Por fin había caído una buena nevada, y Shaareim podía disfrutarlo sin ningún dolor de costilla. Tanto ella como Samuel decidieron caminar un poco durante la mañana, y a la tarde, otra copiosa cantidad de nieve volvió a caer. Ella aprovechó eso para sentarse en el pórtico trasero y meditar tranquilamente, mientras el extraño sonido de los copos cayendo la envolvía en un estado sumamente pacifico. Y mientras ella hacia eso, Drake comenzó a analizar algunas cosas con su computadora, mirándola desde la ventana. Obviamente eran cosas que debía obligadamente tratar con ella, pero quería adelantar un poco.

Rato después, la buscó, viendo que había entrado y estaba en el sofá, leyendo. Velozmente caminó hacia ella, le colocó la computadora en las piernas y se sentó muy cerca, para luego morder suavemente su hombro.

- Auch…- Dijo ella, mirándolo- ¿Por qué tanta emoción?

- Mira…- Besó su cabeza- He tenido varias ideas…

Edna miró la computadora, con una lista de lugares, precios, opciones. Pero no entendía para qué.

- Tu elije- Él acarició su espalda- Sabes que a mí me da igual…

- ¿Elegir qué? No entiendo.

- Donde, cuando…

- ¿Dónde y cuándo qué?

- Casarnos.

- Oh…- Entendió.

- Con que estén Nate y Elena, el resto me es indiferente.

- Y Víctor…

- Claro… Aunque me falta pensar en la luna de miel…

- ¿Tienes alguna preferencia?- Ella se apoyó en su hombro.

- Mmmm… Quiero estar de smoking.

- A favor- Sonrió- Eres cuarenta veces más sensual con smoking. ¿Qué quieres que yo use?

- Nada, aunque dudo que puedas casarte desnuda… Lo que quieras cariño, si solamente será un momento.

- Algo simple entonces. Ahora bien… ¿Dónde? No lo sé…

- Yo creo que te gustará aquí- Abrió una ventana de la computadora.

Ella observo algo que brillaba en cuanto a simpleza y preciosidad. Era el parque de la ciudad. Ya habían paseado por allí antes, pero Edna jamás había pensado en usarlo para el casamiento, y sin dudas era perfecto. El lugar era hermoso, amplio, y tenía ciertos sitios en especial encantadores como un enorme árbol de cientos de años, un pequeño puente, lagos, construcciones de estilo antiguo.

- Mi idea es usar el puente, para las fotos o para la boda en si- Comentó él- El Jardín Botánico interior también se puede usar para la boda, pero teniendo en cuenta que es invierno, creo que decorar el árbol centenario, con luces, y hacerlo de noche, sería mucho mejor. Aunque si llega a nevar, seria fascinante.

Él la miró, notando que Edna tenía los ojos clavados en él.

- ¿Qué?- Murmuró él.

- Eres increíble ¿Lo sabes?

- Edy- Rio suavemente.

- Me encanta la idea- Ella lo mordió en el hombro, como él lo había hecho- Maldito y adorable genio.

- No me muerdas… Sabes muy bien que eso me excita.

- ¿Crees que no lo sé?- Volvió a morderlo, levemente más cerca del cuello.

- Dios…- Gruñó- Y… listo… Hoy lo haremos en el sillón…

Edna rio, viéndolo cerrar la computadora y subírsele encima para otra sesión de amor descontrolado.

Un par de semanas después, la boda ocurría, brillando por la simpleza de su elaboración. De día, habían decorado el árbol centenario con largas cintas blancas, y habían preparado la recepción junto a aquel enorme vegetal. Simple, con tierna decoración y muy pocos invitados, tres en realidad. Como lo habían esperado, la nieve cayó hasta un par de horas antes, por lo que todo estaba blanco, como si estuviesen entre las nubes.

Los tres hombres de smoking, y una Elena de un precioso vestido blanco.

Nathan tenía los anillos, y fue Víctor el que trajo a Edna ante Samuel. Ella traía un vestido blanco, delicado, levemente ceñido en la cintura, pero muy holgado abajo, sin cola, sin velo, ni exceso de adornos. Su cabello recogido, con un simple adorno enganchado, y algunos mechones oportunos cayendo en su piel exótica, un ramo de crisantemos azules.

A pesar de que hacia frio, Samuel sintió un enorme calor en su pecho, que lo invadía y se esparcía por todo su cuerpo. Él le sonrió ampliamente cuando la tuvo enfrente. Ella le devolvió la sonrisa y giró su cabeza un poco hacia la derecha.

- ¿Qué?- Él se sorprendió, acercando su mano a ella- ¿Edy? ¿Qué hiciste?

Shaareim tenía unas marcas rojizas en el lado izquierdo de su cuello. Cuatro marcas rojizas, en donde se había tatuado cuatro aves. Exactamente las mismas aves en la misma exacta posición que Drake.

- ¿Acabas…?- Dijo él, acercando sus dedos, pero sin tocarla- ¿Acabas de tatuártelos? ¿Estás loca?

- Es mi regalo de bodas… ¿No te gusta?

Él solo sonrió, con los ojos rojos, cargado de sentimientos. Su mujer se había tatuado lo que más simbolizaba su vida.

Luego de la palabrería necesaria por parte del juez, Nathan se acercó, dándole el anillo a Edna, y permitiéndole a ella, decir sus votos.

"Namasté, Samuel Drake. He pasado mi vida siendo miles de cosas. Huérfana y refugiada, estudiante y ladrona, hermana y amiga, profesora y dueña, demente y cuerda, viva y muerta, pobre y exitosa. Todo eso, son cosas que vienen y van, pasajeras y sin importancia. Pero hoy estoy aquí para lo más importante de mi vida, lo eterno, hasta más allá de mi muerte, que ser prometida y esposa. Tras tantos años, ya sabes quién soy, y quien no soy. Pero hoy, seré algo que jamás había sido para ti. Prometo serlo, prometo lo que siempre te he prometido. Prometo que cuando nadie más este para ti, a tu lado me tendrás, siempre."

Ella suavemente le colocó el anillo en su dedo, sonriendo, tan emotiva como él.

Nathan le acercó el anillo a su hermano. Este lo tomó, antes de secarse uno de los ojos y comenzar a hablar, con la voz un tanto temblorosa.

"Edna Shaareim… Aún recuerdo la primera vez que te vi, cansada, hambrienta, sola, luchando por sobrevivir. Éramos solo unos niños, y aun así, robaste lo único que pensé que jamás se podría robar. Seguiste mis pasos, año tras año, cuestionándome, regañándome, pero siempre con ese amor tan especial que tenías. Y año tras año amé eso de ti, incluso cuando el destino nos separó. En la peor época de mi vida, el solo recordarte fue el único faro de esperanza y cordura que me mantuvo a flote, y evitó que mi alma se fuera de mi cuerpo. Y ahora estas frente a mí, siendo la misma niña de la que me enamoré. Ahora es mi turno de prometer cuestionarte y regañarte. De prometer ser tu faro que te mantenga a flote, hasta que mi alma se vaya de mi cuerpo."

Él colocó el anillo en su dedo, con una sonrisa húmeda, viéndola llorar en silencio.

Ambos se miraron a los ojos, esperando el "los declaro marido y mujer" que los hizo besarse con fuerza, abrazados.

Sus únicos tres invitados aplaudieron, también tan llorosos como ellos, aunque Fisher los superaba a todos. Samuel y Edna Drake iniciaba sus vidas.