Se apareció en la zona más alejada del barrio, cerca del viejo molino cuyo mecanismo ya no era accionado por las turbias, lodosas y casi estancadas aguas del sucio río que discurría mansamente, casi paralizado.

La calle de la Hilandera le esperaba, suspendida del paso del tiempo que parecía transcrurrir allí ten lentamente como el río . Todo se mantenía igual de gris, triste y sombrío. Las casa enladrilladas con ventanas por las que apenas entraba luz, farolas rotas al final de la calle que nadie se había preocupado en reponer... El estado de abandono y el ambiente de decadencia hacía del lugar una zona olvidada: del antiguo barrio obrero, textil, no quedaba sino el recuerdo.

Ahora sólo antiguas familias, o pobres emigrantes vivían allí. Figuras fantasmales que se escondían unas de otras. Un submundo, apartado del bullicio y la modernidad. Un escondite adecuado, ¿Qué mejor lugar para esconderse un muerto que en su propia tumba?

Entró cauto, tener que colarse en su propia casa..., seguramente el ministerio habría entrado y se habría llevado lo que hubiera creído conveniente. La idea de alguien revolviendo sus pertenencias le revolvía también el estómago. No lo importante, pensaba, lo importante estaba a salvo. Nadie podría romper los hechizos con los que salvaguardaba su despacho. Pero quién sabe qué sorpresas se podría encontrar.

Atravesó el umbral y entró en el salón. El aparador mostraba huecos como una dentadura desdentada: la cristalería, el juego de copas de su madre hecho por duendes, de más valor sentimental que pecuniario; algunos viejos volúmenes, de más valor estético que por su erudito contenido; poca cosa, nada importante. Lo que le puso en alerta no era lo que faltaba, sino lo que había, eso saltaba a la vista: desperdicios de comida, ropas tiradas por el suelo, suciedad y el olor de una persona extraña. Una persona extraña y descuidada, desprevenida. Con la varita en la mano musitó "homenum revelio". El hechizo le mostró una presencia en la casa. Un hombre. Un mago. Subió las escaleras, silencioso como un gato, alerta y listo, muy listo, para atacar.

En la cama, una figura aovillada, profanando (no pudo evitar el pensamiento) las mismas sábanas que compartió con Demons.

_ ¡Petríficus totalis!

Un debil gemido emergió de las cobijas, con su mano decidida descubrió la silueta endurecida, a su cara asomó un gesto de desprecio.

_Mundungus..., alimaña rastrera..., te ha faltado tiempo, ¿verdad?

Los ojos de la estatua en que se había convertido pasaban del asombro al terror. Snape escupía con desprecio las palabras.

_Maldita bestia carroñera.

Con un gesto, deshizo el hechizo. Mundungus intentó escapar pero Snape le agarró por el camisón que usaba tirándole contra la cama.

_Me temo que no, Mundungus, no vas a ninguna parte.

_Severus... ¡Estas vivo!

_Muy observador, aunque eso no explica que haces en mi casa... en mi cama...

"Creía que estabas muerto, éramos amigos, pensé... que no te importaría si me refugiaba aquí unos días..." Severus esperó a que se sentara en la cama,sólo para volverlo a tirar a ella tras un golpe lanzado con su varita, que le produjo un corte en la mejilla.

_Pensaste muy mal, Mundungus, me importa. Tendrás que convencerme de que puedes serme útil, si quieres seguir con vida.

Mundungus cubría el corte de su mejilla con una mano. La mirada asesina de Snape se suavizó y él intentó levantarse de nuevo, pero un nuevo destello le produjo un nuevo corte en la otra mejilla. Severus sonreía mientras él se sentía como un ratón atrapado. Intentó retorceder contra el lecho cuando Snape alargó la mano para aprisionarle. La cara desencajada de Severus era la cara de la propia muerte que venía a llevárselo.

_ ¿Qué me has robado? ¡Dímelo!

_ ¡Nada, nada, Severus! Me pidieron... un libro, un diario o algo que escribieras... pero no encontré nada parecido.

Snape alzó una ceja. Había alguien interesado en apoderarse de su trabajo. Curioso despertar tal interés despúes de muerto.

_¿Te pidieron? ¿Quienes te pidieron?

_ Ellos, los mortífagos..._ Snape apretó los dientes_ querían saber si tenías hechizos escritos en alguna parte, rituales me ofrecieron... pero no te robé nada, Severus, tus cosas están todas en...

_Sé perfectamente dónde están y sé que si están ahí no ha sido por tu honradez_ Snape se acercó hasta pegarse a su rostro_ Deshazte de tu inmundicia, quiero mi casa limpia. Si no obedeces, te mataré; si te desapareces, te encontraré... y luego te mataré. Si le hablas a alguien de mí... te mataré. ¿Te ha quedado claro?

Mundungus asintió entre temblores y Snape aflojó su presa dejando que el mago se escabullera a la planta baja y sonrió muy complacido.

Era muy satisfactorio infundir terror. Mucho mejor que un Imperium.

Miró las sábanas con un pellizco de añoranza. Las quemaría, nada podría purificarlas del contacto con esa sabandija.

Bajó de nuevo al salón y se sirvió una copa de vino elfo mientras Mundungus seguía recogiendo. Así que los mortífagos no estaban extinguidos después de tanto tiempo. Y algunos estaban interesados en sus hechizos, parece, o en algo valioso que ellos creían que tenía. Habían muchos hechizos valiosos anotados en los márgenes de sus libros, perfectamente a salvo en su despacho. Recetas de pociones, de venenos para el cuerpo y el alma, de remedios casi milagrosos... todos a salvo. Sí, eso podía ser de interés para cualquier mago, pero ¿para los mortífagos? ¿Qué diablos estarían buscando? Rituales...

_ ¿Qué te pidieron, Mundungus?¿Qué buscaban?

Mundungus tartamudeó. Severus volvió a golpearle sin herirle esta vez, pero desplazando su cuerpo que trastabilló con sus propios pies.

_Habla.

_ Decían que tú podrías tener anotaciones, hechizos, de quién tú sabes_ la voz de Mundungus temblaba_ Magia oscura.

_¿Quiénes son?, dime sus nombres.

_No lo sé, iban enmascarados.

Severus cerró los ojos, enmascarados. Los abrió clavando su mirada en el aterrorizado Mundungus mientras retorcía la varita entre los dedos. Iba a recordarlo, más le valía, iba a decírselo todo.

Le habían abordado en el Jarro Ajado, eran tres, enmascarados, pero claramente mortífagos, incluso vió la marca en el brazo de uno de ellos. Hablaban de Lord Voldemort, se resistían a pensar que su tiempo había pasado. Si había vuelto de la muerte una vez, podría volver otra. Colagusano, el artífice de su vuelta, estaba muerto pero había vivido en casa de Snape, y el mismo Snape había sido su siervo más cercano. Debía haber algo que él supiera, algo secreto entre amo y vasallo que pudiera servirles. Mundungus se ofreció a entrar en la casa, pensaba que sería fácil y lucrativo buscar lo que querían. Le costó bastante, normalmente cuando una persona muere y su casa queda abandonada un tiempo, los hechizos protectores se debilitan. En el caso de Snape, los hechizos eran fuertes, muy fuertes. Pero Mundungus era un experto. Cierto que no era muy valiente y tampoco muy hábil en un duelo, pero entrar en lugares en los que no debía era su punto fuerte, incluso Dumbledore se había aprovechado de sus habilidades alguna vez. Entró y buscó, pero nada de lo que encontraba parecía valerles. Lo que necesitaban tenía que estar en el despacho, no había otro sitio... No había podido entrar aún, pero pensaba que podría conseguirlo, sólo necesitaba un poco de tiempo y mientras, en honor de la amistad que les unía, se instaló en la casa de Severus.

_¿Ves como no ha sido tan difícil?. Acaba de recoger todo. Luego volveremos a hablar.

Snape se sentía... bien. Bah, apenas le había tocado, no le había hecho falta. A veces la amenaza es más alentadora que el castigo en sí. Eso no podía considerarse ser malvado, al fin y al cabo, estaba... investigando.

Pensaba que iba a llegar a su casa y consumirse bebiendo y mesándose el pelo. Pensaba que iba a renegar de su naturaleza que no le permitía ser feliz, una y otra vez y, en cambio, de repente se sentía liberado, como si hubiera soltado una pesada carga. Severus golpeaba su varita contra sus dedos. En ocasiones se había divertido interpretando a Joseph Crow, sobre todo en las ocasiones en que negoció algunas transacciones entre los amigos de su_ ¿podía decir suegro?, no, no sería apropiado_ del padre de Paula. Usar su elocuencia o utilizar un confundus o un pequeño imperius... Esas pequeñas trampas le hacían ronronear...

Esta situación había despertado todos sus sentidos.

Y ahora no, ahora no tenía que esconderse ni hacerse pasar por agente de uno u otro bando. Ahora tenía su propio bando. Tampoco tenía que proteger a nadie, Potter o no Potter. Demons... (venga, no suspires como un colegial) Demons también estaba a salvo siempre y cuando permaneciera a su lado de la raya, en el mundo muggle.

Snape contuvo un gesto de ansiosa anticipación. Atrapar mortífagos no podía considerarse un acto malvado, ¿verdad?