No sentía el frío del suelo ni su dureza, sentía un picor en los ojos que justificaba por el hecho de no dejar de mirar fijamente el fuego, porque ella no lloraba, nunca lloraba.

Draco no sabía si acudir al anciano que seguía llorando con convulsos sollozos o a la mujer que miraba el fuego como esperando encontrar respuestas pero, ella se levantó rápidamente acudiendo de nuevo al abuelo de Snape. Siguió preguntando, sin piedad de su llanto, por el libro, por Albania, por Eileen... una tras otra el señor Prince contestó entre hipidos. Sólo cuando el viejo comenzó a repetir las respuestas, ella se dió por satisfecha.

El rubio observó como tomó la botella de licor, todas las que había cerca y las tiró a la chimenea haciendo que un humo picante invadiera la sala. Abrió las ventanas, le pidió un pañuelo que tuvo que conjurar de la nada y Draco contempló como con soberana paciencia consoló al mago, le limpió las lágrimas, le ordenó que se tranquilizara, que dejara de beber, que ventilara la casa. Le dijo con voz autoritaria que las peores maldiciones son las que nos imponemos nosotros mismos y, abrazándole, le convenció de que ahora ella era también su familia, muggle o no. Le dijo que avisara a su criado de que ella volvería a visitarle.

Desde luego, Draco se hallaba impresionado. Snape estaba muerto, la muggle había conseguido lo que él no hubo logrado y punto seguido, como si la noticia de la muerte del profesor no la afectara lo más mínimo, había empezado a dirigir la vida de aquel mago.

Algo intuyó de por qué su padrino se había fijado en ella.

Le ordenó despedirse y se montaron de nuevo en el coche. Condujo muy rápido, más que los otros coches a los que adelantaban en la carretera, y en completo silencio hasta que llegaron a Londres y paró en una tienda. Entró de nuevo en el vehículo con un paquete que arrojó a sus rodillas y ordenó que abriera. Draco sabía lo que era, era eso que ellos usaban para comunicarse cuando estaban lejos.

Aparcó el coche en la puerta de su edificio y, tras insultarse mutuamente con alguien que aseguraba haber visto primero el hueco, Draco sintió como tiró de su ropa y prácticamente le empujó cruzando la calle hacia su casa. El ascensor le causó cierta impresión que decidió no mostrar. Esta muggle daba tanto miedo como Snape enfadado por una mala poción, tanto como su tía Bella a punto de lanzar una maldición, tanto como el Lord acariciando su varita antes de lanzar un hechizo.

Bruscamente, le explicó cómo usar el teléfono, le hizo prometer que lo tendría siempre cargado y encendido y que la llamaría si oía algo, lo que fuera, acerca de Snape o de los mortífagos. Luego, con mayor suavidad le acarició la mejilla. Le dió las gracias y le dijo que volveira a casa, que sus padres estarían preocupados. Draco se vió reflejado en sus ojos, brillantes como espejos, y se desapareció destino a Malfoy Manor. Tenía mucho que contar.

Sola.

De nuevo estaba sola.

Demons cerró los ojos y la mente a la idea de que Severus estaba muerto.

Cogió aquel libro. Lo sopesó en sus manos.

"Así que por esto nació Severus, porque su madre necesitaba una vida inocente para conseguirlo. Supongo que pensó que sería más fácil desprenderse del hijo de un insignificante muggle que del hijo de un mago"

Pero cuando le sintió en su vientre, fue incapaz de hacerlo. Demons pasó las páginas del libro, ¿realmente valía una vida? Eileen había descubierto que no.

Demons pensaba que Snape no era un hombre corriente, ni era un mago corriente, ¿cómo iba a serlo? Había nacido para ser sacrificado, ¿sería por eso que su ser le impulsaba siempre a arrojarse al peligro con un instinto de autodestrucción difícilmente justificable? Se había desarrollado en el vientre de una bruja que estudiaba las artes oscuras, ¿por eso era que él las necesitaba como parte inalienable de su vida? Se había criado en un hogar que le protegía pero que le destrozaba, con un hombre como padre que pegaba a su madre amenazando con pegar a su hijo si se defendía y - la rabia humedecía sus ojos y apretaba sus puños - que maltrataba al hijo amenazando con hacerle daño a su madre, usando el amor que ambos se tenían, el deseo de protegerse mutuamente, para someterlos.

Ella también le hubiera matado, quizá incluso antes.

¿Fue Severus quién descubrió el cuerpo de sus padres? ¿Quizá cuando regresó de Hogwarts tras ser desdeñado por Lily? La hija de unos muggles le había apartado de sí, rechazando su amor, su persona, como a algo pútrido y malvado y, al regresar a casa, encuentra a su madre asesinada por su padre, otro muggle que les había torturado toda la vida.

¿Cómo no unirse a los mortífagos? Snape debía odiar a los muggles, no comprendía como le había permitido a ella compartir siquiera su espacio.

Pero lo había hecho, y la amaba a pesar de todo, cosa que ella aceptaba sin preguntar más los por qués.

Se sentó en el sofá y abrió el libro.

"Solos tú y yo. Dime algo que me sirva, si hay algo que sé es de venenos, en el propio veneno está el antídoto... dame algo que me sirva"

Leyó. Leyó y leyó sin preocuparse de comer o de dormir, salvo cuando su cuerpo protestaba demasiado, absorta en un lugar donde no contaba el tiempo.

Los maestros del libro le hablaron de energía, de la energía que permitía la magia, de cómo podía agrandarse, compartirla, dividirla... hablaba de Horrocruxes y de maldiciones para proteger los trozos de almas divididos. Hablaba de como extraer esa energía, de como acabar con ellas. Toda esa parte describía qué tipo de sacrificios se necesitaban. Más violentos cuanto mayor poder se esperara conseguir. Más crueles al exigir a cambio que la víctima se sometiera a ellos voluntariamente. Más poderosos cuánto más cercana fuera la víctima al mago que la ofreciera...

Asqueada llegó rápidamente a la última parte, escrita por Eileen.

Levantó la vista un momento, no le sorprendía la relativa facilidad con que lo había comprendido todo. Sólo un alma, una mente, que comprendiera tal maldad sería capaz de penetrar en esos secretos. Ella ya había conocido toda esa maldad en el alma del Perturbado, de hecho había visto claros ejemplos de muchas de las cosas de las que ahí explicaban. Por eso lo comprendía todo. Pasó la página.

Eileen.

Eileen no escribía acerca de la magia, sino una carta a su hijo, una carta que decía, esperaba que no leyera nunca. Sus palabras le dejaron un sabor amargo en la garganta.

Por fin, llegó a la última página del libro y lo cerró.

Sin mirar la hora o el día que era, sin saber exactamente cuanto tiempo había pasado perdida entre esos horrores, se acercó al rincón dónde Severus y ella hacían sus pociones y rompiendo las páginas del libro, las arrojó dentro de un caldero prendiéndoles fuego. El humo tomaba forma, contemplando así los rostros de las personas que lo habían escrito escapando ululantes del fuego que consumía el papel.

Con la expresión vacía de un zombi cogió la caja que lo contenía. Comprendía ahora parte de su objetivo, las mismas ventosas frías y viscosas se encargaban de ir contaminando a la persona que leyera el libro de la maldad necesaria para comprender su contenido. Lazó la caja al fuego, pero éste la lamía sin herirla, sin renegrer sus bordes. La dejó dentro del fuego en el caldero y entró en el baño.

Casi no se reconoció en el espejo. Tenía la cara de una gata hambrienta, gruesas ojeras y la piel arrugada en torno a los ojos. Se duchó con parsimonia, se maquilló con esmero. Se vistió escogiendo cuidadosamente las prendas. Preparó una mochila con algunas mudas y metió una caja de balas entre la ropa acompañadas de un buen fajo de billetes. Echó la pistola al bolso. Evidentemente, no pasaría así por un arco de un aereopuerto, iría en coche, pero antes... antes... tenía que pasar por el laboratorio, pensó rescatando la caja, sana y salva, del caldero en que la dejó ardiendo.

Era tarde, así que todos se habrían ido a sus casas. Penetró en el laboratorio sin cambiarse, "solo vengo a dejar algunas indicaciones, no tardaré nada" dijo sonriendo a la recepcionista. Se sentó al ordenador y escribió un breve documento que luego firmó, luego sacó la caja de su bolso y se acercó al incinerador.

La estaba colocando dentro cuando la voz de Deborah la hizo volver a la realidad.

_ Nena, ¿qué haces? Ufff, no tienes buen aspecto.

Demons cerró la puerta del horno, ahí quemaban microorganismos letales a más de 3000 grados, tenía que ser suficiente. Apretó el botón de encendido antes de hablar con su amiga.

_ Deborah, encima de mi mesa tienes mi dimisión, preséntala mañana por la mañana, ¿quieres?

_ ¿Estás loca? _ la miró escrutadora_ Tienes cara de no haber dormido o comido en condiciones desde hace días. Es por Crow, ¿verdad? ¿Qué ha hecho esta vez?

Paula la miró con unos ojos fríos y ausentes, que daban miedo. Antes de que empezara a hablar un ruido, como de algo golpeando el horno las hizo girarse hacia la escotilla.

Los ojos de Deborah se abrieron como platos, tentáculos salían de una caja de madera, golpeando las paredes del horno mientras estallaban en llamas. Ahí había algo "vivo" que gritaba mietras ardía.

_¿Qué es eso, nena?

_ Eso es el mal, Debbie. Asegúrate de que lo limpien con extrema preacución.

Luego la abrazó.

_ Cariño..._ insistió la imponente mujer de color.

_ Te quiero mucho, _ respondió Demons_ sólo quería que lo supieras.

El teléfono comenzó a vibrar en el bolso y lo sacó rápidamente. No, no era Draco, era su dulce boy scout. Rechazó la llamada y se escapó hacia la salida mientras una consternada Deborah veía aquellos tentáculos deshacerse en cenizas dentro del incinerador.

En la puerta del hospital el teléfono volvió a sonar, y de nuevo en el coche.

Demons contestó a la cuarta llamada suspirando.

_Arthur, lo siento, no es momento de...

_¡Paula! ¿estás bien?

Su voz denotaba alegría y alarma.

_Sí, ¿por qué no habría de estarlo?

_ ¿Dónde estás?

_ En el hospital, acabo de salir de mi despacho...

_¿Puedes pasarte por comasaría...?

_No, Arthur yo...

_ Es referente al señor Crow_ la voz de Arthur se volvió profesional y grave, como de quien tiene que dar una mala noticia_ No te hubiera llamado pero no tenía ningún documento...Necesitamos que vengas a...hacer una identificación.