24 – Salitre – Aioros y Milo – 500 palabras
Milo siempre había sentido vacío el noveno templo, aquel día le sorprendió sentir allí a Shura, incendiando su energía. Llevado por su innata e inmensa curiosidad fue en cuando lo sintió alejarse. Le pareció que la casa de Sagitario estaba como siempre, vacía y un tanto lúgubre. Creyó percibir algo pero se dijo a si mismo que debían ser solo los restos de la energía de su compañero.
Las gruesas columnas estaban desgastadas por el paso de los años y el viento proveniente del mar había llenado las griegas con salitre, lo que le daba un aspecto aun más avejentado y decadente. Milo pensó en el traidor, no le había dedicado muchos pensamientos luego de su muerte pero ahora que tenían una guerra encima se había visto obligado a convivir con Aioria y eso le recordaba el pasado.
El Caballero de Leo no le agradaba, era demasiado competitivo; Aioros en cambio le había gustado bastante. Probablemente había sido su primer amor infantil, lo que era bastante normal y predecible: había sido una presencia deslumbrante y generosa, un soplo de fe y consuelo, la única mano amiga y la guía más firme.
En medio de aquella estancia pudo recordar perfectamente todas las veces que había envidiado a Aioria por tener a Sagitario como su hermano, durante los primeros años en el Santuario había soñado muchas veces que era a él a quien Aioros acunaba, a quien cuidaba. Mientras su maestro solo le exigía resultados por cualquier medio, Milo se imaginaba el habla dulce y cálida de Aioros, sus sermones sobre la diosa y la justicia. Era toda su inspiración y su ejemplo a seguir.
Después, cuando había crecido un poco más, había empezado a mirarle de otra forma, admirando su cuerpo, aquellas líneas firmes y estéticas, la forma armónica y su fuerza oculta. Le había mirado con deseo no del todo inocente pese a que aún era muy joven. Había pasado del 'querer ser' al 'querer tener'. Jamás le había dicho a nadie una palabra sobre aquel secreto oculto y se alegraba. En aquel entonces no comprendía las implicaciones de que se sintiera atraído por otro hombre y aunque ya no le importaba eso sí le preocupaban las consecuencias por interesarse así en el traidor.
Porque al final, sin relacionarse para nada con sus propios sentimientos, Aioros era un traidor. Tanto así que lo habían asesinado. Milo recordó también aquella noche y su propia decepción, se había equivocado al juzgar a ese hombre; había sido una ilusión vacía, un mero espejismo, un producto de su mente infantil. Era la prueba definitiva de que no podía confiar en nadie.
Molesto con sus propias reflexiones se decidió a dejar aquel templo. Había aprendido la lección, no dependería de nadie, solo así podría salir con vida de la guerra contra los titanes. No era demasiado difícil porque ninguno de sus compañeros confiaba en él. Riendo un poco se preguntó si un ejército tan desunido podría vencer, sin importar el riesgo estaba dispuesto a averiguarlo.
