La conversación con Yaxley daba vueltas en su cabeza. Analizaba de nuevo cada matiz, cada gesto, desde todas las perspectivas posibles.
No se creía ni la mitad de lo que había dicho, mucho menos su ofrecimiento. ¿Convertirse en el nuevo gurú de un grupo de hombres de dudosa lealtad y con fines tan negros? ¿Dirigir un nuevo suicidio colectivo contra el ministerio de magia y la comunidad mágica en general?¿Enfrentarse con Potter?¿Heredar el destino de Lord Voldemort? No, eso no estaba dentro de sus planes aunque pudiera resultar... halagador... eso de que él fuera "el hombre indicado".
Yaxley era un mentiroso, un tramposo adulador de ocultas intenciones. Ni mucho menos podía creerse que le admiraba o le respetaba como para que quisiera ponerle al frente de la nueva y reducida comunidad de mortífagos. Si lo quería en primera línea, era para que recibiera el primer golpe. Detrás de esa historia había seguramente algo más y, sin embargo...
Sin embargo, el encontrar una fuente de poder tenebroso sí era tentador. Su afición por las artes oscuras, su inclinación hacia ellas era una parte tan esencial en su alma que nunca había logrado desprenderse de ella por entero. Como un alcohólico, tenía siempre esa necesidad de estudiarlas, de practicarlas y su privación le hacía sentirse mal, inseguro, inestable... Él era mejor, más completo, más fuerte... siempre que podía recurrir a ellas. Y cómo no, más malvado.
Un lugar en centroeuropa donde existía una fuente de poder... Realmente eso estimulaba su imaginación.
En su despacho, sentado en el viejo sillón de su madre, observaba los volúmenes de su biblioteca. Lo que buscaba Yaxley, fuera lo que fuera, debía estar ahí. No era un tipo que fuera dando palos de ciego. Ni la sección prohibida de Hogwarts podía contar con los ejemplares que él coleccionaba, si algún funcionario del ministerio lo supiera, no habría Orden de Merlín de la clase que fuera que le librara de Azkaban. Libros encuadernados en piel humana, libros escritos con sangre, tratados de necromancia... mucha parafernalia y poco contenido. Sólo unas cuantas líneas de esos libros proporcionaban un verdadero conocimiento de esa clase de magia, el resto era supersticiones y cuentos de viejas.
Siguió mirando la estantería, buscando. Piensa, idiota, tiene que haber algo que se te haya pasado. Snape se levantó casi de un salto. Si le hubieran preguntado, no habría sabido explicar por qué se movía hacia una de las puertas del mueble, ni por qué rescataba un viejo cofre donde su madre, Eileen, había guardado sus pertenecias mágicas, a salvo de la vista de su padre. Le costaba recordar cómo ella lo abría de vez en cuando, cuando no estaba Tobías. Lo miraba con devoción tal, que el Severus niño de entonces pensaba que su madre era la guardiana de un gran tesoro, algo que nunca quiso compartir con él.
_ Aunque lo intentes, no podrías abrirlo_ le decía con una sonrisa.
Sacó el cofre, que parecía llamarlo, pesaba mucho menos de lo que recordaba. Era un cofre austero, oscurecido por una pátina de tiempo y desuso, sin tallados, sin adornos, y sin cerradura ni mecanismo alguno para ser abierto. ¿Sería de esas cerraduras mágicas que necesitaban sangre para abrirse? No, su madre lo sostenía entre sus manos, cerraba los ojos y el cofre se abría solo.
Imitó lo que recordaba, al cabo de un minuto empezó a sentirse tonto, con el cofre en sus manos en medio de una habitación y con los ojos cerrados. Iba a soltarlo y a pensar de nuevo el cual de sus volúmenes se podría hablar de esa fuente de magia oscura... un momento, el cofre... respira. La sorpresa de constatar eso le hizo soltar el cofre en la mesa. ¿Sería como el libro monstruoso de los monstruos, que tantos destrozos ocasionó cuando Hagrid lo solicitó en su asignatura? ¿Habría que acariciarle el lomo o algo parecido?
Curioso, volvió a tomar el cofre. Cerró los ojos.
Nada.
Pensó de nuevo en la magia tenebrosa, así fue. El libro volvió a respirar y a cobrar vida. Era como una criatura dormida. Permaneció con los ojos cerrados, paciente. Una voz habló en su cabeza sobresaltándole: "ábreme tu corazón". Severus dejó que unos dedos largos, delgados como gusanos, viscosos y fríos tocaran su cerebro. "Te reconozco", dijo sin más y sin más se abrió.
Solo contenía un libro con tapas de piel ajada, agrietado el pliegue de abrirlo y cerrarlo a menudo. Cuando lo tomó en sus manos parecía plagado de pequeños insectos, diminutas alimañas que pulularan por su interior. Lo abrió con cuidado. Estaba escrito con tinta roja y negra, desvaída. Estaba escrito a mano, con diferentes caligrafías como si se hubiera escrito a través de los años por varios autores. Sin leer, pasó las páginas. El final del libro... las últimas hojas estaban escritas con la caligrafía de su madre.
Pasó sus dedos por las letras. Todos los niños aman a sus madres, no importa lo negligentes que ellas puedan ser. Si su madre no era un dechado de virtudes; si no fué cuidadosa con él; si no le protegió suficiente de su padre, a él no le importó. Los gritos y los golpes que Tobías le diera a él, no se los daría a ella. Esa era la única forma que tuvo de resguardarla, porque ella no se defendía. A veces discutían entre ellos, casi siempre por él, el "bicho raro de tu hijo",solía decir su padre, pero que él recordara su madre jamás se le enfrentó y ella... ella... ¡Ella era una bruja, maldita sea, podía haberle...! No, ella nunca se defendió.
Además, Tobías siempre aprovechaba los momentos en que Eileen no estaba para maltratarle. Luego le retaba: "Cuéntaselo, si te atreves, entonces ella te protegerá y tendré un motivo para hacérselo a ella también" ; " ¿ Y qué motivo tienes para castigarme a mí?" le preguntaba sorbiendo mocos y lágrimas a partes iguales. "Simplemente es que existes".
Severus cerró los ojos, estaban aflorando recuerdos que tenía muy ocultos, cosas que se había negado a recordar desde hacía mucho tiempo. También es verdad que hacía mucho tiempo que no aspiraba el humo negro del filtro que le permitía bloquear los pensamientos. Pensar en eso le llevó de nuevo a pensar en su madre, cuya letra acariciaba. Ella fue quién se lo dió por primera vez cuando no podía dormir y lloraba constantemente por las noches. Le enseñó cómo utilizar el humo dentro de su cabeza, como una cortina, para tapar las cosas que le asustaban, para silenciar aquello que debía estar oculto. Más tarde, él aprendió a usarlo para curarse las heridas, casi por casualidad, que es como se suele descubrir todo. Su madre se sintió muy orgullosa. Se preguntaba cómo de orgullosa se hubiera sentido cuando aprendió a desvanecerse en el aire y flotar como una nube... si hubiera podido saberlo, claro está.
Se sentó en sillón, se tiró, más bien. Quiso leer las palabras de su madre pero era imposible, las letras... se movían, se deslizaban por el papel sin darle tiempo a fijar la vista en ella. Resopló, conocía ese encantamiento. Cerró el libro y comenzó por la primera página, si quería leer las palabras de su madre, tendría que leer todo lo de antes. "Bienvenido,digno alumno.." No le hablaba a él, sino a cualquiera que hubiera podido encontrarlo, sin embargo, Severus creyó que este libro le había estado esperando.
"Bienvenido, digno alumno, pues sólo aquel que albergue la magia antigua en su corazón es capaz de abrir este cofre y acceder a su conocimiento.."
Leyó durante horas. Volviendo atrás y adelantando párrafos. El libro solo le permitía avanzar si comprendía los conceptos anteriores. Sus ojos negros se concentraban, abriendo su mente y su corazón al conocimiento que se le había concedido. Era... asombroso.
Casi amanecía cuando cerró las tapas. Se había llevado toda la noche leyendo y sólo había avanzado unas páginas. Ese libro hubiera sido la envidia de Dumbledore, aunque, mejor pensado, Dumbledore no hubiera sido capaz de abrir el cofre. Reverentemente, colocó el libro de nuevo a buen recaudo.
Se sentía... mejor que bien. Se sentía henchido.
De hecho, sólo le faltaría una cosa para sentirse completo.
Snape apretó los ojos frotándose el entrecejo.
_ Demons...
