Samuel asintió, colocando su peor cara de pervertido.

- Oh no- Negó ella- No. Ni loca.

- Ten en cuenta algo…- Dijo Nate- Cuando estemos tierra adentro, necesitaras ropa más suelta y clara. Además… necesitas lavar eso…

- Yo voy a lavar tu cara a golpes- Le siseó ella, malhumorada.

- ¿Te comiste un cocodrilo?- Dijo otra mujer.

El grupo se giró, contentos de ver quien había llegado: Elena Fisher. Ella abrazó a todos, y luego le propinó un fuerte abrazo a Edna.

- Deja de pelearte con mi marido- Elena la golpeó imperceptiblemente.

- Es también mi medio hermano…

- No, no lo es…

- Ya cállate, bruja.

Ambas mujeres rieron juntas. Con los años habían formado una fuerte amistad no carente de aquella energía peleadora de ambas.

- Pensé que te quedarías en casa- Le dijo Nate.

- Yo también- Dijo Elena- Pero si llegan a necesitar ayuda, es mejor que este cerca ¿Cierto?

- Buen punto.

- Edna- La miró ella- Sácate eso. Estas sudando con el calor y apestas.

- Que dulce- Dijo Shaareim, sarcásticamente- Señora Drake… Y como ya dije, no tengo ropa de verano.

- Vamos- La tomó de la mano y tiró- De compras.

- Por dios no…- Se quejó- Me vas a vestir como una prostituta…

- Un bikini al menos.

- Cielos- Miró a Samuel, detrás, mientras Elena la obligaba a moverse- Samy… Ayuda…

- Elena- Dijo Samuel- Si es una tanga, mucho mejor.

- ¡Hijo de perra!- Gruñó ella.