El sofá es demasiado estrecho y corto. Si encojo las piernas para caber en él apenas puedo moverme. Pero no necesito moverme. Te has pegado a mí como una segunda piel, me empiezan a estorbar las ropas. Paula..., Paula... cierras los ojos mientras vuelves a pegar tu espalda a mi pecho. Me privas de tu dulce boca, pero me ofreces tu fragante nuca. Sólo puedo pensar en ti ahora con pastelosos adjetivos. Levanto tu pelo y recorro tu cuello, tu cuerpo se encoge cuando te muerdo. Intento hacerlo suave, por tu Dios que lo intento. No quiero tener nada que ver con eso tentáculos que te marcaron, pero mis dientes te arañan y tu gimes y te aprietas contra mi sexo.

No puedo más.

Tu pasividad de hoy me asombra, sólo te dejas tocar. Me recuerda a cuando dormías y yo era humo. Dejándote hacer.

Déjate hacer. Acaricio tus costados por encima de la ropa, te sujeto la barbilla y giro tu cara para alcanzar tus labios. Dejo de nuevo descansar tu cuello mientras me cebo en tus hombros. La ropa te huele a suavizante, algo similar al olor del jabón y el talco. Son olores muy neutros que no enmascaran la vainilla de tu champú o la nube de feromonas que desprendes.

Paso mi brazo bajo el tuyo, paso el pulgar por tu boca y lo muerdes y lo lames, lo succionas viciosa sabiendo que me recordará otra cosa que no es mi pulgar precisamente y que ahora mismo intento clavarte en la piel a pesar de nuestras ropas. Pronto me desharé de ellas. Ahora me sirven para que amortiguen la fuerza de mis dedos sobre tus pezones. Tan sensibles... sólo rozarte ya hace que se yergan provocativos. Me encanta morderlos, chuparlos o mejor, me encanta hacer espirales por tus areolas mientras los presiono con mis manos antes de succionarlos y convertir tus pequeños pechos en volcanes. Por ahora me conformo con que notes la punta de mis dedos sobre ellos o mejor aún... la punta de los tuyos.

Me dejas guiar tu mano, suspiras cuando alcanzo con ella el pecho que estaba tocando. Te gustan mis perversiones, lo sé, te excita que me excite mientras te excitas... complicado trabalenguas. Me dejas que maneje tus dedos y cuando busco tu otra mano adivino una sonrisa y un sonrojo pero me dejas llevarla igualmente a tu otro pecho y hacer lo mismo con ella. Tocamos juntos, pellizcamos juntos y cuando abarcas ambos con tus manos, yo pongo las mías sobre ellas y las presiono un poco más.

Ahogo un gruñido cuando al hacerlo empujas contra mí tu trasero.

Lento, mi vida, lento.

Me provoca tanto que tengas prisa, que me demoro a sabiendas de desesperarte.

Sé que notas un punto de calor bajo mis dedos, pronto tu camiseta no será más que polvo flotando en el cuarto.

_ Me va a dejar sin vestuario, señor Snape.

_Lo hago por usted, señorita Demons, sé que le encanta ir de compras.

Mi túnica corre la misma suerte. Me arropa el pecho el calor de tu espalda. Ahora notas mejor las puntas de cuatro dedos sobre cada uno de tus pezones. Dos tuyos, dos míos. Aprendo de tus propias caricias, las repito. Tu boca se abre en un silencioso gemido, vuelvo a morder tu cuello que estiras buscándome. Ahora sostienes tus pechos pero yo rehuso desprenderme de esos trocitos circulares de piel más oscura que se inflaman con mis caricias.

Me pregunto si sólo con estimularte así lograría hacer que estallaras. Tengo que probarlo algún día. Hago que desaparezca el resto de mi ropa. Sé que te gusta tenerme desnudo, mi ama y señora, que te sientes poderosa mientras yo estoy desnudo y tú conservas la ropa. Lo sé porque a mí me ocurre lo mismo cuando sucede al contrario. El rudo contacto con tus vaqueros _prenda horrorosa dónde las haya_ maltrata mi sexo, pero lo sigo frotando contra ti.

¿De qué hablábamos hace unos minutos? ¿Por qué creía que no merecía vivir hace unas horas? Este es el sentido de la vida, tenerte caliente y ansiosa entre mis brazos.

_Quítese los pantalones, señorita Demons, si quiere seguir conservándolos.

Ries quedamente, yo rio a tus espaldas sin que me veas o me oigas.

_Hablo en serio,_amenazo_ no sé si los quemaré o los atravesaré, pero le aseguro que no le servirán para protegerse.

Mi voz te provoca un escalofrío, me pregunto si podría hacer que te convulsionaras vencida sólo con mi voz. Tengo que probarlo algún día. Acompaño tu mano hasta la orilla de tus vaqueros, el botón se resiste, peleas con él mientras toco tu cadera por el borde de la cinturilla, introduzco un poco mis dedos bajo la tela, hundiendo tu vientre. Espero que ganes contra el trozo de hojalata besando tu nuca y tus orejas, respirando fuertemente en tu oído, azuzando tu impaciencia con mi otra mano paseando por tus pechos.

Vences, al fin y el sonido de la cremellera me excita tanto como tu suspiro de anticipación. Apreso de nuevo tu mano y tu cuerpo se pone rígido mientras la hundo con la mía bajo el vaquero. Había olvidado que me estabas esperando vestida de seda y la suavidad de la tela bajo mis dedos y tus dedos, me hace gemir. Empiezar a ronronear al oirme y no desaprovecho empezando a frotarte con tu mano bajo la mía. La tela está empapada. No me extraña, yo mismo estoy mojando tus vaqueros desde fuera como tú los mojas desde dentro.

La estrechez de los pantalones presiona nuestras manos. Tamborileo sobre tus hinchados labios entre tus propios dedos. Contraes tu vientre en un espasmo involuntario que hace que la áspera tela se frote contra mi desvalido pene. Voy a quemar estos vaqueros, estos y todos los que tengas en tu armario.

_Esto sería mucho mejor con una falda corta.

Te imito, repito tus palabras. Te encanta. Tu vaqueros desaparecen. La fríaldad satinada de tus bragas es como un bálsamo. La humedad que se cala por ella me pone a mil. No puedo dejar de tocarte. Sujeto tu barbilla, tu mano acaricia la mía, las mías, ambas: la que te sujeta la barbilla y la que se desliza bajo tu ropa interior buscando una suavidad más cálida.

_¡Oh, Severus..!

Sí, Severus, Severus... ¿Severus qué? ¿Paro?¿Sigo? ¿Más fuerte? ¿Más suave? ¿Más profundo? Es fácil adivinar, basta con probarlo todo y esperar que se arranquen tus gemidos, o que tu vientre se contraiga. Dices que siempre hago lo que te gusta, no querida, es método ensayo-error pero con tanta habilidad que no te percatas. Tu cuerpo me habla aunque tú no lo hagas.

_ ¿Qué pasa? ¿Quieres que pare?

Gruñes.

_ ¡Que tontería!

_ ¿Tontería? Tú me has llamado. ¿Qué quieres?_ te irritas si me hago el tonto. Si hay algo que no soportas es un hombre torpe entre tus piernas.

Resoplas, aprieto tu sexo para que no protestes. Te alzo el muslo y lo coloco sobre mi pierna, echo de menos el espejo, me encantaría verte abierta, crees que te ves ridícula o tal vez te da pudor, no sé. Casi nunca me dejas mirarte demasiado cuando te abres de piernas, pero no sabes lo excitante que me resulta ver tus muslos abiertos y la brillantez de tu vello y de la suave piel que esconde. Tal vez lo excitante es ver que enrojeces muerta de vergüenza aunque no lo reconozcas. Libero tu mandíbula para que puedas mirar. Te gusta mirar, se dilatan tus pupilas y a mí me gusta que mires. Oh, Dios, ¿que pensaría si convoco un espejo?

Dejo las cosas como están, no quiero usar más magia. Te abrazo, casi no me circula la sangre en el brazo que mantengo bajo tu cuerpo y cambio la postura aprovechando para abrazarte, no dejo de besar lo que alcanzo de tu mejilla, de tus orejas, de tu cuello... lentamente, como a mí me gusta y a ti te desespera e igual de lento subo por tu rodilla (o bajo, porque tu rodilla está más alta) por la parte de dentro de tu muslo para volver a tu cueva. Tan abierta, tan expuesta, que el mínimo roce hace que te encojas.

Ondulas serpenteante como una víbora, te resbalas de mi carne para intentar clavarte en mí. La postura es tan incómoda que casi no te alcanzo, me ayudas con la mano a llegar hasta ti. ¡Que traviesa, señorita Demons! Aprovechas tu agarre para presionarne y subir y bajar tu descarada mano, deslizando mi piel. Tus caricias amenazan con hacerme perder el dominio del lenguaje obligándome a pronunciar sólo consonantes. Sonríes. Contraataco devolviéndote las caricias sobre tu sexo. Tu sigue gimiendo así y acabaré derramándome en tu mano.

Me contorsiono entre el sofá y tu cuerpo y encuentro la posición para poder invadirte despacio, como a mí me gusta; sé que no te lleno, con gusto cambiaría de postura o haría que nos apareciéramos en la cama pero eso solo aceleraría las cosas y prefiero "exasperarte" con mi lentitud. Además así puedo tocarte mientras. Ese botoncillo es sumamente atractivo, sobre todo por los espasmos que provoca en los músculos que me envuelven. Me paro incluso. Dejo de mover mis caderas para concentrarme en sentir como te contraes en torno a mí, condenada, casi, casi pierdo el control, si me muevo un solo centímetro no podré contenerme. Si no protestas por mi parálisis, es porque no dejo de tocarte, ni de besarte.

_ Noto como me retiene, señorita Demons, de veras que no quiere dejarme ir.

Tus músculos me aprisionan más, tan apretada.., tan caliente... ya no resisto y empujo como puedo para clavarte como a una frágil mariposa en un cuadro, empalarte, atravesarte, penetrarte,... poseerte.

_Pues es usted el que me tiene atrapada con sus brazos_ Hablas entre jadeos.

_¿Sólo con mis brazos? Debo estar perdiendo facultades.

Te embisto y gimes. Aparto mis brazos. Echas de menos un lugar donde aferrarme. Te enfadas, te apartas de mí, te levantas y casi me tiras del sofá al ponerme bocarriba mientras sonrío presuntuoso. Loca, estás loca. Has perdido el dominio de ti. Me borras la sonrisa del rostro mordiéndome los labios.

_Al final, tengo que hacerlo yo todo.

Protesta lo que quieras, sé que te encanta. Cada vez que estás encima recuerdo aquella lejana primera vez, recuerdo que me preguntaste si era virgen. Mierda, Demons, pensaba que no. Ya había penetrado a otras mujeres, las había saboreado y tocado. Hasta que me montaste. Nunca así, y no me refiero a la postura, claro, nunca me embargó ese sentimiento. Lo que iba a ser una vez más fue la primera..., la primera...

Apoyas las manos sobre mi pecho y te impulsas. Cierro los ojos mientras me posees suavemente, como sabes que me gusta. Mis manos, se han pegado a tu piel. Recorro tus piernas y tu vientre, donde culebrea la marca del flagrate, sujeto tus oscilantes pechos y bajo de nuevo. Te dibujo como un ciego, me sé tu cuerpo de memoria. Aquella vez no me permitiste cerrar los ojos. Insistías en que te viera a ti y a no a... imposible no verte. Ahora te veo con los ojos cerrados. Aceleras. Jadeas. Gimes. Levanto mis caderas para encontrarme con tu cuerpo. Tengo que abrir los ojos, tengo que ver tu rostro. Estás mirándome. No te basta con poseer mi cuerpo, tienes que invadir mi alma con tus ojos anhelantes. ¿Y dice que mi mirada llamea? ¡Oh señorita Demons, debería verse!

Estás cansada, te tiemblan las piernas, pero sigues intentando que desfallezca antes que tú. Aún no te crees que necesito que tú vayas abriendo el camino al paraiso. Sé lo que tú necesitas.

Clavo los dedos en tus nalgas, me aferro a tus caderas y marco un nuevo ritmo en tus movimientos. Casi gritas. Tu voz tiembla y me hundes la yema de los dedos en el pecho. Combates mi mirada pero no me rindo.

Aprieto los dientes: concéntrate Severus, no antes que ella, no antes.

Caes sobre mi cuerpo. Paso una mano a tu nuca. Ya no sé ni lo que hago. Sé que me besas y te devuelvo el beso. Tu respiración urgente me hace moverme más deprisa y tú me acompañas. Tus dedos se posan en mis mejillas.

_Severus_ llamas y recuerdas lo de antes_ ¡no!, ¡no vuelvas a parar!, no pares, Severus, no pares...

No paro, sigo entrando y saliendo de ti, más rápido, más fuerte. Tu humedad me empapa y pienso fugazmente en la tapicería del sofá. Te estrecho entre mis brazos. No estás ahí, el placer te invade y te separas de este mundo unos segundos mientras me comprimes con las paredes de tu sexo. Me empujo contra ellas, ahora puedo rendirme. Tu boca vuelve a besarme, reclamando mi bandera.

Rendición sin condiciones, Demons.

Sin condiciones.

Menos mal que no lo sabes...