Por suerte para Edna, Elena cedió levemente a sus pedidos y no la obligó a comprarse ropa demasiado provocativa. Ya que, como le había dicho mientras se duchaba "No solo no tengo un cuerpo para provocar a nadie, sino tampoco a nadie a quien provocar".
Elena le dio la razón, relativamente, a pesar de que no estaba de acuerdo. Nathan le había contado sobre la relación tan cercana que tenían con Shaareim y lo terriblemente enamorado de ella que estaba Samuel. Obviamente no diría nada, pero si podía ayudar en algo, mucho mejor.
- ¿Lo ves?- Elena la miró cuando salía del baño, limpia y renovada- Te ves preciosa.
- No me jodas, Elena- Ella intentó bajar su pantalón, para que cubriera más sus piernas- No tengo tu cuerpo magnifico.
- Deja eso- Sacó sus manos- Así está bien.
- No quiero que se vean mis piernas con celulitis, es todo…
- ¿Acaso pretendes tener un cuerpo adolescente cuando tengas setenta años?
- Obviamente no…
- Entonces relájate. Es más, me comprarás una cerveza si alguien te da un cumplido.
Edna suspiró. Esa mujer era tan testaruda como ella.
Los restantes tres acompañantes estaban en la playa, bebiendo, disfrutando de un poco de tiempo libre, sentados junto a una mesa. Luego de haber dejado las cosas en el hotel y darse una ducha.
Fue Nathan el primero que las vio aparecer, y sonrió muy en sus adentros, pensando que su hermano se volvería loco. Incluso no pudo evitar una sonrisa en su rostro, mientras volvía a mirar su botella de cerveza.
- Hice todo lo que pude- Fisher fingió pesar, acercándose- Pero no pude convencerla más allá de esto.
Samuel miró hacia atrás, solo para abrir los ojos como platos al ver a Edna y emitir un suave "wow".
Shaareim tenía su cabello completamente suelto, brillante, con un adorable sombrero de paja que la protegía del sol, usaba una camiseta escotada, celeste, de manga corta, y un pantalón corto, jean, bastante ceñido que dejaba a la vista buena parte de sus muslos. Ni siquiera traía calzado, y Sam sintió la sangre hervirle.
- Niña- Dijo Sullivan- Es un hecho. Debes dejar de vestir como militar.
- Es por comodidad- Edna se acomodó el cabello detrás de su oreja.
- Hola- Samuel sonrió, seductoramente- ¿Vienes muy seguido por aquí? ¿Puedo invitarte un trago?
- Que no vista de camuflaje no hace que no pueda romperte la cara.
- Sabes que bromeo Edy… Te ves preciosa…
- Y ahí va la primera cerveza- Dijo Elena, sentándose- Te lo dije…
Edna miró hacia otro lado, ruborizándose, tapándose el rostro a penas con una cortina de cabellos.
- Mejor voy a dar un paseo…- Murmuró Shaareim.
El grupo la vio caminar lentamente hacia el mar, con la brisa en sus cabellos y la arena en sus pies.
- Dios- Ronroneó Samuel, aun mirándola, cuando ella se hubo alejado lo suficiente- Esas caderas… Creo que tengo una erección…
- ¡Samuel!- Elena lo miró, entre sorprendida y asqueada.
- ¿Qué? Tú hiciste que ella se vistiera así, y tú sabes bien lo que siento por ella. Es tu culpa…
- ¿Era necesario aclararlo?- Preguntó Sullivan.
- Tal vez…
- ¿Y por qué no la acompañaste?- Preguntó Fisher- Si tanto te gusta…
- La conozco bien. Si ella hubiese querido compañía, me hubiese mirado o algo- Bebió un trago de cerveza- También se cuándo necesita un poco de tiempo a solas…
- Por cierto, no sabía que ella era tan tímida con su cuerpo. Es decir, Nate me dijo algo, pero no creí que tanto.
- Siempre fue así- Dijo Nathan.
- ¿Será algo de Marruecos?- Preguntó Victor- Allá no son muy permisivos con la libertad de las mujeres…
- No lo creo…
Los cuatro se quedaron callados un momento. Elena miró al hermano de su esposo. Él seguía mirando la nada con ojos soñadores, totalmente perdido en un mundo aparte, con la botella en sus manos, estático.
Ella sonrió. Si bien conocía poco a Samuel, jamás lo había visto así. Se dio cuenta de que Nathan estaba en lo cierto, esa era la única mujer que se había robado su corazón.
- ¿Cuándo se lo dirás?- Le preguntó Elena.
- ¿Mmm?- Sam la miró- ¿Qué?
- A Edna ¿Cuándo le dirás lo muerto que estas por ella?
- Pronto- Respondió Nathan- Ya le di el ultimátum. Cuando esta aventura termine, ella se enterará. Si no es por él, es por mí.
- No me lo recuerdes- Samuel se frotó la nuca- Me dará un ataque de ansiedad solo de pensarlo…
- Casi parece que prefieres que no se entere- Elena bebió un trago- Tienes miedo…
- Obvio que tengo miedo- La miró.
- No deberías. Por alguna razón sigue soltera.
- Cuñada… No te metas…
- ¿No? Te recuerdo que viste precisamente esas piernas, porque yo me encargué…
- Esas piernas- Ronroneó.
- Para- Lo detuvo Nate.
- Muy tarde- Sonrió él, bebiendo- Muy terriblemente tarde.
- Ve al hotel a relajarte- Rio Sullivan.
- No es mala idea…
- ¡Sully!- Elena lo miró- ¡Deja de incentivarlo!
- Estaba hablando de una ducha fría- Dijo Víctor- ¿Qué entendiste?
En la mesa había una mujer un tanto disgustada, un hombre mayor algo confundido, un muchacho que se frotaba la frente y su hermano mayor, sonriéndole a la nada.
Mientras, en la costa, una mujer de piel levemente acaramelada permanecía de pie, descalza en el agua, con los ojos cerrados frente al mar. El gran azul siempre tenía ese extraño poder en ella. Con su buen oído se deleitó escuchando el suave susurrar de las olas acercándose y besar sus tobillos. Su gran olfato le permitió sentir la sal, el oxígeno, la humedad, el particular aroma que entraba en sus pulmones y mente. Cada rugir la llenaba de vida, le arrancaba molestia y pesares que desconocía. Cada ola acariciaba su alma de la manera más gentil y pura.
