Samuel lo había planeado todo, con tanto tiempo y detalle, que decidió esperar al inicio de la primavera, para que todo fuese perfecto.

No le dijo absolutamente nada a Edna, aunque le había prometido a su esposa que lo disfrutaría. Sería la luna de miel más intrigante que ella podría pensar.

Ambos cruzaron el atlántico en avión, para detenerse en Londres.

El primer paso fue dar un paseo por el Cutty Sark, un velero de 1800 encantadoramente restaurado, de amplias velas, varios mástiles, que daba su última vuelta por el mar antes de ser enviado a un dique seco, para volverse un museo. Drake había comprado la entrada hacía mucho tiempo, y con razón más que obvia. Era un maldito barco pirata en la época actual. Samuel, a pesar de actuar encantador y maravilloso, no pudo ocultar su extrema fascinación.

Al día siguiente pasearon por varios lugares emblemáticos en cuánto arquitectura, solo para pasar casi las mitad de las horas del día posterior dentro del Museo Marítimo Nacional. Había tanto para ver, que ambos parecían niños.

Dos días se relajaron paseando en las afueras, para, en el tercero, cenar en un restaurant elegante y presenciar un extenso concierto de la Orquesta Sinfónica de Londres.

Edna disfrutó cada nota como si fuese la última. Sobre todo porque su condenado esposo había conseguido prácticamente los mejores asientos.

Su viaje se trasladó a Francia donde tras varios días visitando castillos, catedrales e iglesias, se encerraron en el Louvre y se pasaron casi doce horas analizando pinturas como los dos nerds de la cultura que eran.

Dentro del mismo país, pasearon por Giverny, un pueblo rural, pintoresco, donde estaba la casa del pintor Monet y, lo más importante, sus jardines. Un espacio verde idílico, fantástico, arrancado del cuento de hadas más bello alguna vez descripto. Plagado de flores a donde alcanzaba la vista, sauces, estanques, que le quitaron el habla a Edna por todo el día, e incluso impactaron a Samuel, que no era demasiado amante de los jardines.

Luego viajaron a un lugar poco turístico, pero que si bien a Drake no le causaba prácticamente nada, a Edna solo la hizo querer quedarse por varios meses. Y es que Samuel la había llevado a una estancia dedicada a la cría de grandes caballos. Por supuesto, ella acarició a todos y cada uno de los equinos e incluso cabalgó en un par. Y a la noche estaba aún tan enloquecida que también cabalgó a su esposo, del modo más carnal posible.

La última parada era rumbo a Holanda. Volaron hasta Ámsterdam, pasearon de noche en sus calles de pinturas, con la luz de los faroles brillando en el suelo y en sus ojos. Caminaron en uno de los bosques, pasearon en los jardines de Keukenhof, en un océano de tulipanes multicolores que imitaban las pinceladas de un arcoíris.

Luego se dirigieron a varios puertos, en varios viajes por mar, hasta que Samuel pareció darle una pista de lo que seguía.

Era temprano, con el sol recién levantado del horizonte, subidos los dos solos, en un bote pequeño, a motor, extrañamente, sin sus valijas, ya que él las había mandado a su destino, el día antes.

- Ya falta poco- Le dijo él.

A ella no le importaba demasiado, le encantaba el agua, y más le encantaba poder dejar su mano rozando la superficie.

- Te diré como se llama- Volvió a hablar Drake.

- ¿El qué?- Ella lo miró, debajo de su amplio sombrero de paja.

- Donde vamos a pasar los nueves días de nuestra luna de miel

- ¿Acaso estas dos últimas semanas no eran nuestra luna de miel?

- Casi…- Sonrió- Esas fueron vacaciones… Por favor, que casi ni tuvimos sexo entre tanto viaje. Ahora son nueves días solo para nosotros dos, y tal vez algún paseo. Pero mayoritariamente…

- Sexo- Terminó ella, riendo- ¿Y? ¿Cómo se llama?

- Giethoorn.

- No estoy familiarizada con su discografía- Bromeó ella.

- Ya lo verás…

Y así como él lo había dicho, Edna pronto vio que era Giethoorn. Era un maldito paraíso. También llamada la Venecia del Norte, o la Venecia de Holanda, era una villa sin carreteras, solamente canales de aguas mansas, casas pequeñas de estilo colonial en parcelas de tierra tapizadas en césped impoluto, flores por doquier, árboles frondosos, sauces acariciando soñadoramente el agua, puentes de madera, sonido a naturaleza, aroma a campo y paz.

- Dios mío- Murmuró ella, impactada por la belleza del lugar- ¿E-esto es real? ¿Estamos muertos?

- Es Giethoorn- Sonrió él, pasando deliberadamente muy cerca de un sauce- ¿Recuerdas cuando grité que lo había encontrado? Esto había encontrado.

- Cielo santo…- Ella tocó el sauce- Aquí viviré cuando sea vieja…

- Ya estas vieja- Bromeó él.

- Más vieja. Muy vieja…

- Veamos si encuentro la casa… Pedí la más encantadoramente romántica que hubiese disponible.

- Te comería a besos ahora mismo si no me preocupara dar vuelta el bote- Lo miró profundamente- Prepárate para cuando toquemos tierra.

- Creo que siento un poco de prisa… Así… De repente- Aceleró un poco.

Tal como lo había pedido, tenían la casa más preciosa que había, que por suerte, también estaba apartada. No en cuanto a tamaño, sino por la apariencia de cuento, con sus paredes exteriores tapizadas de enredaderas en flor, los sauces que la rodeaban, las flores silvestres por doquier, el cerezo en flor en la parte trasera. Él la reconoció de inmediato, la había visto en internet.

- Esta es- Dijo él, acercando el bote al embarcadero.

- ¿Esta?- Lo miró- ¿En serio? ¿E-esta? ¿Esta?

- ¿Se te rayó el disco? Si Edy, esta ¿Qué? ¿No te gusta?

- Es… demasiado hermosa- Miró el lugar- No puede ser real.

- Lo que tú digas…- Acomodó el bote y lo detuvo- Si quieres nos vamos.

Edna salió del bote como si se estuviese hundiendo, para quedarse de pie y mirar el sitio, temiendo que si avanzara, se rompiese la ilusión. Samuel, lentamente caminó hasta su lado, tomando su mano.

Automáticamente ella lo abrazó por el cuello, besándolo lenta y profundamente, estrujándolo contra ella. Él sonrió antes de perderse en el encanto de saborear su boca y acariciar su espalda por debajo de la ropa.

- Cariño…- Ella se deleitó en su boca- Samy… Dios…

- ¿Te gusta?- Murmuró.

- Me encanta…- Mordió su labio inferior- Eres maravilloso.

- Vamos- Él tomó sus manos.

Encantada, se dejó conducir hasta dentro de la casa. El lugar era tan bello por dentro que por fuera, delicadamente decorado, con sus pertenencias esperando junto a una columna. El lugar era ideal para pasar varios días en paz. Incluso tenía un jacuzzi, que automáticamente se volvió el siguiente sitio para una noche de sexo.